31 de mayo 2010 - 00:00

Nada en Europa ya causa pavor (igual se deberá remar)

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Mayo fue terrible para Wall Street. No obstante, más allá del susto, en EE.UU. no hay constancias de daño serio en la economía real. Todo indica, por el contrario, un comportamiento superlativo del mercado laboral. El índice Dow Jones se hundió el 7,9 por ciento. El peor mayo desde 1940. Pero, a la par, se estima que, entre Main Street y el Gobierno se habría creado medio millón de nuevos puestos netos de trabajo. De confirmarse (se sabrá este viernes cuando se difunda el siempre sensible informe de empleo), se habrá recuperado el primer millón de los más de ocho millones de posiciones que la crisis arrasó en 2008 y 2009 (aunque una buena parte del repunte representa contrataciones temporarias vinculadas a la realización del censo poblacional).

En rotunda paradoja, el rally de la Bolsa que arrancó en febrero -y sucumbió ante el descontrol de la crisis europea a fines de abril- fue una apuesta audaz a favor de una resurrección del mercado laboral que, ahora que se prueba acertada, carece de plafond para continuar vuelo.

Ocurre que el virus de la inestabilidad que inoculó Europa tardó en penetrar en sangre, pero, cuando lo hizo, barrió de un plumazo todos los avances registrados en 2010. La corrección resultante -una merma superior al 10 por ciento desde los máximos de abril- trae consigo, pues, un rosario de nuevos temores (o, mejor dicho, de viejas preocupaciones revividas) que demandan contestación. El más potente: que la recuperación global descarrile y provoque una recaída (el mentado «double dip»); un revés difícil de manejar en un mundo que gastó sus trucos más eficaces, donde la acumulación de deuda pública ya produce escozor. De ahí, la importancia de que la economía de los EE.UU. demuestre que su vigor no sufrió mella. No alcanzará quizás para que la Bolsa despegue, pero nivelará la pulseada de las expectativas.

Morigeración

Si un tropezón no es caída, una corrección no es tampoco un mercado bajista («bear»). La Bolsa anticipa dificultades, pero no apostó abiertamente, no todavía, por un bis de la recesión. De hecho, en los EE.UU., junto con el impacto desfavorable de la crisis europea sobre las acciones, obran tres factores significativos de morigeración. Todos los resquemores sobre la deuda pública no obstruyeron una baja vertical de las tasas largas de interés. Si se consideran los valores extremos, la reducción fue de 80 puntos base en el plazo de diez años. Si se toman registros promedio, la merma es de medio punto. El derrame de las menores tasas de los bonos del Tesoro sobre terceros mercados es automático. Las tasas hipotecarias se hundieron pari passu. Y esa baja se traduce en un bonus imprevisto para los deudores que pueden concretar una refinanciación fuera de agenda y embolsarse un ahorro no desdeñable. En parte, el fenómeno refleja un segundo proceso de importancia: las vicisitudes de Europa alimentan un paralelo fortalecimiento de la entrada de capitales de corto y largo plazo. O sea, la noción de un crecimiento mundial balanceado se resiente por partida doble. La expansión global se desacelera, la dinámica de los capitales vuelve a financiar el desequilibrio más obstinado. Por último, el fuerte recorte del precio del petróleo crudo supone para un importador neto como los Estados Unidos el plus de una ganancia inesperada en los términos de intercambio. Si las tres fuerzas se pesan en la balanza, no está claro que la recuperación de los EE.UU. deba salirse de cauce. Es obvio que reflejan la existencia parcial de un efecto «crowding in», un desplazamiento favorable como fruto de la debilidad que proyecta Europa.

Sin embargo, para volver a dominar la situación -el punto de partida básico antes de retomar cualquier plan de vuelo- se requiere, sí o sí, estabilizar Europa. No sólo las finanzas. Hay dos fuentes de tensión, no una. No se debe subestimar a la política. Así lo entendió el propio presidente Obama. Y por eso el secretario del Tesoro, Tim Geithner, vistió la semana pasada las ropas de embajador itinerante. Conviene repasar su hoja de ruta. Estuvo con los chinos, actores centrales del drama, pero de bajo perfil, fáciles de confundir con los de reparto. No hubo asperezas públicas y sí, un par de días después, una rotunda negativa de Pekín a la versión de que estuviese reconsiderando sus inversiones europeas. En circunstancias como las presentes, queda demostrado que el silencio no es salud. Geithner se reunió con su nuevo colega inglés, George Osborne, y con Mervyn King, el titular del Banco de Inglaterra. Es la alianza tradicional. Cuando hay problemas con el eje Berlín-París, siempre la visión inglesa es la mejor referencia. ¿Qué es lo que más les preocupa a los EE.UU.? Es fácil saberlo. Basta reparar en los calurosos elogios de Geithner al liderazgo alemán en la crisis. No hubo ni el más mínimo reproche a la decisión unilateral de prohibir ventas en descubierto. Sólo de refilón, Geithner admitió que se debe velar para que las nuevas normas regulatorias no pongan en riesgo la recuperación en marcha. Y, con fino tacto, al único francés (o europeo continental) que visitó fue al presidente del BCE, Jean-Claude Trichet (quien podría hacer un uso más intenso de su hoja de balance, pero enfrenta la oposición alemana y quizás sus propias convicciones). Tanto borrar rastros en línea que se descubre la pista. Apaciguar a Alemania parece ser la máxima del momento.

Si la política europea carece de ancla confiable, las finanzas se calman bajo el paraguas de las compras de bonos del Banco Central Europeo y la efectiva asistencia a Grecia (más la promesa del paquete de los 750 mil millones de euros). Pruebas al canto: España, la semana pasada, encendió cuatro mechas de pólvora sucesivas y no logró reavivar el fuego. Ni la intervención de la fallida CajaSur ni las advertencias del FMI sobre la necesidad de un ajuste más profundo, ni la intención del Banco de España de apurar las fusiones de cajas de crédito causaron pavor persistente. La baja de calificación de la deuda soberana que resolvió la agencia Fitch fue el último contratiempo, molesto, pero sin desmesura. Un recordatorio de lo mucho que habrá que remar. Pero, a diferencia de lo que ocurría tres semanas atrás, no se lo confundió con el cabo Finisterre. Nadie lo leyó como un anuncio del fin del mundo.