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Moro: al compás de la viruela
En “A flor de piel”, Javier Moro narra la historia del médico aventurero Francisco Balmis, quien en 1803 partió en una corbeta hacia América para llevar la recién descubierta vacuna de la viruela.
El madrileño Moro estudió Historia y Antropología, es sobrino del escritor francés Dominique Lapierre con quien escribió la novela "Era medianoche en Bhopal", y es autor de "Senderos de gloria", "El pie de Jaipur", "Las montañas de Buda", "El sari rojo", sobre la vida de Sonia Gandhi, "Pasión india", sobre la bailarina española que se casó con el maharajá de Kapurthala, y "El imperio eres tú, con la que ganó el Premio Planeta 2011. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con él sobre su nueva novela.
Periodista: ¿Europa trajo a América una peste más mortífera que la conquista?
Javier Moro: Una muchísimo más terrible. En los primeros tres siglos de la conquista 95 millones de indígenas murieron por el choque microbiano, por la viruela principalmente. Nosotros nos llevamos también algo de aquí, la sífilis. Fue un intercambio fructífero para los gérmenes. La viruela era lo peor porque atacaba a todo el mundo. Y hay datos de ella en las tumbas de los faraones. Acabó con los Habsburgos en España. Y Carlos IV temía que los Borbones terminaran igual. No había familia en ese entonces que no tuviera alguien afectado en mayor o menor grado por la viruela. Es que las epidemias eran parte de la vida diaria, ahora nos hemos olvidado de eso. Una ciudad era declarada en epidemia y se cerraba, ya no se podía ir.
P.: ¿Una lady inglesa llevó a Occidente el método para enfrentar la viruela?
J.M.: Lady Mary Montagu, en el siglo XVIII, trajo la variolización, el principio de la inmunización. Se trata de inocular el virus de la viruela humana a un ser humano, pero suponía muchos riesgos. No era un procedimiento seguro. Se podía desencadenar otra epidemia o que el variolizado se muriera de viruela. Ese método lo habían inventado los chinos, y lo perfeccionaron los harenes de Medio Oriente. En el harén el capital más importante era la belleza de una mujer, y la viruela era lo que más la podía hacer desaparecer. Fue en los harenes donde se perfeccionó el método de la variolización. La mujer del embajador británico en Constantinopla era Lady Mary Montagu, que había sufrido la viruela y quedado muy desfigurada. Tenía tanto miedo de que eso le sucediera a sus hijos que lo varilizó, y funcionó. Así fue como entró la variolización en la corte europea.
P.: ¿Cómo supo de esta aventura?
J.M.: De casualidad, hablando con una directora de la Biblioteca del Jardín Botánico de Madrid. Se quejaba de que no iban los escritores a revisar los archivos cuando allí está toda la documentación de las grandes expediciones científicas españolas. Y me contó la que emprendió el médico Francisco Xavier Balmis, con 22 niños huérfanos que llevaban en su cuerpo la recién descubierta vacuna de la viruela, a los territorios de ultramar. A los niños se los iba vacunando durante el viaje porque eran los portadores. El pus vacunal se va pasando de niño en niño. Balmis calculó que con 22 niños llegaría a América. Una idea atrevida. Dejaba de lado cuestiones éticas. ¿Qué derecho tenemos de emplear a esos niños? ¿Qué será de ellos?
P.: ¿Fue la historia de Isabel otra de las cosas que lo atrajo?
J.M.: Isabel Zendal es la primera enfermera hispana de la historia, pero lo que más me interesó fue el disparate, la quijotada. Era el tiempo más oscuro, el final del imperio español, no había dinero, presupuesto para la expedición. El rey tuvo que acabar prometiendo daría dinero de su propio bolsillo. Salían a salvar el mundo basándose en la parte más frágil y vulnerable de la sociedad, los niños huérfanos. Lo increíble que la aventura salió bien a pesar de los obstáculos a los que tuvieron que enfrentarse, de las canalladas que le hicieron los políticos locales, de la iglesia que al principio se opuso porque algunos curas pensaban que los indígenas atrapaban la viruela porque no creían en Dios, porque estaban en la fe equivocada, pero luego los obispos, los más ilustrados, comprendieron la importancia de la vacuna, y aprobaron que se esparciera. El proyecto salió adelante a pesar de las envidias, de los celos profesionales. El genio de Balmis es que se lanzó a vacunar de manera sistemática. Eso que se empezó a hacer en América, con el tiempo sería las campañas de vacunación masiva que conocemos, la sanidad pública.
