19 de octubre 2011 - 00:00

Némirovsky, intimista y mordaz

Némirovsky, intimista y mordaz
Irène Némirovsky, «Los perros y los lobos» (Barcelona, Salamandra, 2011, 221 págs.)

Perros y lobos se parecen, son parientes, pero sus diferencias suelen hacerlos irreconciliables. Así eran a principios del siglo XX dos grupos de la colectividad judía de Kiev. La ciudad aparecía dividida en dos, de un lado la chusma, los pobres, los aventureros, en la otra los pudientes, los adinerados, los que han sido exitosos. No importa de dónde procedan, que tengan el mismo apellido, son y se sienten diferentes. A partir de esa panorámica de impronta sociológica, que remite al modelo muy usado por Balzac, Irène Némirovsky comenzará a contar la historia de Ada Sinner, y su padre viudo y menesteroso, al que va a ayudar su tía, y aparece en la casa con sus dos hijos, y uno de ellos, Ben, será el amigo inseparable de Ada.

Tras la revolución bolchevique, Ada se casa con Ben y se van a vivir a París, donde ella intenta desplegar su sueño de convertirse en pintora. Su cuadros puestos en la vidriera de una galería harán que aparezca Harry Sinner, ese primo lejano, el del otro lado de la ciudad, el del barrio alto, el de la familia acaudalada. Harry, ese del cual ella estuvo enamorada desde los ocho años. El triángulo amoroso resulta una versión calculada y lateral del drama de Romeo y Julieta, cosa que tiende a estandarizar a los protagonistas. Pero la trama se enriquece al mostrar los mundos de los personajes, sus ambiciones y traumas, la humildad y la codicia, las marcas de clase que no se pueden terminar de sacar de encima.

Némirovsky despliega, con su habitual mordacidad, una historia intimista donde la sentimentalidad ha sido expresamente y duramente contenida. En el final de la historia, un giro inesperado en la vida de Ada, eficazmente preparado, hace revalorizar toda la novela.

La historia de Irène Némirovsky es ciertamente literaria. Su caso tiene cierto parentesco con el de Sandor Marai, son dos autores centroeuropeos descubiertos como grandes escritores muchos años después de su muerte. Los dos fueron exiliados. La diferencia es que mientras el húngaro murió en Estados Unidos, la ucraniana murió en Auschwitz. Si bien ya en 1929, con «David Golder», su primera novela que fue llevada al cine y adaptada al teatro, ya se hizo famosa en Francia, la guerra y su deportación al campo de exterminio nazi, hizo que se la olvidara. Pero ella había dejado un baúl a sus hijas, esas hijas que había logrado esconder para que se salvaran. En ese baúl, como en el que Kafka dejó a Max Brod, como el que abandonó Pessoa, había mucha literatura, estaba la novela «Suite francesa», que cuando se publicó en 2004 produjo un deslumbramiento internacional, e instaló a Némirovsky entre las grandes escritoras del siglo XX. Un descubrimiento que algunos argentinos habían hecho cuarenta años antes, cuando la editorial Fabril publicó en Libros del Mirasol el librito «La dramática historia de Anton Chejov», uno de los maestros de la siempre atractiva escritura de la autora del último libro que alcanzó a publicar en vida, éste «Los perros y los lobos».

M.S.

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