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Monzo: el arte de evocar imágenes por su ausencia
«Talismán rojo», una de las obras de «La quimera del oro», exposición antológica de Osvaldo Monzo en el Centro Recoleta, que gira en torno a la combinación de tres ejes: la luz, el color y la textura.
«La actividad artística es infinita. Todo lo alcanzado le abre al artista la mirada hacia lo inalcanzado». Esta cita de Konrad Fiedler introduce el catálogo de la muestra y, a la vez, la propuesta artística de Monzo. Los trabajos presentados giran en torno a la combinación de tres ejes: la luz, el color y la textura.
Se trata de obras en temple y técnica mixta sobre papel y algunas telas, realizadas entre los años 2006 y 2009. Entre los años 2004 y 2007, Monzo residió en la capital de Bolivia, ámbito que marcó su sensibilidad artística por el contacto con las tradiciones culturales quechua y aymará; no sólo por los paisajes del altiplano, sino también su arquitectura, sus mercados y sus fiestas. Conoció las ruinas de Tiahaunaku, así como en Perú, el Cuzco y Machu Picchu. Aludió a la riqueza de la cultura andina en «Un mundo maravilloso», el gran mural que presentó en la Bienal Internacional SIART, (La Paz, 2005), en la que participó como invitado de honor, representando a la Argentina.
«La Quimera del oro» se originó luego de un viaje a ciudad boliviana de Potosí, ubicada a las faldas del legendario Cerro con la mina de plata más grande del mundo. En esta serie, los círculos remiten a la explotación de Cerro desde los tiempos de la Conquista por parte del Imperio Español. El Cerro fue muchas veces representado en la imagen de la Virgen del Cerro, con su manto marcado por socavones resultado de las excavaciones. Miles de indígenas fueron sometidos a la mina. Un sistema de esclavitud que los hacía trabajar cavando túneles, extrayendo el metal manualmente o a pico, y que produjo, además, infinitas muertes.
A comienzos de los ochenta, Monzo, nacido en 1950, materializó sus juegos virtuales en el espacio, en las dos dimensiones de la tela. Participó del fenómeno casi universal en el que se nota un regreso, una vuelta a la fruición de pintar, a volver a las dos dimensiones de la tela, luego de la ruptura epistemológico del arte conceptual y las estructuras primarias.
Aquellas obras de Monzo, fundamentalmente «Prometeo», y «Prometeo y el águila», planteaban criptogramas, sólo susceptibles de ser descifrados como si fueran jeroglíficos. Ubicaba sus inscripciones, su propio código, con las cifras del sueño: un discurso vertido sobre la tela, y caracterizado por la fuerza del trazado y el valor simbólico de sus imágenes. Trabajaba con asociaciones y representaciones como cabezas, lunas, cielos, estrellas con rostros de músicos: combinaciones de elementos antagónicos, y texturas que legitiman un proceso retórico libre.
En su obra «Babel», la torre bíblica surgía del extremo de la lengua desplegada fuera de la boca de un hombre, de quien sólo se pueden ver su cabeza, pintada de perfil. En sus propuestas de fines de los noventa, como «En la luna de Valencia», y «El vigía», o en «Canto de Sirenas» de 2000, Monzo afianzó su acercamiento a algunas de las modalidades de la Geometría sensible, en la serialización de formas elementales, con un espíritu totalizador y una acendrada riqueza cromática; el uso de planos entrecortados, al margen de toda simetría, y la elaboración de estructuras libres y planas. Se sumergió en la no figuración y abandonó toda referencia a objetos del mundo de lo concreto, aunque ese mundo no es ajeno a sus obras que evocan presencias, atmósferas y situaciones.
En 2003, Monzo presentó una muestra antológica en el Museo de Bellas Artes con obras del período 1987-2003, que planteaban un contrapunto de los trabajos de fondos neoexpesionistas, vinculados a la Nueva Imagen, con formas planas de la geometría sensible. El formato trapezoidal de esas obras, algunas de ellas con patas de muebles, concebidas como objeto-escultura-pinturas, le permitían un tratamiento del espacio a la manera de las ambientaciones y/o instalaciones.
La propuesta artística de Monzo evoca imágenes desde su ausencia, desde la desaparición de los objetos y de los cuerpos. Muestra la pérdida lo que no está y en sus obras «da a ver» trabajando sobre los interrogantes de la imagen a través de tácticas no figurativas.
Usa formas como un disfraz elaborado de sombras, de secuencias significantes a partir del juego aparentemente aleatorio de esas formas, del uso planimétrico del color, extendido sin efectos de perspectiva, del uso repetido de sus texturas.
El sistemático rigor con que Monzo organiza las formas, el color y la textura hace que ese acto organizador se convierta en significado, generando un sentimiento y un reconocimiento de presencias del mundo concreto, vestigios, huellas de imágenes de la realidad, como los socavones del Cerro en Potosí en su serie «La Quimera del oro».


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