17 de febrero 2009 - 01:01

Mal de muchos...

Mal de muchos...
Dieciocho meses atrás, una abrumadora mayoría de expertos, afuera y aquí, consideraban que se estaba presenciando sólo «un trastorno pasajero, circunscripto al mercado hipotecario de baja calidad estadounidense»; otros preferimos cargar con el despectivo mote de alarmistas por sostener que se trataba de una vasta corrección del ciclo largo de crecimiento mundial iniciado luego de la Segunda Guerra. Si ambos partidos hubiéramos pasado por la prueba del sufragio, nuestra derrota hubiera sido por aclamación.
Esa controversia está terminada. La realidad le dio la espalda a esas mayorías complacientes y premió al juicio crítico e independiente con una agria victoria. Ya no hay dudas. Hacía más de siete décadas que no se veía tamaña destrucción de la solvencia bancaria ni un proceso mundializado de deflación. ¿Cuándo se vieron tan descomunales redes de seguridad fracasar tan estrepitosamente? El fenómeno al que asistimos sólo tiene parangón en la Gran Depresión; a ningún gobernante u hombre de negocios contemporáneo le tocó enfrentar algo similar.
La capacidad ociosa de la industria estadounidense ha trepado al 30% del potencial instalado y la tasa conjunta de desempleo y subocupación ya asciende al 13,5%. Por primera vez en la historia este año habrá menos vehículos circulando que el anterior. Las compañías listadas en el NYSE han sufrido en un solo día una destrucción de riqueza superior a dos veces el déficit presupuestario del año pasado. Los números asustan. Y aún falta mucho por ver.
No fueron el mercado inmobiliario ni las hipotecas subprime los causantes de semejante descalabro; fueron apenas el detonante, de la misma forma en que la crisis de liquidez es sólo una de las partes de un fenómeno estructural.
La crisis que transitamos es la conclusión natural de un típico ciclo largo de bonanza, coronado con una no menos típica etapa de crecimiento acelerado (y obviamente, apalancado). Crisis que desembocará, una vez concluido el necesario ajuste de valores relativos, en un nuevo período de prosperidad. Hay crisis porque hubo -y volverá a haber- prosperidad.
La genética de la dolencia se encuentra en juicios infundados sobre el valor intrínseco de una vasta gama de activos, que habían alcanzado precios relativos inconsistentes con la realidad estructural del mercado, con su renta esperable y con el servicio de la deuda contraída para adquirirlos. Nadie encontraba mejor razón para pagar 300 por aquello que poco antes costaba 1, que argumentar lo que había pagado el vecino. Nadie se preguntaba si había trescientas veces más demandantes que antes o se había agotado el stock en esa proporción. Tampoco si la tasa de retorno justificaba el pretendido valor actual. Ni mucho menos si aseguraba el repago del préstamo tomado, particularmente si cambiaban las tasas ridículamente bajas de una época de fiesta (y, aunque las tasas eran bajas, el volumen a endeudarse crecía con el mismo vértigo de los precios de los activos a comprar).
Al generalizarse la convicción de ganancias «aseguradas», su misma difusión terminaba por hacer realidad la expectativa, brindándonos una ilustración inmejorable del fenómeno social de la profecía autocumplida. Las ganancias atrajeron el crédito y el crédito espiralizó las ganancias. La prudencia cedió ante el entusiasmo de las esperadas ganancias de capital (apreciación de los activos). Esperadas según la experiencia inmediata de revaluaciones sin pausa, pero nada en absoluto esperables según la estructura de la demanda, lo que asemejaba el proceso a un auténtico juego Ponzi.
Luego de los primeros zigzagueos, enfriado el entusiasmo alcista y comenzada ya la toma de conciencia acerca de las inconsistencias estructurales, la dinámica se revierte y -tal como ocurrió en todas las experiencias históricas- los mismos rasgos que caracterizaron la suba se repiten en la baja: su circularidad la refuerza, se difunde piramidalmente a lo largo y ancho del cuerpo social, el apalancamiento que antes potenciaba los retornos ahora exponencia los quebrantos, la destrucción de riqueza se espiraliza.
La euforia que precedió esta crisis recorrió todo lo largo y ancho del globo y de los mercados. Las burbujas proliferaron, algunas bajo el nombre de «milagros». Ahí tenemos el milagro de las exportaciones chinas, dependiente de la burbuja del consumo estadounidense alimentada por la burbuja de la deuda externa. Todo ello montado sobre una ostensible subvaluación de su moneda mientras acumulaba colosales reservas en dólares, dando pie a las burbujas del crédito y los activos. Este círculo (aparentemente) virtuoso se ha cortado. Y el milagro chino deberá cargar ahora con un insuficiente consumo interno y la fragilidad de su sistema bancario.
Lo propio sucederá inevitablemente con la demanda de materias primas, inflada por el auge comercial asiático y las bajas tasas.
La etapa inicial de perversa alegría por el mal ajeno se ha terminado. La misma Europa resultó estar fuertemente expuesta en el segmento hipotecario subprime. Pero esa fuente de preocupación queda empalidecida si consideramos que el riesgo por créditos comerciales otorgados a mercados emergentes es seis veces mayor. Y, a su vez, todas esas economías en desarrollo dependen del comercio global, que hoy se encuentra en rápido achicamiento.
El mismo término «burbuja» (bubble) muestra la esencia psicosocial de las crisis: las burbujas -un término entroncado con el pedigrí mismo de las grandes crashes, como lo fue el hoy poco recordado y que protagonizó la compañía South Sea Bubble a comienzos del siglo XVIII- sólo son tales ex post, sin importar las voces de alerta que hayan dado previamente los «agoreros» de turno. Es tan lindo ser feliz que las inconsistencias advertidas son reconocidas sólo cuando estallan. Los que hoy dan cátedra sobre burbujas y denostan la especulación son los mismos que especulaban entusiastamente con ellas cuando preferían llamarlas «economías sólidas».
¿Acaso la presidente Kirchner no estaba subida al jolgorio de las materias primas, al empeñarse durante casi medio año en un masivo conflicto social por especular con la suba ad infinitum de los precios de la soja? ¿No fue acaso el esquema de retenciones variables plasmado en la increíble Resolución 125 el que contemplaba alícuotas de hasta el 95%, ilusionado en el alza eterna de los precios? Para estupor del puñado de ejecutivos que la escuchaban, la misma persona pocos meses después sermoneaba sobre cómo prevenir burbujas y vituperaba la especulación. Cosas veredes, Sancho. Y no te cuento nada de las que oirás.

Dejá tu comentario