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Miguel A. Estrella, una historia de superación
El mismo Miguel A. Estrella aparece avalando lo que cuenta Zuhair Jury sobre su vida en un film que conmueve, aun con su retórica y algún discurseo innecesario.
El cuyano Zuhair Jury, guionista habitual de su hermano Leonardo Favio, hace cada tanto alguna película suya, sin pretensión de vuelo, simplemente límpida, emocionada ella misma ante las cosas que la inspiran. Y nos transmite esa emoción. Su obra puede caer en la retórica, pero es siempre sincera, y sentida. Así empieza, por ejemplo, ésta que es la más ambiciosa que ha hecho, y que se inspira en la vida del pianista clásico Miguel Ángel Estrella, el hombre que llevaba su instrumento en un camión por los pueblos más apartados de Tucumán y Santiago, para que también los pobres supieran de Bach y de Tchaicovsky.
Hay al comienzo algunas frases, algún discurseo que podría reducirse, pero de pronto el protagonista interrumpe su charla fervorosa con unos paisanos reunidos al pie de un algarrobo viejo, dice apenas «Y veamos si esa música nos ayuda al alma», y empieza con Yupanqui para seguir después, toda la tarde, haciendo hablar sólo al piano, y de pronto los criollos bailan espontáneamente una sonata como si fuera una zamba, porque así les nace en el pecho. Es un momento hermoso. Al final de la historia, el propio Miguel Ángel Estrella aparece al pie de ese mismo algarrobo, y habla a cámara, avalando lo que la película ha contado de él, y contando un poco lo que hizo, desde que salió de la cárcel.
Porque él, uno de nuestros mejores músicos, sufrió persecución por su amistad con los obreros de ingenios azucareros y su representación de los indios calchaquíes ante la Unesco. Huyendo de Argentina, fue apresado y torturado en Uruguay. Los gobiernos europeos reclamaron por él, y la reina de Inglaterra le envió un piano, que los carceleros arruinaron por gusto. De ahí el título de la obra. Pero aún rotas las manos y las cuerdas, Estrella siguió practicando en su celda, con el teclado mudo (y después se lo llevó, y lo conserva en su casa). Eso es, básicamente, lo que nos cuenta la película: una historia real, de alguien que superó los mayores dolores y siguió adelante, como hoy lo demuestra su Fundación Internacional Música Esperanza.
Sebastián Blanco Leis está bien en papel, encarnando al artista. Omar Fanucci, viejo luchador, compone con acierto un personaje a la vez indignante y gracioso, el hipócrita director de la cárcel. Gabriela Chistik, directora de arte, transforma convincentemente diversos rincones tucumanos en salas parisinas o porteñas. La participación es sobre todo tucumana. Una única pena, como el rodaje fue ya hace dos años, la dirección de casting no imaginó el destino que iba a tener el compañero de celda de Estrella, sino quizás hubiera buscado alguien más parecido: es el actual presidente uruguayo Pepe Mujica. Los pusieron juntos por sugerencia del médico del penal, pero no por sanidad, sino para que se mataran entre ellos: uno era trosko y otro peronacho. Y terminaron siendo amigos. Todavía lo son.
P.S.


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