11 de diciembre 2017 - 20:33

Macri comienza a aplicar, a pura reforma, su plan “desarrollista”

El Presidente confía en que con la baja del déficit a 3,2% en 2018 se iniciará un largo período de crecimiento.

Ganador. Mauricio Macri y María Eugenia Vidal festejan en la noche del 22 de octubre pasado el triunfo electoral en las legislativas 2017. Foto: Mariano Fuchila.
Ganador. Mauricio Macri y María Eugenia Vidal festejan en la noche del 22 de octubre pasado el triunfo electoral en las legislativas 2017. Foto: Mariano Fuchila.
Mauricio Macri, ahora sí, está expectante. Sabe el Presidente que desde noviembre de 2017 está aplicando su propio plan económico. El plan por el que se reconocerá políticamente su gestión. Y por el que se lo plebiscitará en octubre de 2019 y donde se jugará la continuidad presidencial en diciembre de ese año. Serán casi 24 meses de aplicación de sus propias ideas económicas, con sus proyectos y, obviamente, limitaciones; pero con su impronta personal y la de su gabinete. Como el propio Presidente lo llamó en alguna reunión privada en septiembre de 2017, comienza la "era de las reformas". El éxito o el fracaso de su gestión económica es entonces lo que comenzamos a vivir en noviembre, con el avance de las reformas con las cuales comenzará a aplicarse el plan económico macrista. Para bien o para mal.

Hasta octubre pasado, el jefe de Estado sólo pudo acomodar la nave insignia en la línea de vuelo correcta, evitando, según la visión particular del Gobierno, una crisis terminal similar a la de 1989, a partir de la herencia demoledora llegada desde el kirchnerismo. Los pasos dados durante el primer año de gestión, el desmantelamiento del cepo, la salida del default (aún no completa por cierto), la reconciliación con el sector agropecuario (el principal aportante de divisas al país), la vuelta a los mercados financieros internacionales, el comienzo del largo proceso de sinceramiento tarifario y el inevitable primer ajuste fiscal. En el segundo año de gestión, todo estuvo contaminado por la campaña política, y la necesidad entendida claramente por el oficialismo de emplear armas (algunas incómodas para el macrismo), con el objetivo de hacer pie en las elecciones de octubre. Creció la obra pública, la expansión del gasto y el comienzo de la reacción industrial. En el debe hay que anotar la indomable inflación, su primo hermano déficit fiscal y las inevitablemente altas tasas de interés que invitan más a la especulación financiera que a la inversión productiva. También el retraso cambiario y el consecuente déficit fiscal, con la problemática inserción de las exportaciones argentinas en un mundo cada vez más competitivo.

Macri se tiene fe. Y asegura que estos problemas se superarán, y que para octubre de 2019 presentará un país con tres años consecutivos de crecimiento con tasas promedio de 3,5%; una inflación inferior al 10%, una industria pujante y la posibilidad seria de comenzar a pensar en un déficit inferior al 2% del PBI. Se reconoce que para lograr esto hubo un desfase de tiempo de no menos de seis meses, ya que la salida de la recesión debería haber comenzado en julio de 2016 pasado en lugar del primer trimestre de este año. No importa. Asegura el Presidente que 2018 será año del despegue definitivo, en serio, de la economía y de la aplicación total del plan económico del macrismo. Siempre sin dejar de lado el sello distintivo del Gobierno: el gradualismo.

Según los integrantes del gabinete económico que forman parte de su equipo, habrá dos misiones de definición. La primera será la de convencer a los ciudadanos para que se abandone cualquier relación con el "liberalismo", "neoliberalismo" o similar. La segunda misión es que comience a relacionar la propuesta macrista con una especie de desarrollismo emparentado y aggiornado con lo que entre 1958 y 1962 intentó llevar adelante Arturo Frondizi, y que los golpes militares dejaron en el camino. Un "desarrollismo del siglo XXI", según los anhelos descriptivos de Macri y su equipo.

Como les ocurrió a varios presidentes de la democracia (Néstor Kirchner fue el caso más claro), durante los primeros dos años de gestión, el jefe de Estado se dedicó a apagar los incendios más fuertes: salir del cepo, cerrar el juicio a los fondos buitre, abrir una economía bloqueada al mundo). Luego, a tomar contacto con la realidad de la gestión diaria y a "aprender" cómo manejar los resortes de los mercados y, en lo que pudo (y lo dejaron sus propios errores de gestión como en el caso de las tarifas) avanzar en sus propias ideas y las de su equipo. Con el respaldo que le dieron las urnas en octubre de 2017, Mauricio Macri cree contar con el respaldo político suficiente como para sentir que ahora la sociedad le dio un guiño para que avance en sus propias ideas para cambiar la realidad. Políticamente tiene todo el derecho de pensarlas y aplicarlas, y que se lo juzgue en las elecciones de 2019. A diferencia de alguno de sus antecesores (Carlos Menem y, otra vez, Néstor Kichner), el macrismo tendrá un escollo importante: no contará con mayoría parlamentaria por lo que deberá, obligatoriamente, negociar con otras fuerzas políticas. Afines, y no tanto. Este fenómeno político ya comenzó, y tuvo su principal ejemplo en las negociaciones por la reforma previsional aprobada en media sanción por el Senado, con el justicialista Miguel Ángel Pichetto como principal anfitrión de las discusiones.

