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Luigi Zoja y un mal con temible poder de contagio
Zoja: “La señalización de un chivo expiatorio es para el paranoico una forma de expulsión de la “sombra”, del mal. Ese ritual primitivo, irracional, reaparece a través de la historia con manifestaciones diversas, siempre atroces”.
Periodista: La palabra paranoia, el calificativo paranoico, se ha convertido en una expresión común, algo que no ocurre con otras palabras que utiliza la psiquiatría. ¿Qué es para usted, un psicoanalista jungiano, la paranoia?
Luigi Zoja: Paranoia es una antigua palabra griega que une pensamiento (noos) con (para) ir más allá. En teoría era una mente delirante que sobrepasa sus límites habituales. Para los griegos indicaba un pensamiento delirante, pero sin la importancia que tiene en la actualidad. Mi acercamiento a la paranoia no es psicopatológico sino desde la psicología general, Para explicarla de forma general es la sospecha, la desconfianza. Esto es una tendencia y una necesidad universal porque todos tenemos que protegernos, no podemos aceptar a todos como amigos y a todos darle nuestra confianza. Es un instinto global. Y si el ser humano vive en condiciones de enfermedad permanente, la cultura, la civilización, es una jaula para nuestros instintos. La paranoia sería, en sentido individual, un mecanismo de defensa absolutamente normal si no pasara a ser un mecanismo de defensa. Y, en sentido jungiano, podemos observar cómo ese miedo se desplaza como fantasmas a la sociedad, al inconsciente colectivo, al imaginario general, y se convierte en una patología social. Cuando Adolf Hitler le dice a una multitud que se debe temer a los judíos porque son el demonio, instala en la sociedad un mensaje paranoico. El paranoico grave construye una teoría del complot porque de ese modo cree encontrarle un sentido a sus problemas personales, y de esa forma compensa algunas debilidades propias. En "Mi lucha", Hitler reclama una raza pura porque considera que las mezclas raciales llevan a enfermedades y a la esterilidad. No tiene prueba alguna de eso, y hoy sabemos que sucede exactamente lo contrario. En "Mein Kampf" insiste en ese error, analiza hechos históricos y políticos que parecen convalidad esa "verdad". En realidad Hitler tenía fobia a la contaminación, la diversidad le resultaba difícil de soportar, necesita alejarla y llegado el caso eliminarla.
P.: ¿Por qué califica a la paranoia como "la locura que hace la historia"?
L.Z.: Es un mecanismo de anticipación que lleva a la desconfianza, a ver a otro como potencial enemigo. De allí se pasa al "te agredo porque siento que sos mi enemigo", así no más, sin análisis. La desconfianza se vuelve profunda y anticipa el posible ataque del considerado enemigo. Jung sostenía que hay allí un peligro de infección psicológica, de contaminación. Las ideas paranoicas provocan en otros ideas paranoicas o contra paranoicas, que es lo mismo, porque es una continuación de ese mecanismo.
P.: Usted habla de la necesidad de tener, en política especialmente, un enemigo.
L.Z.: Jung habla de "la proyección de la sombra". La idea de "sombra" es una ampliación de la idea de inconsciente en sentido moral, lo que para Freud era la represión de los instintos. La idea de "sombra" corresponde a lo que no aceptamos (a nivel social, religioso, cultural, etcétera) en nosotros. La señalización de un chivo expiatorio es para el paranoico una forma de expulsión de la "sombra", del mal. Ese ritual primitivo, irracional, reaparece a través de la historia con manifestaciones diversas, siempre atroces.
P.: En su libro va de Caín a Áyax, de la Conquista de América al Holocausto y al Gulag, y de ahí a las denominadas Guerras Preventivas.
L.Z.: En Derecho Internacional Bush pretendió añadir el derecho de atacar a otras naciones partiendo de la sospecha. En el documento de 2002 "The National Security Strategy of the USA", posterior al ataque de la Torres Gemelas, Bush dice que si es necesario se puede atacar preventivamente. Literalmente hacer el vaciamiento preventivo de la amenaza. El término usado no es "prevention" sino "pre-emption"."Empty" es vacío, o sea que se trata de vaciar totalmente al enemigo. Así se atacó al Irak de Sadam Hussein (que era otro monstruo paranoico), como punición preventiva, porque los servicios secretos estaban convencidos de que tenían las famosas armas de destrucción masiva, que todavía se están buscando.
