9 de agosto 2011 - 07:50

Mundo cambió: agencia humilla a superpotencia

Hace ya varios años, fines de los noventa, el periodista Thomas Friedman sostuvo en una entrevista que había dos superpotencias en el mundo: Estados Unidos y la agencia calificadora de riesgo Moodys. En su opinión, que luego elaboró en su libro «El Lexus y el Olivar», no estaba claro quién tenía más poder sobre el resto del mundo. Friedman se olvidó de agregar a Standard & Poors (S&P), que junto con Moodys domina el negocio de los ratings de crédito. Su argumento era que en la era de la globalización las agencias calificadoras ejercían un enorme poder sobre los mercados y los países. La mera posibilidad de una rebaja en el rating de un país podía provocar la caída de un gobierno o el descalabro de su economía. Seguramente en 1999 a la mayoría de los norteamericanos se les pasó por alto el comentario de Friedman. O por lo menos la posibilidad de que las decisiones de una agencia calificadora pudiera poner en jaque a Estados Unidos. El propio Friedman probablemente nunca imaginó semejante escenario. Hasta ahora.

Lo que ha sucedido es realmente notable ya que la crisis de 2008 había destruido completamente la credibilidad de las agencias calificadoras. A mediados de 2007 más de 37.000 productos estructurados (muchos de ellos en base a hipotecas subprime) tenían un rating AAA. La mayoría de ellos hoy se consideran «activos tóxicos.» Otro dato interesante: S&P mantuvo un rating A para Lehman Brothers hasta un mes antes de su colapso. Los ratings exageradamente optimistas fueron la piedra angular sobre la que se edificó la estructura de financiamiento que sostuvo la burbuja inmobiliaria que eclosionó en 2007 y provocó una crisis financiera al año siguiente.

La crisis de los PIGS nuevamente agarró por sorpresa a las agencias calificadoras. Quizá para compensar por sus errores pasados, en el último año y medio adoptaron una posición más dura en el análisis del riesgo soberano. Los líderes de los países en problemas (España, Irlanda y Portugal) se quejaron amargamente de las rebajas de sus ratings. En Bruselas, sede del euro parlamento, muchos argumentaron que era necesario una agencia calificadora basada en Europa que rompiera el oligopolio de Moodys, S&P y Fitch, la otra agencia calificadora, todas ellas «infectadas» de la mentalidad anglosajona. Según los críticos, era necesaria una visión más «europea» de la realidad. Seguramente muchos de ellos experimentaron un cierto «schadenfreude» cuando S&P anunció el viernes pasado que le quitaría el rating AAA a Estados Unidos, aunque esto le restara argumentos a sus críticas.

En su informe anunciando el downgrade de Estados Unidos, S&P enfatizó que el acuerdo alcanzado recientemente entre Obama y los republicanos no alcanza a resolver el problema fiscal y de endeudamiento. Además, hizo hincapié en otro factor que hemos mencionado en artículos anteriores: la gobernabilidad. La intransigencia y la falta de acuerdo evidenciada en las negociaciones que culminaron el 2 de agosto augura la aprobación de las medidas necesarias para cerrar el déficit. S&P también resaltó que no hay voluntad política para aumentar los ingresos públicos. Teniendo en cuenta que estos ingresos hoy representan 14% del PBI, el nivel más bajo desde 1948, la negativa de los republicanos a aumentar los impuestos no es realista. Esto hace difícil encontrar una solución.

Más allá de estas consideraciones, la realidad es que los ratings soberanos tienen poco valor predictivo y el mercado generalmente los ignora (a menos que entren en categoría de alto riesgo o default). Las agencias calificadoras siempre reaccionan con retraso. Por ejemplo, hasta el 30 de marzo de 2009, S&P le asignó un rating AAA a Irlanda, un país al que hoy el mercado de CDS le asigna un 40% de probabilidades de entrar en default. Además, los ratings de S&P parecen totalmente inconsistentes. ¿Cómo puede ser que EE.UU. sea ahora un riesgo AA+ y Austria, Francia e Inglaterra que tienen niveles de déficit y deuda pública más preocupantes o son altamente vulnerables a una profundización de la crisis de los PIGS (vía su sistema bancario) mantengan su rating AAA?

Sin embargo, la decisión de S&P causó un terremoto en los mercados financieros.

¿Se puede explicar la debacle bursátil del lunes por el downgrade? En teoría no. En primer lugar, la decisión estaba anticipada. En segundo lugar, tanto Moodys como Fitch reafirmaron sus ratings de Aaa y AAA para Estados Unidos, por lo cual S&P queda en minoría (a lo sumo, EE.UU. tiene lo que se conoce como un «split rating»). En tercer lugar, el mercado sigue creyendo que Estados Unidos sigue siendo un riesgo AAA. Así lo prueba la reacción en el mercado de bonos del Tesoro (que subieron a pesar del downgrade). El dólar también subió. ¿Qué fue lo que pasó entonces? Las interpretaciones son múltiples. En mi opinión, el downgrade de S&P tiene más que nada un valor simbólico que confirma un dato ya conocido: el fin de la supremacía económica de Estados Unidos. Que la mayor superpotencia del planeta sea «humillada» por una agencia calificadora de riesgo es una señal de que el mundo está cambiando, y rápido. Vivíamos en un mundo donde estas cosas podían suceder en cualquier país menos en Estados Unidos. A mi juicio el crac bursátil refleja tres factores que convergen, se profundizan y retroalimentan: la posibilidad de una recaída de la economía norteamericana («double-dip recession»), la inevitabilidad de un default en Europa a pesar de todos los esfuerzos de Merkel y Sarkozy y la falta de un acuerdo de fondo en EE.UU. para resolver el tema del déficit y el endeudamiento. Se trata de un cóctel letal que sólo presagia mayor incertidumbre en la economía mundial. Esta mayor incertidumbre hace que los inversores reduzcan su exposición a activos riesgosos.

Lo irónico y absurdo de todo esto es que el déficit fiscal de Estados Unidos que motivó el downgrade de S&P es en gran parte consecuencia de la crisis de 2008, que a su vez en gran parte fue consecuencia de los ratings que Moodys y S&P erróneamente asignaron a los productos estructurados en base a hipotecas subprime. ¿Mala praxis?

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