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Miami celebra al gran artista El Anatsui
El Anatsui, artista africano de portentosa imaginación, que hoy, a los 70 años, es un consagrado en bienales, ferias y museos.
Sería más apropiado, más fácil, remitirse al artista nacido hace setenta años en Ghana, maestro por décadas en Nigeria, hoy consagrado en bienales, ferias y museos; especular sobre la alquimia de su original reciclado, teorizar sobre la conversión de deshechos apocalípticos en belleza pura o comprobar como mientras limpia su tierra hace de aquello que recoge arte con mayúsculas, la suya semeja una laboriosa tarea de hormigas concatenada hacia la monumentalidad, armada de imaginación e imaginería alucinantes.
En cambio, es tanto más gratificante conocerla desde el deslumbramiento de niño que provoca esa primera impresión, deslumbre que es mezcla de curiosidad y asombro, que impone un dejarse llevar ante una obra regocijada en la mezcla de elementos tan locales como universales. Desde ya, "pinta tu aldea y pintarás el mundo" resulta un lugar común pero irrefutable con este artista que desde lo mas profundo del continente negro abre sus ramas como árbol de la vida y que hecho de cosas muertas se proyecta hacia todos los rincones del planeta, tal como hizo aquel primer hombre.
La universalidad intrínseca y paradigmática con que El Anatsui redime chapitas, papelitos, botellitas y otros desechos - "porquerías que nadie quiere" - induce al espectador a jugar, a ser partícipe, a cultivar ese provechoso diálogo sagrado y silencioso que surge entre ambos. Y entonces empiezan los parecidos y derivados, las aventuradas conjugaciones que comienzan y terminan en la imaginación de cada uno porque en realidad no se parecen a nada, es el viejo juego del veo veo qué ves...
Colores, formas, composiciones y músicas impensadas que desatan la urgencia de la imaginación, un dominó borgeano con sus jardines de Oriente y Occidente, sin olvidar Macondo.
Es el rojo telón del Palais Garnier, el azul del Atitlán, los oropeles de Klimt, los mantos de El Greco, la madera hecha Mondrian o la reciedumbre de Rothko; es el terciopelo sonoro de Berlioz y Wagner y el metal de Monteverdi, la percusión balinesa y los tambores etíopes; es Bizancio, es la mugre y el polvo, son tentáculos de oro, mantos tehuelches, cardúmenes de lapizlázuli, torsos de cíclopes arropados, despojos de animales fantásticos momificados por el sol, las columnas de Efeso, los mandalas tibetanos, mariposas abigarradas, el portal de Petra, las redes de pescadores mediterráneos, de piratas del Indigo, la máscara de Agamenón y los pectorales precolombinos, el sonido antiguo de Paul Klee, las arenas de Namibia, la lluvia de Elliott Carter, el desierto de Georgia O'Keefe, las bitácoras oceánicas, los mapas de la memoria y hasta el de Estados Unidos coincidiendo caprichoso por clima y color en la monumental Gravity and Grace y tanto más... todo reunido en una especie de Grande-Jatte dominguera por este Seurat moderno que se pasea esparciendo pétalos de lata y caramelos.
El Anatsui logra que no se vuelva a mirar la basura como tal, le da otra oportunidad, la dignifica, la eleva. Desde el mero impacto visual al juego de filigranas y texturas, el tratamiento del espacio y materiales, en su rigurosa medida entre liviandad y pesadez, en ese esencial "invisible a los ojos" que invita al sonido - "ese ruidito que parece musiquita" - es una exhibición de visión obligatoria y para toda edad porque reune lo que tantas muestras de arte carecen. Motiva, genera, inspira, divierte, huye de los rótulos y cierra un ciclo necesario al transformar cada asistente en niño asombrado, al rescatar ese balance vital entre "Gravity and Grace".


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