P.: ¿Qué lo llevó a realizar este monumental estudio psicológico, sociológico, histórico y político?
L.Z.: En 2001 yo vivía en Nueva York. Lo más tocante para mí y mi familia no fue la tragedia del 11 de septiembre, la revelación de que había terroristas paranoicos (había leído declaraciones del extremista paranoico Bin Laden), sino lo que ocurrió al día siguiente, las reacciones oficiales, de la televisión, de los diarios, impregnadas de una confrontación radical. Se decía que los terroristas criminales habían atacado a inocentes estadounidenses. ¿Los terroristas eran criminales sólo por haber matado a estadounidenses? ¿Qué pasaba con los otros asesinados, con los que no eran estadounidenses? Mi libro está dedicado a mi hija Elisabeth, que cuando en la escuela le escribieron en la espalda "mexican", se alzó de hombros". Y eso porque es morocha y no hablaba bien inglés. La maestra explicó que el problema de mí hija no era que fuera mexicana. Como si lo fuera y como si fuera otro el problema. Eso en un colegio de clase media alta de Nueva York, de inmigrantes judíos e italianos, liberales, progresistas. Fue algo que nos desarraigó, que nos hizo volver a Italia. Allí empecé este libro, que me llevó diez años.
P.: Usted señala la importancia del contagio paranoico provocado por los medios masivos partiendo del ejemplo de la Guerra Española-Cubana-Estadounidense de 1898.
L.Z.: Fue "una guerra de los diarios" que impulsaron el "New York Journal" de Hearst (el Berlusconi de aquel tiempo), el "World" de Pulitzer y toda la "prensa amarilla". Divulgaron la teoría paranoica de un complot que llevó a la guerra, sirvió para atacar a España y hacerse de las últimas colonias españolas, Cuba y Puerto Rico. Y también Filipinas, que no era ya de la "América para los americanos", de la doctrina Monroe. Las falacias paranoicas de los medios funcionaron muy bien. El público acepto la teoría del ataque español al Maine, y que la guerra era necesaria. Esa forma de influencia paranoica sobre la sociedad se ha profundizado, se ha vuelto más peligrosa con inmediatez de la información de los mass media. La rapidez con que transmite las noticias la televisión, puede concentrar el mensaje paranoico. Hoy hay una "paranoia soft" provocada por los medios. En Italia la exacerbación de la crónica negra hace pensar que estamos peor que en tiempos en que dominaba la mafia. Y no es verdad, nuestra tasa de criminalidad está en el promedio europeo. La percepción de la criminalidad es una cosa, y la criminalidad real es otra. En Italia reiteran la misma noticia como si fuera algo dustinto.
P.: ¿En qué está trabajando ahora?
L.Z.: Hace unos meses publiqué un libro sobre "Utopías minimalistas del nuevo siglo". El siglo XX fue el siglo de las utopías maximalistas, que tuvieron muchísimos errores y horrores, que muchas veces fueron tremendamente peores que los problemas sociopolíticos que pretendían corregir. Un podría preguntarse entonces si en el siglo XXI no tenemos la posibilidad, la ocasión, no para renunciar a las utopías sino para renunciar a los errores utópicos. Es algo que veo en las jóvenes generaciones, son pacifistas, eligen la bicicleta aunque pueden tener auto, se vuelven vegetarianos porque rechazan no sólo la matanza de seres humanos sino también la de animales. Hay muchas iniciativas jurídicas, ambientalistas, ecológicas, hacen abandono del mito del héroe tradicional que se convierte en el límite en una confrontación paranoica. En la parte constitucionalista utilicé ideas muy interesantes del constitucionalista argentino Zaffaroni.
Entrevista de Máximo Soto


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