8 de enero 2010 - 00:00

Modesto ejercicio a lo Dalmiro Sáenz

«Matar a Videla» (íd., Argentina, 2009, habl. en español). Dir.: N.J. Capelli. Int.: D. Mesaglio, E. Attias, J. Leyrado, M.Fiorentino, F. Colombo, N. Condito.

Disgustado en términos generales consigo mismo y con la sociedad, un joven serio, aparentemente normal y hasta de contextura agradable, decide renunciar a todo: su trabajo, su novia, la familia, los amigos, etc. y matarse. Pero antes quiere hacer algo trascendente, un poco para descargarse la amargura, otro poco porque siente que pasó inútilmente por el mundo. Y se da una semana de plazo para hacerlo.

Esa es, básicamente, la historia que desarrolla en su debut cinematográfico el director televisivo Nicolás José Capelli, discípulo literario y conceptual de Dalmiro Sáenz, y responsable de los programas de difusión de la filosofía de José Pablo Feinmann. Se nota una cercanía con ellos en el carácter del personaje, la vocación crítica, la inclinación a dejar sentadas varias reflexiones sociológicas o morales, la visión comprometida pero parcializada de una historia nacional, las tesis de confrontación. Capelli busca expresar esto a través de abundantes y variados recursos de relato en off, cambios de textura en la imagen, montaje nervioso, etc., y logra mantener la atención del espectador, aunque quizás hubiera logrado mejores resultados con menos efectos y más profundización en los contenidos.

Prometen lo suyo ciertos cuadros de torturadores reunidos en una picadita al comienzo, el acercamiento a la sencilla casa donde se supone que está el destinatario del odio, una reunión de amigos dispuestos como en una Última Cena con un pobre Cristo sin Mensaje de Vida (y no es lo mismo un pobre Cristo que un Cristo Pobre). Interesante, pero limitada, la segunda charla del personaje con un sacerdote que intenta disuadirlo. La primera charla, en cambio, hace pensar que faltó el debido asesoramiento litúrgico, pero eso no es un pecado grave. Los pecados de la película son más bien formales, por ampulosos (como los de Sáenz, quien, casualmente, en un par de novelas ya jugó con la muerte de dos políticos históricos).

Otro pecado, es de casting: es un desperdicio imperdonable que Emilia Attias, en papel de novia, aparezca tan poco tiempo en pantalla. Encima, apenas en la primera tiene ocasión de lucimiento, y suerte que lo aprovecha.

Dato curioso: el fornido protagonista, Diego Mesaglio, hoy popular en la televisión, debutó en cine hace ya unos años: era el niñito de la road movie de Jeannine Meerapfel «Amigomio», basado en la novela «Historias de papá y Amigomio».

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