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Merodea la corrección en las Bolsas (ni Tokio, gran bastión, se salva)
José Siaba Serrate - economista
La oleada de estímulos reciente -que generó un frenesí en la búsqueda de rendimientos- ofrece el espectáculo, ahora, del reflujo de la marea. La Fed amaga cruzar de vereda. La era del dólar despunta (y su equivalencia de una menor liquidez internacional). Las tasas cortas están fijadas al suelo con candado, pero suben las tasas largas del Tesoro. Y como el mundo es uno solo también trepan en Europa y Japón. La cacería de rendimientos se convierte así en la paradoja del cazador cazado: son los rendimientos en alza los que persiguen a los inversores. ¿Se agrietan las Abenomics? Se percibe la alarma en Japón cuando el bono del Gobierno duplica sus rindes y llega al 1%. No sólo la Fed y los avatares de China están detrás del desmayo del Nikkei. ¿Quizás la estrategia de Shinzo Abe esconde una falla de cálculo estructural en su diseño? Nadie parece habérselo preguntado antes: si la meta del plan es una inflación al 2%, ¿quién comprará la deuda soberana sin exigir, como mínimo, esa retribución? Interrogantes que surgen, en definitiva, cuando son las cotizaciones las que dictan las convicciones. ¿Qué dijo Bernanke dos viernes atrás? ¿Cuál era su queja? Que quizás la persecución desaforada de rendimientos estuviera incentivando la toma excesiva de riesgos. No ha movido un dedo, y ya los rendimientos no son tan bajos y, en la visión de los mercados los riesgos crecieron en tamaño.
Wall Street escapó de la ley de mayo a fuerza de fe y esperanza, no de fundamentos favorables. Si la fe se resquebraja, los fundamentos no estarán a mano, no acudirán a su rescate. La convicción que hizo el milagro de trepar montañas era la fe de unos pocos, no la euforia. No existían los "picos gemelos": las cotizaciones habitaban una cima, en soledad, sin la compañía voluminosa del optimismo. Recién la semana pasada el sentimiento mutó y lo hizo en grande, y a destiempo. No es casual que explotara el número de "bulls" y que la Bolsa cortase una racha positiva de cuatro semanas. La mitad de los inversores se define hoy como "alcista": es el mayor salto semanal desde mediados de marzo y una lectura tan elevada como no se registraba desde fines de enero. Los árboles no crecen hasta el cielo. Menos que menos con mucha gente trepada en sus copas.
¿Empezó la corrección en las Bolsas? La más robusta de todas, Tokio, ya demostró que no hay bastiones inexpugnables. Y corrigió con brusquedad.
Hasta las apuestas con resultado cantado en la era de las Abenomics -como las que favorecen la devaluación del yen contra el dólar- mostraron que pueden revertirse de golpe si las posturas se acumulan de un solo lado de la mesa. Se sabe que la Fed ladra pero no muerde. Si se ignora -como dice James Bullard- si el próximo retoque corresponde que se dirija hacia el aumento o la disminución del QE3, lo lógico será dejarlo como está. Pero el banco central ya inoculó el virus de la duda. Se teme la apreciación del dólar como a la era del hielo. Se lee la suba de las tasas largas como su puntapié inicial. La Fed logró así lo que quería: mover el péndulo. Sin embargo, tampoco hay que irse al otro extremo. ¿Cuánto pueden escalar las tasas largas si la inflación está cayendo en todas partes, si la economía no levanta cabeza y si la Fed está más preocupada por ello que por ninguna exuberancia irracional? Lo que se observa es un reflujo de la marea -y puede arrastrar a las Bolsas, y hasta sería saludable-, pero no es, y está lejos de ser, el fin del ciclo de estímulo.


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