Madrid rinde homenaje al escultor Pablo Serrano

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La Junta del Distrito de Tetuán presenta «Pablo Serrano en la esfera pública», exposición con la que rinde homenaje al escultor que durante un importante período de su vida tuvo su estudio en ese distrito de Madrid.

Serrano (1908-1985) nació en Crivillén, Aragón. A los diez años fue a vivir a Zaragoza, a la casa de su abuelo paterno que era carpintero en los talleres del Hogar Pignatelli: un hospicio que en 1985 se convirtió en sede del museo del escultor.

Serrano estudió en Barcelona en las Escuelas Profesionales de Sarriá (1920-1929), donde también realizó un noviciado como Hermano Salesiano. Cuando finalizó su formación fue destinado a un servicio para su congregación en el Colegio San José, de Rosario, en la Argentina. Allí ejerció como maestro en los talleres de escultura y orfebrería. Cuando en 1935 no renovó sus votos religiosos, se trasladó al Uruguay. Junto a otros artistas, buscó promover las actividades artísticas y fundó el Grupo Paul Cézanne (1939), que se vio enriquecido por los diálogos con el gran pintor uruguayo Joaquín Torres García (1874-1949), que había regresado de España, en 1934. Su influencia modificó el lenguaje artístico de Serrano, quien inició sus primeras obras abstractas.

En 1955, obtuvo el Premio de Escultura en el II Salón Nacional Bienal de Artes: una beca en el extranjero que le posibilitó regresar a su tierra natal, donde se estableció en Madrid. Inició una serie de viajes por Europa para estudiar las tendencias postcubistas. Se interesó por las vanguardias europeas y particularmente por la obra del gran artista catalán Julio González (1876-1942), quien por su concepción del espacio y la utilización del hierro como material, había abierto nuevas posibilidades para la escultura.

En 1957, instalado definitivamente en su país, presentó la primera muestra en el Ateneo de Madrid. En ese mismo año, participó en la creación del grupo renovador del arte español «El Paso», junto al escultor Martín Chirino, los pintores Rafael Canogar, Manolo Millares, Manuel Rivera,

Antonio Saura, José Manuel Viola y los críticos José Ayllón y Manuel Conde. El grupo propuso un nuevo lenguaje cercano al informalismo y fue uno de los primeros movimientos vanguardistas de España en la postguerra. Luego de participar en la primera muestra colectiva en la galería Bulchoz -pionera en muestras de arte abstracto español-Serrano se separó del grupo.

En su línea abstracta se incluyen obras como «Ordenación del Caos» (1956-57) en la que utilizó elementos como planchas recortadas, hierros retorcidos, rejillas metálicas y clavos. Para «Quema del objeto» (1957-58), recurrió a los mismos materiales, sometidos al efecto del fuego. En «Ritmos en el espacio» (1958-59), el artista curvó finos filamentos metálicos y logró una composición muy estilizada.

Serrano desarrolló obras abstractas y figurativas. Fue el caso de su serie «Entretenimientos en el Prado» (1962), las interpretaciones de célebres obras de ese museo, entre otros, de Goya, Tiziano o Velázquez. En «Bóvedas para el hombre» (1960-62) y «Lumínicas» (1962-65), Serrano destacó la importancia del espacio y la luz; posteriormente, en «Hombres con puerta» (1965-68) y «Unidades yunta» (1967-73) exploró los contrastes lumínicos entre el exterior y el interior de sus esculturas. En los años ochenta realizó obras tomadas de la iconografía cubista de Picasso, Braque y Juan Gris.

«Todos los elementos son buenos, útiles. Pero el barro tiene tan poca personalidad, es tan amorfo, que resulta impresionante construir imágenes con él. La piedra tiene ya categoría propia y consistencia antes de ser trabajada. El bronce también tiene hermosos matices, pero yo digo siempre que el primer escultor es el labrador, porque da forma a la tierra», sostuvo Serrano.

Entre sus trabajos de carácter público o conmemorativo, realizó las puertas de bronce para la cripta del Colegio de San José, en Rosario (Argentina), los monumentos a Antonio Machado, en Baeza; Benito Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria; Miguel de Unamuno, en Salamanca.

Serrano falleció en Madrid mientras organizaba un congreso internacional de escultores para Centroamérica, en 1985. Poco tiempo antes, en ese mismo año, se había firmado en Zaragoza el Acta de constitución de la Fundación Museo Pablo Serrano.

«La creación de un museo debe revestir dos finalidades importantes: acercar las obras al pueblo y alentar la creación. Para ello, el museo debe tener un carácter más vivo que el del público que frecuenta museos, pues no sólo debe atraer a esos espectadores sino a los que no concurren. Por tanto, no basta mostrar, exhibir, sino lograr la participación. Cada artista puede proponer ideas y el museo, por su parte, encauzar y dirigir las ponencias y respuestas del público. En suma, es el intermediario entre la obra y el receptor. Si solamente es un museo que expone obras, es un museo muerto», reflexionó el escultor.

«Pablo Serrano en la esfera pública», con curaduría de Dolores Durán Úcar, destaca los monumentos ubicados en Madrid, que ponen de manifiesto la vigencia de un artista comprometido con su tiempo.

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