18 de octubre 2011 - 00:00

Medio Deep Purple gustó a sus fans

Deep Purple - Ian Gillan (voz), Roger Glover (bajo), Ian Paice, (batería), Steve Morse (guitarra), Donald Smith Aireey (teclados) Luna Park 15, y 16 de octubre.

Oscilando entre el genuino buen rock duro setentista y los momentos kitsch no tan recomendables, los dos shows de Deep Purple que el pasado fin de semana colmaron de fans el Luna Park mostraron lo mejor y lo peor de este banda legendaria formada en los años 60 por dos músicos que, lamentablemente, no estuvieron en el estadio, Ritchie Blackmore y John Lord, sin cuya presencia Purple no es la misma cosa.

Pero todo no se puede, y al menos con este regreso del legendario grupo al país tuvimos, igual que la última vez en Cosquín, al cantante único e inconfundible Ian Gillan (en plena forma) tocando con dos de sus colegas originales, el bajista Roger Glover (con una especie de gorro marinero en la cabeza) marcando el ritmo junto al brillante baterista Ian Paice, uno de esos grandes instrumentistas que no necesitan de interminables solos para hacerse notar en un show, más un buen guitarrista como Steve Morse, que no será Blackmore ni tampoco agrega un estilo original como el desparecido Tommy Bolin, pero que sin duda toca bien, y un tecladista, Donald Smith Aireey que por momentos intenta y logra reproducir el sonido del órgano típicamente Purple de Lord, y por momentos hace cualquier cosa kitsch propia del rock setentista, con excesos tipo Rick Wakeman cada dos por tres (o mejor dicho cada dos por cuatro, porque en un de sus solos ensayó un popurrí tanguero realmente patético, digno de organito para confitería de turistas).

Cuando Purple toca sus temas más contundentes, como «Highway Star», «Space Truckin», «Strange Kind of Woman» o «Lazy» (especialmente inspirado el domingo) la banda funciona, y todo es una gran fiesta de hard rock. Pero por algún motivo que debe tener que ver con la autoría del repertorio, hay una buena parte del show que recorre las partituras mas medianas, así que no se explica por qué el público se vea forzado a estar tranquilo escuchando temas que le son indiferentes en vez de saltar con clásicos que no tocaron, como «Burn», «Woman from Tokyo» o «Child in time». Pero, cuando Purple es Purple todo resurge, y eso sucedió especialmente al final con el obvio y siempre esperado «Smoke on the Water» y un furibundo «Black Night» que por fin hizo salir a la gente de sus cómodas sillas de la platea para apretujarse cerca del escenario en un buen clima rockero.

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