Georges Perec se considera hoy el más extraordinario escritor francés de la segunda mitad del siglo XX y, a tres décadas de su muerte, no ha dejado de crecer la admiración mundial por ese polígrafo deslumbrante. Asombró desde "Las cosas" su primera obra, una novela sociológica minuciosa que realiza la crítica de la sociedad de consumo describiendo de objetos. No sólo ganó el Premio Renaudot, sino que fue cooptado por el grupo Oulipo, ese "Taller de Literatura Potencial", continuador científico de la Patafísica de Alfred Jarry, donde militaban Raymond Queneau, Italo Calvino, Marcel Duchamp, entre otros, y que se propone aplicar conscientemente restricciones a la creación para lograr formas que renueven y desarrollen la literatura. Es un grupo que siente devoción por el cruce de la matemática y la lingüística.
El primer trabajo de esas características de Perec es la novela policial "La disparition" en cuyo texto no sólo desaparece la protagonista sino tambien la letra e, la más común del francés, de todas las palabras de sus 300 páginas. Y en la siguiente, "Les revenentes", todas las palabras solo usan la e. La novela "La vida, modo de empleo", pocos libros experimentales después, le hará conquistar el Premio Medicis 1978 que lo consagrará internacionalmente, y le permitirá dedicarse a la literatura por entero. Sin abandonar, eso sí, los crucigramas y jugadas de ajedrez que publica en cada semanario "Le Point". En "La vida" cuenta de los habitantes (de la actualidad y del pasado) de un edificio, de un rompecabezas que se va armando, mientras se va saltando de forma envolvente en los capítulos con las jugadas de un caballo de ajedrez. Hoy los libros que publicó en vida, y los que se han sumado salidos de borradores y recopilaciones de artículos, forman una amplia biblioteca, y junto a ella hay otra semejante que no deja de poblarse con ensayos y comentarios de su obra.
La clave de la vitalidad y permanencia de la obra de Georges Perec es que no hay libro que no provoque algún tipo de asombro. Más allá de artificios lingüísticos, de los manierísmos formales, de los lipogramas y otros juegos, Perec coloca al lector ante lo impensado de la vida diaria, ante el ser simple y elemental de la existencia, ante la profundidad descartada de lo obvio. En "Lo infraordinario", en "¿Aproximaciones a qué?", indica programaticamente que "lo que nos habla es siempre el acontecimiento, lo insólito, lo extraordinario: la primera página, los grandes titulares" pero "lo que pasa realmente, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? ¿Cómo dar cuenta de lo que pasa cada día y de lo que vuelve a pasar, de lo banal. lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual? ¿Cómo interrogarlo? ¿Cómo describirlo?". De eso tratará Perec en sus obras, de la vida como juego, como trama de sentidos, de los dolores de las pérdidas, de lo que se llena cuando algo se vacía. En "Doscientas cuarenta y tres postales de colores verdaderos", texto dedicado a Italo Calvino, reúne un conjunto de frases que semejan anotaciones de postales -"Acampamos cerca de Ajaccio. Se come bien, Me insolé, Muchos besos"- que se podría leer jugando sobre un planisferio, volviendo cada tanto a la misma casilla, que son las nuestras, las habituales, y las de los lugares y las cosas que se pierden. "Lo infraordinario" es un menú de ocho sabrosos platos Perec ofrecidos en la excelente versión del poeta Jorge Fondebrider.
| M.S. |



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