El listado de los desafíos económicos en los que Macri comenzará a avanzar desde hoy, y sobre los que se recordará su plan económico, no tendrá mayores sorpresas sobre lo que ya se conoce. Las reformas previsional, tributaria, acuerdo fiscal con las provincias y laboral ya están en plena aprobación. En el caso de las dos primeras, se asegura que podrán aplicarse desde enero de 2018.

Avanzará también una reforma del Comercio Exterior. El oficialismo quiere desmantelar paulatinamente el esquema de retenciones a las exportaciones, una promesa electoral que cuesta implementar por la poca reacción de la recaudación. A cambio busca el macrismo ir reduciendo los niveles de subsidios a la producción industrial interna y mejorar la competitividad de la compra de bienes de producción y de tecnología. También se quiere avanzar en acuerdos de libre comercio con la Unión Europea (para Mauricio Macri es prioritario) y con los países del Pacífico. Nada de estos planes podría siquiera plantearse sin un acuerdo político que permita discutir con seriedad la estructura productiva del país para los próximos años.

En el caso de los subsidios a los servicios públicos, el Gobierno quiere dar por cerrado en 2018 el problema heredado de los retrasos en las actualizaciones de las tarifas y la falta de inversión. El problema para el oficialismo es doble. Por un lado, se asegura que el gasto en subsidiar tarifas públicas de electricidad, gas, agua, transporte y combustibles, pese a las mejoras aplicadas en los primeros dos años, sólo cubrieron el 30% del gasto público generado por el ítem subsidios; y que sólo se podrá avanzar en una definición terminal con un acuerdo político que se suscriba en el Congreso. El otro problema que comprendió el macrismo al llegar al poder es que sólo con un horizonte tarifario serio y a largo plazo habrá inversiones privadas en estos capítulos. Cualquier aporte de capitales depende de la capacidad de las empresas prestadoras de estos servicios de tomar dinero en los mercado de capitales locales o extranjeros, y ninguna de las compañías puede plantear hoy esta aventura financiera sin tener un escenario tarifario definido (hacia arriba obviamente) para no menos de 5 años hacia delante.

En cuanto al nivel de las tasas de interés, el Gobierno sueña con que para el segundo trimestre del próximo año se pueda hablar de un nivel inferior al 24% y que para fin de año se perfore la tasa del 20%, en sintonía con una inflación esperada para todo el año de no más de 15%. Y si esto ocurre, que ya se pueda hablar de una economía en crecimiento con la ayuda del sistema financiero, hoy dos ítems divorciados. Y que, definitivamente, no se hable de la existencia real de la bicicleta financiera bautizada como "carry trade". La esperanza oficial es que antes de junio la perforación del 20% se convierta en una realidad.

En cuanto a la inflación, el sabe que deberá esperar hasta abril para que el IPC que mide el INDEC muestre un alza de los precios de un dígito. La suba de los servicios públicos y los combustibles impedirá que la situación sea diferente. Pero se confía en que desde el segundo trimestre de 2018 la variable comience a estar dominada y que para 2019, año de la potencial reelección de Mauricio Macri, la inflación sea de menos que 10% anual.

Se espera para el primer trimestre de 2018 que, finalmente, la calificación del mercado argentino pase de "frontera" a "emergente". Luego estaría en condiciones de recibir otro tipo de inversiones financieras, incluyendo fondos internacionales serios que hoy tienen vedado apostar en el país.

Aguarda el Gobierno una mala noticia para algún momento de comienzos de 2018: el fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York, por el cual perderá el juicio por la reestatización de la petrolera YPF en manos de Repsol durante 2012, y por el cual, probablemente, el país deba renegociar con el exterior un fallo en contra por más de u$s6.000 millones.

Muchas de estas cuestiones serán analizadas en las páginas siguientes de este suplemento. Intervienen en el debate los principales responsables de llevar adelante la política económica, fiscal y monetaria del macrismo. También muchos representantes de gobernaciones y de la ciudad de Buenos Aires. Escriben también referentes económicos de los principales partidos opositores y de varias tendencias ideológicas, con una amplitud opinativa poco común en una sociedad infectada por la falta de diálogo.

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