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Los mercados tienen la palabra
¿Qué harán los bancos centrales del G-7? Esa incógnita puede despejarse ya: nada distinto de lo que están haciendo. ¿Y la Fed? Tampoco. La novedad surgirá si alguna catástrofe se precipita. Es de esperar que el Tribunal Constitucional Alemán no se pronuncie en contra de la promesa de intervención del BCE en los mercados de deuda soberana. Y no porque el BCE esté cumpliendo su prédica -cosa que no hizo nunca-, sino porque si se la declara fuera de la ley, sí o sí habrá que intervenir.
La sombra de la Fed encarna la principal pesadilla. Después del aviso que pasó Ben Bernanke, un mes atrás, se pisa terreno minado. Que lo digan si no las acciones del Nikkei o los bonos del Tesoro. Los inversores ya han hecho las valijas de las economías emergentes inspirados en el lema de "no tocar", no importa que sean acciones, bonos o monedas. Pero no es sencillo hallar refugio. Acciones defensivas -como las de servicios públicos-, que funcionaron tan bien en abril, se convirtieron, desde que Bernanke dañó a los bonos, en una trampa cazabobos. La proclamada era del dólar cumplió idéntico fin. Asustó al peso mexicano, al real brasileño y al dólar australiano, que cayeron en torno al 7% frente a la divisa de EE.UU. Pero su fortaleza se derrite ante el euro o la libra. Y hasta el vapuleado yen se cobró venganza -volviendo a cruzar el Rubicón de las 100 unidades por dólar- en una contraofensiva que dejó un tendal. La incertidumbre que causa la Fed tiene que ver con esta profusión de estallidos diversos, no con lo que vaya a decidir el 19 de junio.
Nunca hay certezas, pero se confía en que la Fed dejará pasar su mitin sin alterar el QE3. La tibieza del mercado laboral, la desinflación y el ajuste fiscal en curso son tres razones para no innovar (y no hacen falta las tres, bastaría cualquiera de ellas en soledad). Hay progresos en el mercado de trabajo, pero conviene situarlos en perspectiva: el ratio entre el empleo civil y la población era del 58,7% cuando se echó a rodar el QE3. Ocho meses después mermó apenas una décima. Mientras tanto, el "sequester", la poda automática del gasto público, prosigue. En julio, por caso, el Pentágono comenzará a licenciar, por períodos rotativos de once días, a 680 mil empleados civiles (de un total de 800 mil). La desinflación es otro incordio. Los precios al consumidor, los últimos doce meses, subieron sólo el 0,75%. La inflación núcleo (sin alimentos ni energía), apenas el 1,05%, la lectura más baja desde 1959. Las minutas señalan que si el proceso se profundiza habrá quienes aboguen por una ampliación del QE3, y no por su recorte.
A decir verdad, lo que Bernanke buscaba ya lo consiguió. Quería cortar la efervescencia y lo logró. Todos los negocios de arbitraje fundados en las Abenomics hoy hacen agua. ¿Pretendía que se tomara conciencia de los peligros? Pues bien, los riesgos de tasa de interés, de duración, de crédito, de descalce de monedas, de sobreexposición en categorías de activos de moda, y de súbito drenaje de la liquidez, todos ellos, recrudecieron y pasaron factura en un mes de vertiginoso carrusel. Los mercados tienen la palabra. Dejaron en pie el rally de las acciones del Dow Industrial y del S&P 500 a la manera del último mohicano que da batalla. Después de todo, Bernanke no habló de exuberancia irracional, no lo tiene incrustado entre ceja y ceja. ¿Sobrevivirá? Dependerá del temple de los inversores. No de lo que resuelva la Fed.


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