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“Mi nuevo personaje es símbolo de un país tironeado por opuestos”
Alejandra Darín: «En los años que tengo de vida siempre viví una Argentina en crisis, ya sea por una cosa o por otra».
Recién el año pasado la actriz logró captar la atención del mundillo teatral al protagonizar, junto a Osmar Núñez, en el Teatro Nacional Cervantes, «Un informe sobre la banalidad del amor» de Mario Diament, labor por la que fue premiada. De ese intenso vínculo pasional entre los filósofos Hannah Arendt y Martin Heidegger, Darín pasó a interpretar a una mujer acosada judicialmente por su ex marido durante la Guerra de Malvinas en la comedia dramática «Código de familia». La pieza fue escrita por un abogado bajo el seudónimo de Ponciano Funes, nombre que comparte con su protagonista, un joven doctor en leyes -encarnado por Tomás Fonzi- quien debe lidiar con un difícil primer caso. Completan el elenco Arturo Bonín, Raúl Rizzo y Gabo Correa. La obra se está exhibiendo en el Teatro del Globo con dirección de Eva Halac. Dialogamos con Darín.
Periodista: ¿Podría anticiparnos algo de la trama?
Alejandra Darín: Se trata de un abogado recién diplomado y sin experiencia que recibe a su primer cliente en 1982, en plena Guerra de Malvinas, cuando todavía no existía la Ley de divorcio. El hombre está desesperado y quiere obligar a su esposa a que vuelva con él, cuando ella ya dio por terminada su relación y está saliendo con un comisario. En ese entonces, el matrimonio era considerado indisoluble y si una de las partes abandonaba esa sociedad, la otra tenía derecho a exigir judicialmente la reanudación del vínculo.
P.: ¿Con qué tono está narrada esta historia?
A.D.: La obra es muy argentina, pero a la vez me recuerda a ciertas películas norteamericanas de la época de Humphrey Bogart. La historia está basada en un caso real, y ya desde una lectura más simbólica creo que Stella encarna a la Argentina. Es una mujer tironeada entre dos personajes que representan a dos tipos de hombre argentino.
P.: ¿Cuáles son esos dos tipos?
A.D.: Los genocidas, los asesinos y los truchos. En el segundo grupo entrarían los que son un poquito más intelectuales y románticos si se quiere, y en el mejor de los casos los poetas e idealistas. Después está este abogado joven que al principio tiene mucho empuje hasta que finalmente termina transando con algo. Eso tiene mucho que ver con la idiosincrasia del argentino, o quizás, del porteño. Otros personajes de la obra (porteros, empleados públicos vencidos por años de trabajo mal remunerados) son los que mueven los resortes necesarios para que todo esté medio corrupto.
P.: ¿Estamos mejor que hace 30 años?
A.D.: Quizás sea muy ilusa, pero para hablar de mejoría tendría que ver un cambio realmente profundo en lo estructural. Yo en los años que tengo de vida siempre viví una Argentina en crisis ya sea por una cosa o por otra. No puedo decir que haya vivido algún momento en el que mi país ofreciera las mismas oportunidades para todos, o algo que beneficie al que está muy perjudicado sin perjudicar a otro.
P.: ¿Cómo llegó a la actuación?
A.D.: Nunca estuve mucho tiempo con ningún maestro, a lo sumo tres meses. Siempre tuve mucha capacidad de observación desde muy chica, mis padres eran actores, también soy una mujer muy terca. De esto me doy cuenta ahora. Creo que en mi lugar otra persona ya se hubiera bajado de este viaje varias veces porque el periodismo siempre ha sido muy duro conmigo...
P.: ¿Se refiere a las eternas comparaciones con su hermano Ricardo?
A.D.: Sí, en parte. Porque también me he encontrado con periodistas ante los que me saco el sombrero por el solo hecho de que han venido a entrevistarme con suficiente información. El otro 60 % no tiene la menor idea de nada. No es que yo haya hecho cosas extraordinarias, pero las hice con mucho amor, trabajo y dedicación e igual no me dieron bolilla. El crítico duda en venir a ver una obra de dos actores que juntaron cuatro pesos con cincuenta para hacer algo porque les gustaba el texto. Tres temporadas atrás hice en Mar del Plata una obra sobre Eva Perón («El evangelio de Evita») que aun siendo muy potente pasó sin pena ni gloria para la prensa.
P.: ¿Cómo recuerda ese trabajo?
A.D.: Creo que fue uno de los mejores que hice porque tengo emociones guardadas de lo que sucedía en las funciones. Ese es mi único vínculo certero con el público. No me interesa si le gustó o si no le gustó la obra; lo que a mí me sucede es como un enamoramiento y es difícil que te enamores de alguien que no está enamorado de vos. Con «Un informe...» nos fue maravillosamente porque contamos con la estructura del Teatro Nacional Cervantes que no es poca cosa. Tuvimos la suerte de que a ellos le gustase la obra y que el público llenara la sala durante dos temporadas. A la gente le tienta ir a un lugar con tanto prestigio y trayectoria.
Entrevista de Patricia Espinosa


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