16 de septiembre 2016 - 00:00

Los miles de menores refugiados, el mayor desafío de Merkel

Están solos y sus necesidades van más allá de la ayuda material que les da el Estado. El reto de incluirlos laboral y culturalmente.

INDEFENSIÓN. Un niño afgano duerme en un centro de recepción de refugiados en Giessen, al oeste de Alemania. La absorción de los desplazados de guerra es un desvelo político en el país.
INDEFENSIÓN. Un niño afgano duerme en un centro de recepción de refugiados en Giessen, al oeste de Alemania. La absorción de los desplazados de guerra es un desvelo político en el país.
Berlín - Decenas de miles de menores de edad han llegado a Alemania solos en los últimos meses buscando asilo, jóvenes como el iraquí Alí, la guineana Kaba o el maliense Siaka, que dejan atrás la violencia, pero también a sus familias, en busca de un futuro mejor.

Su situación y su cantidad suponen todo un desafío para el Gobierno alemán, al que muchos especialistas y asociaciones -pese a la generosidad de su sistema de acogida- reclaman que apoye a estos jóvenes más allá de lo material y de la barrera legal de los 18 años.

Alí Husein tenía 17 años cuando llegó a Berlín, tras abandonar Irak, donde vivía con sus padres y sus dos hermanos menores, cruzar Turquía y recorrer en diferentes transportes, durante cuatro días y cuatro noches, la ruta de los Balcanes.

"Vine porque en mi país había problemas; por eso no podíamos quedarnos en nuestra casa. Huimos a Kurdistán y después pensé que quería seguir con mi vida. Entonces me marché a Turquía, donde viví seis meses, y luego vine aquí, explica este joven de ojos ávidos y oscuros rizos rebeldes.

Hoy, diez meses después, su vida es bien distinta: Alemania le concedió asilo, vive en un departamento con otros dos jóvenes en sus mismas condiciones, está a punto de empezar unas prácticas como ayudante en una farmacia de Berlín y maneja un alemán asombrosamente fluido. "Aquí tampoco es fácil, pero seguro que es mejor", afirma.

Alí comparte piso con Siaka, un chico que dejó atrás a su madre en Mali (de su padre no habla; su hermana "ya no está), que estuvo a punto de morir de sed en el desierto y luego cruzó en una patera el Mediterráneo desde Libia, para llegar a Italia.

"Fue muy peligroso. No sabía nadar", recuerda en un alemán entrecortado este adolescente tímido que aprendió a leer y escribir -y también a nadar- ya en Alemania, a meses de alcanzar la mayoría de edad. Ahora aspira, "si todo va bien", a estudiar para atender a personas mayores.

Alí y Siaka son sólo dos ejemplos del enorme reto que tiene ante sí el Gobierno de Angela Merkel con los alrededor de 60.000 menores de edad no acompañados que han solicitado asilo desde enero de 2015 y también de las dificultades con que topan estos adolescentes para salir adelante, cuando por fin creían que habían llegado a su meta.

"En Berlín el problema es muy grande. Que a un joven le toque una plaza (en una institución especializada) es una lotería. Muy pocos tienen esa oportunidad. Actualmente hay miles de jóvenes en hostales, algunos hasta más de un año solos. Y hay un trabajador social por cada 120 jóvenes", señala Leonie Jacobi, coordinadora de la ONG Paul Gerhardt Werk.

Estos jóvenes, insisten los expertos, necesitan un apoyo que va mucho más allá de la ayuda material que proporciona el Estado alemán, que cubre el alojamiento, la educación, la manutención y la salud.

"Los jóvenes que están ahora en hostales reciben un euro por día, un billete de transporte público y comida, pero por lo demás los dejan todo el día solos. Esto es, no tienen lugar en un colegio, nadie los atiende y ellos mismos tienen que cuidarse", apunta Jacobi.

Incluso jóvenes como la guineana Kodiatou Kaba, que tiene 19 años y lleva cuatro en Berlín, necesitan aún de respaldo externo de profesionales para salir adelante, reclama la nueva red de colectivos "not alone" (no solos), que promueven el apoyo a estos jóvenes.

Kaba, quien rechaza hablar de su turbio pasado, tiene planes en la cabeza, pero repite de forma llamativa, como sus amigos Alí y Siaka, expresiones como "si todo sale bien", "ojalá o "si es posible", dejando entrever incertidumbre y necesidad de una guía adulta.

Kaba, Siaka y Alí tratan, como pueden, de mantener contacto con sus familiares, pese a las dificultades y la distancia. La reagrupación es un sueño aún más lejano.

"No pueden venir aquí. No lo conseguirían. Yo soy joven, estoy solo, puedo hacerlo. Pero ellos no, son cuatro personas", explica Alí.

Agencia EFE

Dejá tu comentario