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“Mongol”: un héroe al modo antiguo
«Mongol» es una mezcla de épica, aventura y amor para recrear con el sabor de lo arcaico la dura formación de un líder, a través de la historia de Gengis Khan.
¿Qué sabemos de Gengis Khan, o Chingis Qan? Que era cruel, poderoso, y amante de su primera esposa, lo que no le impidió tener otras cuantas, amén de concubinas y esclavas sexuales. Algunos hasta lo confunden con Atila, ya que ambos arrasaron Europa Oriental («donde pisa su caballo no vuelve a crecer el pasto», decían del huno). El cine le otorgó la figura de John Wayne, Roldano Lupi y Omar Sharif, y lo condenó en cosas como «Maciste en el infierno de Gengis Khan» (de los mismos que hicieron «El Zorro contra Maciste») y hasta un «Gengis Khan» filipino (Manuel Conde, 1950). Se habla algo mejor del bioepic de Zhian Yianghi, 1984.
Ahora podemos apreciar la otra cara, la imagen del héroe según la concibieron los antiguos en el poema «La historia secreta de los mongoles». No lo pintan necesariamente como un buen tipo. Pero justifican su nombre original Temujin (acero fino), y la dureza de su temple: hijo de un caudillo tribal, un khan, vio cómo mataban a su padre, la fuga de supuestos leales, el odio sobre su persona de apenas 9 años. Fue prisionero, varias veces fugitivo, más adelante vendido a los chinos como esclavo. A veces sólo lo ayudó un falso hermano. Quizá sus hijos también eran falsos, ya que su prometida pasó varios sometimientos. En todo caso, él los reconoció como propios. Necesitaba hacer su propia familia, su tribu, su propia alianza, su ejército, su imperio.
«Mongol» desarrolla varios episodios de aquel antiguo libro, y lo hace también de un modo antiguo, aunque en alguna ocasión use pequeños recursos digitales. Pero nada de «wuxia» ni montaje clipero en las peleas, donde salta la sangre espesa de las tripas. Por sobre esas escenas, que son pocas, se impone la panorámica de los grandes campos, la belleza fascinante del paisaje, la mirada del dios lobo, la sensación de lo primitivo y lejano, la terquedad del amor que apenas logra tocar al ser amado unas pocas veces cada tantos años, desde el mismo día en que él la eligió siendo apenas un niño (o ella, un poquito mayor, le sugirió elegirla). Borte fue su mujer toda la vida, en las buenas y en las malas. No importan las otras. La película subraya el amor del héroe por ella y por su madre. Y le atribuye también la capacidad de perdón, cuando el hermano lo traiciona. Los historiadores sospechan otra cosa pero, en fin, ésta es la versión de los mongoles sobre el padre de su tierra.
Puede entenderse que la protagonicen un japonés (Asano Tadanobu, el de «Zatoichi»), una mongola y un chino (Sun Honglei, el de «Siete espadas», que hace sombra al héroe con su sola sonrisa). ¿Pero por qué la filma un ruso? Porque, aunque viva parcialmente en Los Ángeles, Sergei Bodrov, el maestro de «La libertad es el paraíso» y «El prisionero de las montañas», tiene un pensamiento panasiático, influenciado por las lecturas de Lev Gumilev. Y porque, gracias a Dios, tiene un culto especial por la vieja épica de los pueblos orientales. En toda la obra sólo se advierten dos toques de contaminación hollywoodense: cuando un grupo de soldados da las hurras, y cuando la mujer le lanza una llave por entre las rejas de su prisión.
Dicho sea de paso, Gumilev también es digno de una película: siendo niño los bolches fusilaron a su padre, la mamá fue perseguida, él pasó 18 años en los gulags (con un recreo para ir como soldado a la batalla de Berlín), y, ya de grande, armó su propia escuela historiográfica. En suma, una película distinta, de particular belleza, que sugiere ver algunas cosas de otro modo.
P.S.

