22 de diciembre 2010 - 00:00

“Nada es más interesante que los personajes con dobleces”

Pellet Lastra: «Si en ‘No va más’, mi libro anterior, el referente era, de un modo juguetón, el policial estadounidense, en éste busqué el ritmo y la visualidad del cine y la narrativa de las novelas de aventuras».
Pellet Lastra: «Si en ‘No va más’, mi libro anterior, el referente era, de un modo juguetón, el policial estadounidense, en éste busqué el ritmo y la visualidad del cine y la narrativa de las novelas de aventuras».
Luego de una novela ambientada en la Triple Frontera, con la que consiguió instalarse dentro de la novela policial argentina, Ramiro Pellet Lastra, que desde hace años reside en Montevideo y trabaja para «France Presse», publica ahora «El legado del inca» (Yesha Editores), una novela de aventuras a partir del tráfico de bienes culturales e históricos. En una visita a Buenos Aires, dialogamos con él.

Periodista: ¿Reincide en el policial con «El legado del Inca», luego de los buenos comentarios que consiguió con «No va más»?

Ramiro Pellet Lastra: Es y no es un policial en sentido estricto. Me he acercado esta vez a la novela de aventuras, algo que de alguna manera ya estaba como un condimento en mi novela anterior al transcurrir en buena parte en la Triple Frontera. Hay cosas que siento que me impulsan a escribir: contar aventuras, que lo que cuento sea movido y que permita ver el otro lado de la sociedad. En «No va más», la intriga partía de la investigación para saber quién había cometido un crimen. «El legado del Inca» es una aventura para saber quién se queda con un antigua máscara de oro que es muy codiciada por gente con intereses muy diferentes.

P.: Un asunto de moda.

R.P.L.: Sí. Me venía interesando en los robos de obras de arte. El robo, tráfico y falsificación de obras artísticas es un tema que ha cobrado un lugar importante entre los grandes delitos. Cada tanto se publican investigaciones, se conoce de robos por el escándalo que provocan y ahí los menos enterados descubren que hay mafias y se mueven cifras millonarias. Eso me llevó a investigar el mercado negro del arte. Creo que en un punto me di cuenta de que había historias que habían sido utilizadas de diversos modos en películas de acción y en novelas del género best seller.

P.: ¿Entonces qué hizo?

R.P.L.:
Me volqué a otro aspecto de este tipo de delitos, y encontré que el robo y tráfico de bienes arqueológicos unía lo policial, los valores histórico-artístico-culturales con el choque de culturas. Sentí que era un escenario muy rico y que tenía consonancia con un conjunto de cosas en las que me interesa ingresar narrativamente. Me daba la oportunidad, por ejemplo, de seguir investigando el interior argentino. Concretamente me llevó a tener que viajar repetidamente a la Quebrada de Humahuaca, a hablar con arqueólogos, a conocer gente jujeña cuyas familias hace siglos que viven por allí, a descubrir un curioso grupo esotérico que dice tener contactos con extraterrestres, y hasta poder llegar a encontrarme y charlar con auténticos traficantes de objetos arqueológicos, donde no faltan joyas de enorme significación.

P.: ¿Qué le contaron de su actividad criminal?

R.P.L.: Se jactaban de haber robado cosas de museos de Buenos Aires y de algunos de las provincias. Se aprovechaban de la falta de seguridad de las instituciones. Se reían de que la gente encargada de proteger las obras allí expuestas no tienen idea del valor, en el mercado internacional, de lo que están cuidando. Conseguían datos de objetos de valor, un cáliz de oro, y se dirigían a una capillita perdida y la saqueaban. Me resulto muy fuerte escuchar todo eso luego de haber estado con arqueólogos a los que lo único que les importa es proteger el patrimonio del país. Unos daban trascendencia al menor hallazgo, los otros sólo se interesaban por el lucro personal.

P.: Su punto de arranque es el cruce de un delincuente con un hombre que sale de la cárcel por no haber cometido el delito que le atribuyeron.

