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Mitlag propone ver cómo se gesta una obra de arte
Una de las obras de «Cómo hacer un experimento», la muestra de Miguel Mitlag que examina la vieja relación arte y ciencia y subraya la incomprensión que a lo largo de los siglos suscitaron artistas y científicos.
Mitlag utiliza la fotografía para retratar determinados espacios donde compone, con los más diversos objetos, colores radiantes, superficies y materiales, imágenes que inducen a la búsqueda del sentido. Nos invita a pensar qué es eso que nos dicen sus coloridas imágenes y cuál es el significado de sus extrañas combinaciones. Las fotografías de sus instalaciones anteriores, como la «La suerte se acabó», exhibida hace cinco años en el Malba, ofrecían una posibilidad de interpretación y percepción menos directa y accesible que la de la muestra actual que, paradójicamente y a pesar de ser mucho más explícita, plantea enigmas que cada espectador deberá resolver. Nuestro artista relata una historia, la de Wilhelm Reich, un miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena y discípulo de Freud que, en el año 1940, descubrió la energía de los «Orgones» que flotaban en la atmósfera, y advirtió los efectos benéficos de su irradiación para la vida sexual y la cura del cáncer. Así construyó una cabina para aislar la energía del Orgón, muy similar a la réplica que hoy se expone en Braga Menéndez donde el visitante puede ingresar. ¿Enfrentamos otro delirio del arte conceptual?
Antes de emitir juicios hay que leer el relato que figura adherido en una pared. La historia de Reich, que murió en la cárcel mientras destrozaban sus máquinas y quemaban sus manuscritos en una hoguera, lleva a evocar las experiencias de Charcot en el hospital de Salpêtrière de París, «un museo viviente de la enfermedad», según la descripción de Didi-Huberman que confirma la de Foucault cuando hablaba de una «colección» hospitalaria. Con la ayuda del personal, que espía, organiza, provoca, relata y acumula una inmensa pirámide de observaciones, Charcot crea un aparato de observación, una máquina, una herramienta espacial concebida para producir histeria, tan eficiente y tridimensional como la cabina de Reich, destinada a provocar los orgasmos, acabaría por relatar el escritor William S. Burroughs.
La descripción de la caja de Orgones que construyó el escritor para su uso personal, aparece en el libro «En el Camino» de Jack Kerouac. No obstante, y si bien Burroughs asegura que se trata de la más pura ficción, porque en esa época no usaba drogas como se afirma en el texto, defendió con buenos argumentos la terapia de Reich.
«Yo pasaba quince a veinte minutos por día en la caja meditando, con una agradable sensación de que al menos disminuía las posibilidades de contraer cáncer», observa Burroughs.
Presente
Entretanto, mientras por un lado el relato se remonta a la década del 50, por otro lado, las fotografías de Mitlag son independientes de la narración, pertenecen al presente más actual. Los restallantes amarillos y turquesa en contraste con los rojos y los azules, el brillo de unos frascos de vidrio y de los objetos de plástico, la época de los recipientes que utiliza, nada tienen que ver con ese submundo de las máquinas para producir histeria o los orgasmos que evitan el cáncer. La obra de Mitlag es en sí misma otra cosa. El espectador participa de algo que es privativo de la conciencia del artista quien, en esta muestra presenta el trabajo de campo en toda su amplitud. Estas cuestiones que subyacen detrás de las imágenes son las lecturas, películas, investigaciones, ideas y definiciones que se cruzaron para generar el clima de los propios y nuevos laboratorios.
De este modo, la muestra se abre con los textos que rastreó Gastón Pérsico sobre Reich, y en el fondo de la sala hay una obra de Cynthia Kampelmacher, «Parabrisas». Se trata de referencias, como los vidrios astillados de Kampelmacher, que de algún modo reverberan en el trabajo de Mitlag, que se muestra por primera vez expansivo. Sin duda, la tarea que se ha propuesto el artista es dejar constancia del daño que puede causar la información. Mitlag cita un texto de Anthony Huberman, curador del Museo de Arte Contemporáneo de Saint Louis, Missouri, quién esto asegura, cuando dice: «La eficiencia, cantidad e inmediatez de la información y de los sistemas de información, han puesto al arte y al gesto artístico en el riesgo de ser identificado, catalogado, digerido, canibalizado y transformado en información, antes de que tenga la oportunidad de empezar a ser arte. La curiosidad ha sido castrada por la información». En la actualidad se habla de la espectacularización y la banalización del arte en los medios, pero hasta hoy nadie había criticado el acceso a la información, por lo menos, a la información erudita.


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