P.: Su novela suma lo histórico, lo aventurero, los paisajes exóticos y lo romántico, en este caso una única mujer en un barco repleto de hombres.
J.M.: Había algún indicio de que algo había ocurrido entre Balmis y ella, pero nada confirmado. Tuve que usar mi imaginación para ficcionalizar la parte donde no había documentación. Yo no pretendo haber hecho un libro de Historia, ni nuca fue mi pretensión. Quería contar esto apelando a la emoción del lector, por eso es una novela. Recrear con la literatura una gran hazaña histórica que cayó en el olvido. En la época de la Ilustración amar a la humanidad está de moda. Pero no quise contar de manera maniquea. El doctor Balmis amaba la humanidad pero detestaba al que tenía al lado. Con el viaje búscaba de la gloria personal. Para un novelista el personaje del malo bueno es importante. Lo personajes son interesantes por sus contradicciones, sus imperfecciones, porque dice una cosa y hacen lo opuesto, aunque parezca ilógico tiene su lógica.
P.: ¿Sus novelas tienen la influencia de haber trabajado con Dominique Lapierre y Larry Collins, autores de "¿Arde París?" , "Oh, Jerusalén" o "El quinto jinete"?
J.M.: Algo me debe haber quedado de haber trabajado con ellos, como investigador, en varios de sus libros. Larry murió, y mi tío, Doninique, está mal ahora. De cualquier manera yo no escribo lo mismo que ellos. Y tengo otras influencias de la literatura española, sobre todo muy fuerte la latinoamericana del boom.
P.: ¿Le llevó mucho tiempo la investigación?
J.M.: Entre investigación y escritura fueron cuatro años. Se tarda mucho, mucho, porque hay que buscar datos y más datos. Confirmarlos. Ponerse en el espíritu de la época. Es un mosaico de piezas pequeñas. Es algo muy trabajoso, sólo quien noveliza la historia lo sabe de sobra. Lo primero es encontrar una historia que valga la pena, y luego viene el ejercicio de concentración intensa durante un largo período de tiempo. Y siempre mantener la fe en lo que estás haciendo. Me pasaba que, en este caso, la historia era extensa y repetitiva. Viajaban, vacunaban. Eso se puede contar una vez, no cuarenta. Tenía que cubrir lo histórico con lo dramático, y ahí los sentimientos conflictivos de los que participaban en la aventura me venían muy bien. Esos dramas me han permitido salvar la historia y volverla interesante, y hasta atrapante. Es complicado hacer este tipo de libros, siempre que uno se atenga con algún rigor a la verdad histórica. Uno puede inventar los personajes, sus conductas, pero no la historia. La novela histórica, hecha así, es la mejor máquina de viajar en el tiempo que se haya inventado nunca.
P.: Sus novelas anteriores eran aventuras, no participaba, como en esta, la ciencia.
J.M.: Es que encontré en "A flor de piel" un momento bisagra, una evolución y las resistencias a aceptar lo nuevo. ¿Y esto es lícito para con Dios?, le preguntan a Balmis sobre la vacuna. Es que era la primera vez que se mezclaban fluidos animales y humanos. Eso para muchos era pecado, algo inaceptable, decían que te iban a salir cuernos. Contar el salto que se produjo, la hazaña quijotesca, era algo demasiado apasionante como para dejarlo de lado.
P.: ¿Ahora en qué anda?
J.M.: En nada. Estoy buscando un tema. A veces los temas nuevos salen de las investigaciones de libros previos, esta vez no me he encontrado con nada. Así que estoy con las antenas puestas esperando un hueso que roer, el lugar donde tirar las redes.
Entrevista de Máximo Soto


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