18 de septiembre 2014 - 00:12

Murió ayer China Zorrilla, un emblema rioplatense

Multifacética, gran conversadora de tono ligero pero nunca frívolo, talentosa, ganadora merecida de todos los premios y honores, China Zorrilla murió ayer a los 92 años.
Multifacética, gran conversadora de tono ligero pero nunca frívolo, talentosa, ganadora merecida de todos los premios y honores, China Zorrilla murió ayer a los 92 años.
A los 92 años, como consecuencia de una enfermedad pulmonar, murió ayer China Zorrilla. Sus restos serán velados desde hoy a las 9.30 en el Congreso de Montevideo "con honores de jefe de Estado", tal como lo dispuso el gobierno uruguayo. El presidente José Mujica asistirá a despedirla apenas regrese de Finlandia en horas de la mañana.

Una anécdota define parcialmente a China Zorrilla. La contaba Jacobo Langsner. "Una noche de 1974 estrenamos en 'Alta comedia' la versión televisiva de 'Esperando la carroza'. Al otro día China me llamó y cordialmente me ordenó 'Vení a visitarme'. Fui, toqué el timbre del edificio, y en vez de hacerme pasar dijo 'Enseguida bajo'. Apareció, me tomó del brazo, 'Quiero que vayamos a dar una vuelta'. A los pocos metros empezó a acercarse la gente, una situación que vivimos toda esa tarde a lo largo del barrio. 'Señora, qué buena obra la de anoche, excelente', y ella: 'Muchas gracias, les presento al autor'".

La anécdota evidencia el compañerismo, señorío y encanto de China.

Multifacética, gran conversadora de tono ligero pero nunca frívolo, talentosa, ganadora merecida de todos los premios y honores, única persona autorizada a entrar a cualquier restaurante con su yorkshire en una canasta, representó la unión de la cultura clásica con la popular, el patriciado rioplatense con la gente de a pie, la vocación de pueblo chico codeándose con las altas esferas, el humor y el savoir vivre junto a la seriedad artística.

Nacida Concepción Matilde Zorrilla de San Martin Muñoz en Montevideo, el 14 de marzo de 1922, era descendiente directa de José Gervasio de Artigas y Estanislao del Campo, nieta de Juan Zorrilla de San Martín (poeta, juez, periodista y diplomático en Francia, España y Vaticano), e hija menor de la argentina Guma del Campo y el escultor oriental José Luis Zorrilla de San Martín. China y sus cuatro hermanas mayores se criaron en Paris, donde el padre, discípulo de Antoine Bourdelle, había instalado su atelier. Pero se recibieron en el Sagrado Corazón de Montevideo. Y a los 21 ella debutó con "La Anunciación a María", de Paul Claudel, en el grupo Ars Pulcra de la Asociación de Estudiantes Católicos.

Siguió con ellos hasta 1946, cuando viajó a Inglaterra becada por el British Council para estudiar en la Real Academia de Arte Dramático. Allá además colaboró en la BBC y actuó bajo dirección del exiliado valenciano José Estruch, al que luego llevó a trabajar a Montevideo. Ahí, en 1948, China se integró a la recién formada Comedia Nacional, donde estuvo diez años destacándose en dramas y comedias, desde Shakespeare hasta "Las de Barranco" y "Filomena Marturano" dirigida por Estruch, Margarita Xirgu, Armando Discépolo, Orestes Caviglia y ella misma. En la Comedia Nacional, creada para difundir la cultura entre el pueblo, China fue actriz, traductora de obras en inglés y francés, directora y productora teatral, y también autora de piezas en un acto.

En 1958 se mudó por un tiempito a Paris, y de paso aprendió ruso con un nieto de Chejov y fue cronista del Festival de Cannes. Más tarde también fue animadora del Saeta Canal 10 Hogar Club, y tuvo un programa de charlas de actualidad, "De padre a hija", con su propio padre, entonces director del Museo de Artes Visuales.

En 1961, con Taco Larreta y Enrique Guarnero fundaron el Teatro de la Ciudad de Montevideo, y lo llevaron de gira por Buenos Aires, Paris y Madrid, donde ganaron el premio de la crítica. Y en 1964 se instaló en Nueva York como profesora de francés y secretaria del director Ulu Grosbard. Ahí es donde la conocieron los entonces jóvenes Dustin Hoffman, Robert De Niro y Robert Duvall, que recién empezaban. También allí conoció a Danny Kaye, con quien mantuvo una relación amorosa. En Broadway, presentó "Canciones para mirar" junto a Carlos Perciavalle. En 1968 volvió a su pais, lo recorrió con la obra de Maria Elena Walsh, dirigió la comedia satírica francesa "El honor no es cosa de mujeres", dos óperas con la compañía del Sodre ("La boheme" y "Un ballo in maschera"), y el ciclo televisivo "El teatro y el amor".

