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Max Berliner, popular y premiado a los 91 años
Berliner: «Cada vez que los chicos de la Enerc necesitan un viejo para un corto, los profesores me señalan. Claro que no les cobro. A Punta del Este traje uno, ‘Golem 1941’, donde hago de rabino».
Periodista: ¿Se percibe algo de ese teatro en nuestro cine?
Max Berliner: Se percibe la sensibilidad propia del actor judío, empezando por cómicos como Marcos Caplan en «Pelota de trapo», y Adolfo Stray, que eran judíos «de adentro» pero hacían cualquier personaje. El idish recién se oye un poco en «Los gauchos judíos» y pare de contar. En «Esperanza», el gran Jacob Ben-Ami dice apenas una palabra, ¡pero qué expresión la de su rostro! Y yo también digo una sola palabra en la serie «Tumberos».
P.: Pero qué expresión la suya. ¿Cómo la preparó?
M.B.: Adrián Caetano, gran director, no me dio ninguna instrucción. Sólo me dijo, cuando íbamos camino al penal, «Tenés que pensar que de ahí no vas a volver». Suficiente.
P.: ¿Cómo entró usted al cine?
M.B.: Me llamó Hugo del Carril para una parte dramática de «La calesita». Una joven judía se enamora de un «goi», y yo, un rabino, prohíbo el casamiento mixto. Entonces se prohibía, por suerte ya no existe esa discriminación. La expone muy bien una obra de Germán Rozenmacher, «Réquiem para un viernes a la noche», donde el hijo decide seguir con su novia «goie» y el padre exclama «Mi hijo ha muerto». Terrible. Hace poco propuse un final optativo, para alentar el debate, y tuve muy buena respuesta, incluso con la participación de un rabino muy abierto, iluminado, que me sorprendió.
P.: El casamiento mixto también se plantea en la comedia «Seres queridos», de Dominic y Harari.
M.B.: Muy buena, que no la vio nadie, sobre una judía y un palestino que anuncian su casamiento a la familia. Ahí soy el abuelo, y Norma Aleandro es la madre. Un director la vio y nos quiere llevar a Norma y a mí a filmar a Israel. Pero primero ella quiere asegurarse de hablar bien en hebreo, por eso no tenemos fecha. Yo, mientras, estuve actuando en «El invierno de los raros» y en muchísimos cortos. Cada vez que los chicos de la Enerc necesitan un viejo, sus profesores me señalan. Claro que no les cobro. Aquí a Punta del Este traje uno, «Golem 1941», donde también hago de rabino.
P.: También fue uno de los dos viejos anarco-pacifistas de «La Patagonia rebelde».
M.B.: Ah, qué orgullo actuar con el inolvidable Tacholas, y qué aventura fue ese rodaje. Pero en cine, otro de mis orgullos fue haber rechazado un papel, aun cuando insistían y me ofrecían mucha plata.
P.: ¿Cómo es eso?
M.B.: Para «La mala vida», de Hugo Fregonese, sobre la Zwi Migdal. Yo dije «los del Movimiento Nacionalista Tacuara todavía tiran bombas de alquitrán contra las sinagogas, y ustedes hacen esto. ¿Entonces sólo había rufianes judíos?». Soy ateo, no soy religioso, ni sionista, pero me negué a participar. Un cantor de sinagoga, amigo íntimo, aceptó cantar para otra escena. Y perdí un amigo, no lo saludé más.
P.: ¿Cómo supo de las «mujeres de mala vida»?
M.B.: Vea, me crié en el fondo de la Casa Berliner de fajas y corpiños, Lavalle 2058. Mis padres hacían los famosos corsets modelo Salomé y Bataclán, y bragueros para hernias y espalderas como las que ahora anuncian en la tele. Venían actrices, esposas de empresarios de teatro, y putas, las vi desde chico. Estas mujeres tenían derecho a su vida, a ir al teatro, a cultivarse un poco. El teatro idish más grande estaba frente al Abasto. Recuerdo una rubia en la platea, a la tarde había estado en el negocio, su perfume no lo olvidaré nunca. Recuerdo una morocha con pieles en la tercera fila. Pero la colectividad no quería compartir con ellas la sala, y presionó a los empresarios. Conservo el aviso en idish, «Prohibida la entrada a las impuras». Había un templo para ellas en Córdoba al 3100 (me dicen que ahora hay una escuela). Papá y un amigo suyo, gran atleta, iban allí el Día del Perdón, yo iba con ellos. Poco antes, tendría ocho años, mi mamá no sabía leer y yo le leía cuentos, los dos sentados a la nochecita en el umbral. Pasa una señora con un señor, entran a una casa vecina, una hora después sale el señor, después la señora, al rato ella vuelve a entrar con otro señor. No era tonto, yo algo sospechaba, ¿pero cómo iba a preguntarle a mamá? Y a lo mejor ella no sabía. Y yo veía pasar a los periodistas de «Die Presse», y del semanario «Mundo Israelita», donde después trabajé. Ya los conocía, porque ya recitaba y participaba en obras de teatro. Bueno, eso se interrumpió en los 30, cuando las casas de citas se prohibieron en Buenos Aires y debieron mudarse a San Fernando. Cuando se descubrió lo de la Zwi Migdal, vinieron unos tíos de Estados Unidos, exclusivamente para saber si había algún Berliner en la lista de rufianes. Les preocupaba el apellido. Los acompañé a la Séptima, donde estaba el comisario Alsogaray, que investigó todo. Y había un Berliner, pero no era de la familia. No lo apresaron, porque había dejado el oficio, se había casado de veras con una de esas mujeres, y ya tenían un hijo, al que conocí años después, cuando vino a hacer el servicio militar. Un pibe macanudo, que formó una familia correcta con una chica de la sociedad judía brasilera. Hay miles de historias como ésa, dignas de una película.
* Enviado Especial


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