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Magnífico “Requiem de guerra” en el Colón
La monumental obra sinfónico-coral de Benjamin Britten tuvo una impecable versión en el Teatro Colón, dirigida por Guillermo Scarabino.
Es probable que muchos abonados que fruncieron el ceño al leer en la programación anual el nombre de una obra sinfónico-coral en la temporada lírica hayan finalmente cambiado de opinión luego de asistir a la realización magnífica de un monumento artístico y humano como lo es este "War Requiem" de Benjamin Britten. Tanto en su contenido simbólico de alegato anti-belicista como en su riqueza estética, la pieza es imprescindible, y la realización de una obra de esta complejidad es un hecho relevante.
"Mi tema es la guerra. (...) Lo único que puede hacer hoy un poeta es advertir". La frase que sirve de epígrafe a la partitura es de Wilfred Owen, el emblemático poeta y soldado que murió días antes del fin de la Primera Guerra Mundial y cuyos textos dan a este réquiem su dimensión y su condición de inigualable. Son entonados por el tenor y el barítono en una instancia casi teatral y acompañados por una orquesta de cámara, en contraste con el grupo instrumental que sustenta al coro y a la soprano, encargados del texto latino.
Britten pide que el coro de niños esté distante, y la elección de su ubicación no podría haber sido mejor para el Colón: la pasarela que rodea la araña principal, en la cúpula y por encima de las ingenuas pinturas de Raúl Soldi. Cada intervención del Coro de Niños, preparado de manera impecable por César Bustamante y Helena Cánepa, fue así un trance casi místico, complementado al igual que la cámara acústica- por una acertada iluminación de Gonzalo Córdova.
La gran sorpresa de la noche fue la joven y ascendente Tamara Wilson, una voz con cuerpo, redonda y liviana a la vez, de perfecta llegada, expresiva y versátil. Víctor Torres, uno de los mejores intérpretes imaginables en la actualidad a nivel mundial para la parte de barítono, dio una vez más una lección de canto, de estilo, de expresión y de intimidad. La parte de tenor fue escrita por Britten para su gran compañero e inspirador Peter Pears, poseedor de un instrumento delicado y liviano; el desempeño de Enrique Folger fue profesional, enjundioso y conmovedor, pero lógicamente su voz no era la indicada y no se lo advirtió cómodo.
El Coro Estable preparado por Miguel Martínez y Marcelo Ayub rindió de manera inmejorable en su difícil parte, con gran amplitud dinámica, empaste y balance de las cuerdas. Tanto la pequeña como la gran orquesta y el conjunto en general tuvieron en Guillermo Scarabino a un guía seguro, atento y claro. La sala, que mostró en la función de Gran Abono un clima infinitamente más concentrado que en las funciones de ópera, brindó una ovación prolongada e incluso tuvo la delicadeza de esperar para los aplausos unos segundos después del último acorde, algo que lamentablemente no sucede con frecuencia.


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