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Mao, el “héroe” de pasado inconfesable
La plaza de Tiananmen, con su liturgia maoísta, es un imán para los turistas de todo el mundo que llegan a Pekín. La herencia negativa del fundador del régimen comunista sigue siendo tabú en ese país.
Y pensar que parece que fue ayer, en términos históricos, cuando el Gran Timonel saludó al pueblo que lo vitoreaba desde la plaza de Tiananmen para anunciar que los chinos se habían alzado al fin; cuando empujó a su pueblo a dar el Gran Salto Adelante, provocando una de las grandes hambrunas de la humanidad; cuando llevó al país a la esquizofrenia nacional con las persecuciones de la Revolución Cultural; cuando mandó a sus enemigos y a muchos que ni siquiera lo eran a los gulags de Mongolia Interior...
Jung Chang y Jon Halliday aseguran en su libro «Mao: la historia desconocida», que el Sol Rojo provocó 70 millones de muertos antes de morir -de forma natural en su caso- en 1976. Más muertos que Hitler. Más que Stalin. Mucho más que su discípulo y genocida, Pol Pot. Otros historiadores no son tan duros a la hora de juzgar al Gran Timonel: en realidad, sólo fueron 30 millones de víctimas, dicen.
No importa. En el 60° aniversario de su llegada al poder, que hoy será celebrada con un gran desfile en Pekín, Mao es elevado a la condición de héroe.
La ausencia total de libertad de prensa, que impide a los ciudadanos chinos conocer de forma honesta su propia historia, no justifica la popularidad eterna del Sol Rojo. Mao también tuvo sus aciertos: unió China, terminó con la sensación de humillación de un siglo de intervención extranjera, fomentó la igualdad de la mujer cuando no era políticamente correcto hacerlo -»ellas sostienen la mitad del cielo»- y devolvió a los chinos el orgullo de serlo, sin el que no podrían haber logrado el desarrollo de los últimos 30 años.
Pero el verdadero despegue de China no llegó hasta su muerte, una vez quedaron enterradas su megalomanía homicida, sus desastrosas políticas y sus persecuciones.
El Partido Comunista excusó a su padre ideológico años atrás sentenciando que Mao había tenido un 70% de aciertos y un 30% de errores. Lástima que esos errores le costaran la vida a 70 millones de personas. ¿O fueron sólo 30 millones?
El régimen comunista no podía haber llegado a otra conclusión. ¿Con qué legitimidad podría seguir en el poder si su fundador y mentor hubiera resultado ser el dictador cruel que en realidad fue? Para que el partido siga vivo, Mao no puede morir. Al menos, no del todo.
Casi puede uno imaginárselo uniéndose mañana a la muchedumbre que celebrará su triunfo en la guerra civil. Probablemente se moriría, esta vez del todo, al comprobar que nada queda del comunismo en cuyo nombre exigió tantos sacrificios a su pueblo; al ver que su sueño de crear la sociedad más igualitaria del mundo viaja estos días en los BMW de funcionarios corruptos; al comprobar que la única ideología que une a sus herederos políticos es la ambición de permanecer en el poder; al ver cómo China, con sus problemas y desafíos, ha logrado el mayor desarrollo en menos tiempo jamás conseguido por ninguna nación. Y que ese logro, que muchos se empeñan en atribuir al Partido Comunista a pesar de ser mérito del pueblo chino, ha sido posible sólo cuando el país le dio la espalda a todo aquello en lo que el Sol Rojo creía.


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