16 de marzo 2012 - 00:00

Marzo: tiempo lógico para política local

«En enero se toman vacaciones los abogados, en febrero los psicoanalistas; quiere decir que este verano estaremos a merced de acreedores y amigos angustiados». El chiste que leí hace tiempo en la tira de un diario aludía a la costumbre de los años 80. Enero era el mes de descanso de los profesionales con fuerte tracción de la feria judicial y febrero el mes del comercio y los psicoanalistas. Cambió. Son pocos los privilegiados que se van un mes de vacaciones. En la costa, la temporada se ha dividido en cuatro quincenas y la gente ya se acostumbró. Lo que no cambió es el concepto de verano en el mundo de la política, como un espacio vacío, como tiempo muerto. Los diarios se la ven en figurillas para difundir noticias sin caer en los lugares comunes: movimiento del turismo, alquileres, choques de colectivos, estadísticas sobre accidentes fatales en las rutas, noticias de famosos, etcétera.

El tiempo cronológico, el del sol, los relojes, las estaciones, meses y años ha sido desde siempre una preocupación de la filosofía. ¿Qué es el tiempo? ¿Existe el tiempo? ¿Podemos hablar del tiempo pasado cuando ya no es? Lo mismo con el futuro que está por venir y que no lo es por no haber llegado y el presente que con sólo invocarlo, ya es pasado.

En la política, como en toda actividad humana, se conjuga el tiempo cronológico con el denominado tiempo lógico que, para el psicoanálisis, no se corresponde con la sucesión de hechos, actos o acontecimientos. En la insistencia del síntoma, en la repetición, ocurren operaciones que llevan al sujeto a padecer en resignificaciones que nada tienen que ver con el tiempo cronológico.

Pero los actos, en el sentido de acciones humanas y no en el sentido clínico del acto analítico, ocurren en un momento determinado; la sospecha recae sobre la repetición de esos actos, tanto en lo individual como en lo colectivo. Planteo como hipótesis que para nosotros la agenda y actividad política comienza en el mes de marzo, y que es ese momento cuando se instala de manera recurrente el tono que tendrá el año. Ha sido, de manera insistente, el momento de conjeturas conspirativas o de actos concretos que tuvieron consecuencias irreparables para los argentinos.

Por citar algún triste episodio conspirativo, ya es historia que el golpe del año 1976 estaba decidido desde diciembre del año anterior cuando se aplacaron los ánimos de los aeronáuticos más radicalizados y se esperó hasta una fecha oportuna, marzo. Había que pasar las fiestas y el verano. Fue también el momento de la brutal represión en la huelga de la Confederación General de los Trabajadores en la Plaza de Mayo, de la instancia deliberativa sobre la decisión de la Guerra de Malvinas, seguida del anuncio que provocara el apoyo masivo en la misma Plaza donde una semana antes se hiciera presente el oprobio. Contradicciones nuestras, un sinnúmero de personas asistieron a ambas convocatorias. Pero el mes de marzo también está presente en la democracia, porque el período que el golpe interrumpe había comenzado un 11 de marzo con el triunfo de la fórmula Cámpora-Solano Lima, luego de la opinión y pronóstico fallido de un general: al viejo no le da el cuero. No opinaba lo mismo Arturo Frondizi, que en marzo del año anterior viajó a Madrid para acordar las condiciones de regreso de Perón. En el año 1945, marzo fue el mes elegido para la oportuna declaración de guerra a Alemania y Japón bajo la presidencia de Farrell. Por citar un ejemplo más amable, en marzo de 1816 dieron comienzo las sesiones del Congreso de Tucumán.

Éstos, como tantos otros episodios de la vida política argentina, muestran que en el mes de marzo se ejecutan, producen y concretan actos cuyo coágulo creador, al decir de Cortázar, fue elaborado con anterioridad y se eligió ese momento como el oportuno para sus efectos y consecuencias. Son marcas de nuestra historia que sin lugar a dudas han producido efectos y lo seguirán haciendo en la actividad política. Marzo es entonces el tercer mes del año en el tiempo cronológico y a su vez un período con una carga libidinal histórica en el tiempo lógico.

Antes de referirme al acontecimiento histórico que sin lugar a dudas instaló al mes de marzo como un momento de conspiración para toda la cultura occidental, haré referencia a la respuesta que dio San Agustín sobre la existencia o no del tiempo pasado, presente o futuro, por ser de una inteligencia y claridad meridiana. En Confesiones, dijo que, de concebir un elemento de tiempo que no pudiese dividirse en partes, por pequeñas que fuesen, ese momento sería el presente. Al extenderse, se convierten en pasado y futuro. Entonces, se pregunta dónde están. Como futuras, todavía no están y si como pasadas están en algún lugar, al pensarlas, tampoco están ya en ese lugar. Llega a la conclusión de que ni las cosas pasadas ni futuras existen, lo que sí existen son tres tiempos, el presente del pasado en la memoria, el presente del presente en la visión y el presente del futuro en la espera. La vigencia de su reflexión anuda el tiempo lógico con el cronológico.

Con la excusa de leerle una petición para devolverle el poder al Senado Romano, los senadores convocaron al foro a Julio César donde fue apuñalado, justamente, en los idus de marzo del año 44 a.C. En Roma, los idus eran los días elegidos para los buenos augurios. El escritor griego Plutarco señaló que César fue advertido por un ciego con una frase cuya traducción llega hasta nuestros días: cuídate de los idus de marzo. Difícil imaginar la magnitud del acontecimiento para el mundo de aquella época. No recuerdo mayor ejemplo de conspiración y traición cristalizado en las palabras de César: «Tú también, Bruto».

Los anuncios de conspiración, complot o intentos de desestabilización, o los hechos concretos producidos en el mes de marzo resignifican en Occidente aquella marca de tal trascendencia que inspirara a poetas y dramaturgos durante siglos, hasta nuestros días. No hay conspiración que no evoque a Julio César.

En estos días asistimos a nuevos acontecimientos de la política local que son embestidos como cualquier objeto con una dosis particular de líbido en este período. El hecho, los hechos, las circunstancias son conocidos por todos los que interactúan de un lado y del otro con anterioridad, pero se elige el mes de marzo para la puesta en escena.

No podremos saber si hubo una advertencia o no de la embestida ni cómo será la escalada y su desenlace o consecuencias; en todo caso, estar atentos como no estuvo César, cuando se jactó frente al ciego y le dijo que los idus de marzo ya habían empezado y éste le respondió: «Pero todavía no terminaron».



(*) Federico Enrique Stolte, abogado, psicólogo social (Esc. Pichon Rivière) y licenciado en Psicología UBA. En la actualidad, trabaja como defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires.

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