8 de marzo 2012 - 00:00

Mauricio Kartún “argentiniza” un relato bíblico

Partiendo de un relato bíblico, realzado con algunos rasgos eróticos de la «Salomé» de Wilde, Kartún creó un texto rico en alusiones políticas y literarias en la línea «El niño argentino».
Partiendo de un relato bíblico, realzado con algunos rasgos eróticos de la «Salomé» de Wilde, Kartún creó un texto rico en alusiones políticas y literarias en la línea «El niño argentino».
«Salomé de chacra». Autor y Dir.: M. Kartún. Int.: O. Guzmán, M. Vicente, L. Vega y S. Galazzi. Esc.: N. Laino. Ilum.: A. Le Roux. Vest.: G. Fernández (Sala

Cunill Cabanellas, TGSM).



Entre la tragedia y la farsa, el humor popular y la referencia erudita, Mauricio Kartún creó un texto rico en alusiones políticas y literarias, que continúa la línea iniciada con «El niño argentino» y «Ala de criados». En este caso, hay algo de homenaje (y también de parodia) al teatro griego, la lucha de clases, la ideología anarquista y a cierto «fatalismo telúrico» que recuerda al de Ezequiel Martínez Estrada en «Radiografía de la Pampa», con su demoledora exposición de nuestros males patrios, a saber: falta de ética, pobreza espiritual, desprecio al trabajo, carencia de autenticidad y racismo solapado.

Quienes encarnan esta ácida visión de la Argentina («Aquí hasta el viento se amamarracha») provienen de un relato de origen bíblico, realzado con algunos rasgos eróticos de la «Salomé» de Oscar Wilde.

Según los Evangelios, Salomé fue quien mandó decapitar a Juan el Bautista por instigación de su madre Herodías, a la que el profeta reprochaba su concubinato con Herodes, el hermanastro de su marido.

Kartún trasladó la fábula al ámbito criollo con Herodes convertido en patrón de una hacienda de chacinados junto a Cochonga («cochon» equivale a «cerdo» en francés), una mujer clerical y despótica que sigue idealizando la hombría y autoridad de su ex marido, mientras le reprocha al actual su debilidad ante Juan el Baustista al que Herodes encerró en un aljibe para que no subleve a la peonada y de paso memorice la Constitución Nacional.

El único que rinde total pleitesía a sus amos es Gringuete (Oski Guzmán), un matarife, petisito y morocho, al que han convencido desde niño de que es alto, rubio y gringo (y por lo tanto más trabajador que cualquier nativo).

La llegada de Salomé, una histérica de manual, educada en Europa, complica la situación. Para poder acercarse al profeta del aljibe de cuya verba se ha enamorado, la joven seduce a Gringuete y luego se aprovecha de la calentura de Herodes. Pero el Bautista es un ácrata que desprecia a los poderosos, habla pestes de la familia y la propiedad privada, niega la existencia de Dios y repudia a Salomé con vehemencia. Y ella toma venganza desatando una tragedia que en este caso no tiene nada de sublime; ya que Herodes recién se convierte en asesino cuando Cochonga y Salomé lo empiezan a llamar «conchita», como en el Caso Barreda.

La escenografía de Norberto Laíno evoca un retablo de chapa acalanada lleno de exvotos, pero en realidad es el lenguaje mismo -caudaloso, coloquial y a la vez poético y pleno de musicalidad- el que ofrece las imágenes más impactantes y significativas de esta historia.

Los discursos se anteponen a la acción dramática y con su abundancia de asociaciones libres y retruécanos demandan mucho oído al espectador, pero las actuaciones son lo suficientemente vigorosas como para hacer grato el esfuerzo.

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