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Los laberintos de Borges y Kafka en estupenda muestra
Un panel de los 20 que conforman el laberinto de Rogelio Polesello en el Patio de Los Tilos de Recoleta, una de las varias sedes de la «Bienal Borges-Kafka/Buenos Aires-Praga 2010».
Alrededor de un Simposio Internacional, «La Unidad en la Diversidad», sobre temas relacionados con la obra de ambos escritores se despliega una serie de actividades, espectáculos, conciertos, películas, seminarios en los que participan destacados escritores y estudiosos de Argentina, Uruguay, Brasil, México y de Joseph Cérmak, el principal experto de la República Checa en la vida y obra de Kafka .
El Centro Cultural Borges, la Feria del Libro, el Museo de Arte Tigre, que ha programado una muestra de Zdravko Ducmelic, el Centro Cultural Rojas, la Biblioteca Nacional, el Malba, el Museo Xul Solar, además del Recoleta, son las sedes donde se lleva a cabo hasta el 30 de abril esta importante y variada programación, que se puede consultar en www.bienal borges-kafka.com.ar.
Pedro Roth, destacado fotógrafo y artista plástico, realiza en el Centro de Arte y pensamiento contemporáneo un Anti-Laberinto de concepción lacaniana con obras suyas y del artista conceptual Francisco Freda. El aporte de ilustradores, entre ellos, Rep, Sabat, Caloi, Grillo, se exhibe en el Centro Cultural Recoleta, en cuyo Patio de los Tilos Rogelio Polesello realizó un laberinto que consta de 20 paneles de 3.20 x 4m con 40 imágenes.
Como es sabido, en «El Proceso», Kafka construye un laberinto procesal para encerrar a un hombre, él mismo, en la constante búsqueda del dios personal que lo salve de un mundo demasiado hostil así como tuvo una constante lucha para encontrar la luz que lo saque del laberinto que conforma obra y vida.
Borges, por su parte, explica que laberinto significa «el principio de las ruinas, los corredores, ese largo edificio construido para que la gente se pierda en él». Y como dijo Anderson Imbert, para Borges el mundo es un caos y dentro del caos, el hombre está perdido en un laberinto.
En la obra de Polesello, «Relaciones Atemporales», no están el tormento ni la angustia, ni el desaliento del hombre ante un mundo absurdo. Sin banalizar y en clave contemporánea, con su estética que por momentos oscila entre la geometría lujosa y elegante, hacedor de un cosmos fantástico donde caben prismas, fondos de zigurat, laberintos, la imagen de la luz refractada, lo translúcido, Polesello es fiel a sí mismo pero transgrede.
Es capaz de cambiar el rostro severo de Kafka haciéndole sacar una lengua Stone, o peinarlo con rulos cucarachas, o hacer aparecer el retrato de Borges en sus orejas, plantear el juego de lo positivo y negativo, mostrar el rostro de Borges con un laberinto superpuesto o escribiendo, pero al mismo tiempo intentando dibujar un cuadro de Xul, la imagen de Xul en su frente; la mimetización del retrato Frank Borges y Jorge Luis Kafka, la ironía del Oscar pero con la leyenda Nobel No; el signo @ sobre la cabeza de Borges; Borges con un saco en tela de animal print junto al tigre emblemático, Praga como fondo, gatos de colores y escrituras. Una interpretación en clave visual, un laberinto de citas y fragmentos que desencadena el deseo de saber más sobre estas figuras atemporales de la literatura universal.
En el marco de esta Bienal y también en el Centro Recoleta se exhibe la instalación «Libros de Arena» de Mariano Sardón (Argentina, 1968), profesor en la Carrera de Artes Electrónicas en la UNTREF y coordinador del programa Interactivo del Espacio Fundación Telefónica.
Esta instalación interactiva fue expuesta en 2003 y 2004 en el Museo de Arte Moderno, lo que constituyó en ese entonces, según el autor, «todo un desafío ya que estaba situada en el cruce entre el arte y la tecnología». Consta de dos cubos de vidrio de 85 cm de lado, llenos de arena que al tocarla con las manos surgen códigos HTML (Hypertext Markup Language) extraídos de la Web que copian el movimiento de las manos. El texto se mueve como un fluido y desaparece.
La idea se origina en el cuento «El Libro de Arena», publicado por Borges en 1975, en el que describe un libro infinito, sin principio ni fin, páginas numeradas al azar. Cada vez que se abre el libro, nunca es igual. La escritura es imposible de seguir y sólo revela fragmentos de sí misma mientras las páginas se deslizan entre los dedos del lector.
Obra de gran belleza que exige una actitud lúdica de parte del espectador, no exenta de angustia, porque más allá de las explicaciones tecnológicas, el gesto encuentra al texto pero casi al instante, desaparece.

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