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Malvinas con mirada distinta de la habitual
No todas las escenas de acción o melodramáticas de «Cartas a Malvinas» están logradas, pero interesan su mirada sobre los combatientes y la interpretación a veces religiosa del sacrificio.
El drama que aquí vemos queda bastante lejos de «Pony Express», con Charlton Heston esquivando indios y bandidos con tal de llevar la correspondencia a destino, y lejos también de tantas películas de «mensajes a García», que hemos visto, donde los enviados agonizantes pasan a otros la posta, y así, hasta llegar a destino. Queda muy lejos: allá en el Atlántico Sur. Pero algo tienen en común: ese respeto sagrado por las cartas que gente desconocida confía a los mensajeros, esa honda conciencia de la misión a cumplir pese a uno mismo, el vaivén de la suerte, que a tan pocos envía de vuelta a casa.
Por lo común en este tipo de películas, se sabe que el personaje protagónico va a quedar para contarla. Pero aquí ninguno de los hombres, apenas adolescentes en varios casos, puede identificarse del todo como protagónico. Está el que sufre la muerte del hermano mayor, con apenas cinco meses de casado, y el público espera que al menos él vuelva al hogar (pero esto tampoco es «Salvando al soldado Ryan»). Está el nieto del general, llevando como compañeros de infancia unos granaderos de plomo, que espera devolverle al abuelo. Está el sargento primero, al que una licencia por acto heroico quizá le permita volver rápido junto a su mujer, enferma de leucemia. ¿Acaso mueran los dos, tan lejos uno de otro?
No todas las escenas de acción están logradas, ni la veta del melodrama tiene la necesaria fuerza y belleza, pero los sentimientos básicos igualmente afloran, y también surgen, inusuales hasta hoy en el cine argentino que se ocupó de Malvinas, el teniente contenedor, comprensivo, y el pensamiento religioso. Más que nada, neotestamentario. «Porque el Hijo del Hombre vino para servir, y no para ser servido». «Porque no hay mayor amor, que el de quien da su vida por sus amigos». Rodrigo Fernández, el autor, es miembro de la Iglesia Cita con la Vida.
La casa donde aparece Víctor Laplace, como un cartero jubilado que relata esa historia, es la de alguien que estuvo a cargo de Encotel durante la guerra, y fue condecorado, Hugo Caballero. Las historias, son en parte inspiradas en personajes reales. Y el mensaje llega, aunque tenga las desprolijidades propias de un debutante en el largo, y muestre las dificultades de casi todas las películas que se hacen en el interior, como ésta, de producción cordobesa, rodada más que nada en Pampa de Achala, Cerro Mogote y José de la Quintana, y un poco también, con esfuerzo, en Comodoro Rivadavia. Premio a la mejor producción y mejor actor, y premio del público, en el pasado Festival de Cine con Vecinos, de Saladillo.


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