Con todo ese bagaje llegó a la Argentina en 1971, contratada como la madre de Ecuménico López en la versión Murúa de "Un guapo del 900", con Jorge Salcedo, y como la mujer de Chicho Grande en "La maffia", de Torre Nilsson. Hizo su primer especial televisivo con Alejandro Doria y Jacobo Langsner: "El tobogán", con Narciso Ibáñez Menta y Pepe Soriano. Y casi enseguida le pidieron reemplazar a Ana María Campoy en la temporada marplatense de "Las mariposas son libres", con Susana Giménez y Rodolfo Bebán. Con dichas obras la conoció y adoptó nuestro público. Estaba acá haciendo "Canciones para mirar" y tres monólogos, cuando en 1973 el golpe cívico-militar uruguayo la declaró "persona no grata". Eso la decidió a quedarse.

El resto ya es más conocido. En televisión, "Piel naranja", "Pobre diabla" y otras obras de Alberto Migré, y los ciclos de "Alta comedia". Más tarde, "El solitario" (guión de Máximo Soto sobre texto de Guy des Cars), "Atreverse", y variedad de novelas con Miguel Angel Solá, Carlín Calvo, Natalia Oreiro, Juan Leyrado, etc. hasta el éxito de "Vidas robadas" en 2008, donde hace de monja. En cine, "Las venganzas de Beto Sánchez" (formidable escena de maestra enfrentada al ex alumno Pepe Soriano), "La tregua", "Los gauchos judíos", un episodio de "Las sorpresas", y sus dos grandes películas con Alejandro Doria: "Darse cuenta", sobre una idea de ella, que se reservó el papel de vieja enfermera, y "Esperando la carroza", cuyo personaje de nuera chusma y presumida la consagró para siempre, y dejó una frase pegada en la memoria del espectáculo rioplatense: "Yo hago puchero, ella hace puchero, yo hago ravioles, ella hace ravioles. ¡Qué país!" Convengamos que no es una frase ejemplar, pero es una frase célebre como pocas, y regocijante para todo aquel que vio la película.

También apareció en films de Raúl de la Torre, Fernando Ayala, María Luisa Bemberg, Adolfo Aristarain, Oscar Barney Finn, André Melancon, María Teresa Costantini, Edgardo Cozarinsky, etc, como vieja maldita, abuela tierna, y hasta reina de Italia, y tuvo tres únicos pero memorables protagónicos: "Besos en la frente", de Carlos Galettini con texto de Langsner, "Conversaciones con mamá, de Santiago Carlos Oves, y el delicioso "Elsa y Fred" de Marcos Carnevale, que ahora derivó en una remake con Shirley McLaine.

No dirigió muchas óperas, aunque aún resuenan los elogios por su puesta de "El barbero de Sevilla" en el Argentino de La Plata. Pero sí deleitó al público porteño durante décadas, traduciendo y mejorando musicales como "Sugar" y "La mujer del año" (ambas con Susana Giménez) y dirigiendo e interpretando piezas de Noel Coward, George Bernard Shaw, Mark Twain ("El diario privado de Adán y Eva", de nuevo con Perciavalle), Goldoni, Cocteau, Oscar Viale, Langsner, Feydeau ("La pulga en la oreja", gloriosa), Rose, Neil Simon, y otros autores brillantes, casi siempre acompañada por su hermana mayor, la vestuarista Guma Zorrilla, otra mujer notable.

Párrafo especial, su relación con la obra de las Ocampo. Dirigida por Barney Finn encarnó a Victoria en la pelicula "Las cuatro caras de Victoria" y en la pieza de Mónica Ottino "Eva y Victoria", con Soledad Silveyra. Asimismo, durante años llevó por todo el país, Latinoamérica y otros lares el monólogo "Emily", de William Luce traducido por Silvina Ocampo, hasta culminar en el Kennedy Center y, mejor todavía, en Montevideo 1984, cuando pudo volver. "El regreso de China Zorrilla tendió un puente para el reencuentro de todos los uruguayos", titularon los diarios. Fue también un reencuentro con muchos que al comienzo de su carrera la desdeñaron, diciendo que se apoyaba en el apellido. "Tanto es asi, que pensé cambiarme el nombre y ponerme Matilde Martín", bromeaba, anticipando un libro de memorias que nunca terminó de escribir.

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