R.P.L.: El protagonista es un muchacho que, sin quererlo, quedó involucrado en un ilícito de arte, y vuelve a caer en un posible delito cuando le llega una máscara inca de oro de un valor incalculable. Y mientras él trata de averiguar cómo le llegó, cuál es su sentido y su valor, comienzan a perseguirlo cazadores de tesoros, que van a hacer lo imposible para quedarse con la pieza. Es decir que, a la vez que investiga, tiene que huir de sus acosadores. La historia comienza entre anticuarios del barrio de San Telmo y llega hasta el fondo de Jujuy, encadenando en su camino los más variados personajes.

P.: ¿Cómo construyó esos personajes?

R.P.L.:
Todos tienen algún paralelo en la vida real. La mayoría habían ido apareciendo en mí junto con la historia, como el protagonista o una caza recompensas. Unos, de los que no tenía idea, eran la secta de los avistadores de ovnis. En un momento del relato los inventé porque eran funcionales a mi historia, y grande fue mi sorpresa cuando en Jujuy me enteré de que esos grupos existían realmente, y que se instalaban en ciertos cerros buscando hacer contacto con los alienígenas. Los de esa secta esotérica intervienen en la búsqueda y defensa de la máscara inca, dicen conocer su leyenda y lo que significa. Lo que yo pensé que era uno de los momentos más delirantes de mi relato, que un ufólogo me daba uno de los personajes más divertidos de la historia, al final resultó que existían y que sus delirios estaban muy por encima de los míos.

P.: ¿Cómo hace participar a esa secta de seguidores de los ovnis en un historia de arqueólogos y traficantes?

R.P.L.:
Ellos se sienten custodios de secretos de tradiciones milenarias, quieren retornar a valores que tenían los incas porque los relacionan con valores cósmicos. Es una secta delirante con un fondo espiritual no demasiado sustentado. Alejados del mundo, los reúne una curiosa y fantástica utopía.

P.: En su novela anterior trabajó un policial sin detectives, en ésta hay un investigador que tampoco pertenece a ninguna ley.

R.P.L.:
En «No va más», donde aparecía el mundo del juego, el contrabando, la droga, había un policía pero no practicante, su vida se desenvuelve en otras actividades. No me gusta que los investigadores sean especialistas, que las tengan todas a su favor. Me estimula al escribir que los elementos que llevan al desenlace, a la solución de la intriga, se vayan descubriendo de manera ingenua. Pienso que el que investiga es como un periodista que parte de unos pocos datos, arranca con una pocas pistas, y tiene que entrar en un mundo que no conoce o que conoce muy poco, y llegar a saber todo lo necesario para que lo que cuente sea el resultado de ese trabajo. Como en las películas de suspenso el personaje no puede dejar avanzar por un terreno siniestro y resbaladizo mientras, al mismo tiempo, es perseguido.

P.: Esa estrategia narrativa parte de un modelo típico de varias películas de Hitchcock, entre otros. A propósito, ¿cuáles son sus referentes literarios?

R.P.L.: Si en mi libro anterior el referente era, de un modo juguetón, el policial duro estadounidense, en éste busqué el ritmo y la visualidad del cine, y la narrativa de las novelas de aventuras. Siempre tengo en mente lo hecho por Andrea Camillieri o Raymond Chandler, en «El legado del inca» hay algo que es el legado de Osvaldo Soriano. Soriano mezcla en sus libros la aventura, el viaje, los personajes inocentes y disparatados, desconcertados con lo que les sucede y que se hacen de aliados insólitos. En mi caso, el pobre muchacho que está siendo perseguido por diversa gente se hace de un aliado insólito a lo largo de la novela, un marchand inescrupuloso que trata de vender una lámpara de Aladino, y que va cambiando el argumento de venta, la historia que cuenta, según el potencial comprador. Es que todos sabemos que no hay nada más interesante, narrativamente, que los personajes con dobleces: el traficante sensible, el amante del arte y de las estafas, el rico coleccionista que manda robar. Ese tipo de cinismo, de falsedad, de chantada, da personajes de cuenteros y vuelteros muy argentinos, y ahí lo que pensé como una historia de aventuras, que fuera un cierto homenaje a Rider Haggard o Mika Waltari, se inclina para el lado del grotesco.

P.: ¿Qué escribe ahora?

R.P.L.:
Estoy trabajando en una persona, una actriz de comienzos del siglo XX, que me da para mezclar biografía con aventura. Es una argentina muy conocida, pero no puedo adelantar nada más.

Entrevista de Máximo Soto

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