3 de agosto 2009 - 00:00

“Ningún actor puede hacer Lear del todo”

Alfredo Alcón: «A mí no me interesan los directores que traen todo sabido desde el living de su casa. Dejan de lado la vida y no tienen en cuenta la mirada del otro».
Alfredo Alcón: «A mí no me interesan los directores que traen todo sabido desde el living de su casa. Dejan de lado la vida y no tienen en cuenta la mirada del otro».
Lo piensa un momento y luego desiste. Alfredo Alcón se disculpa por no poder brindar un análisis más sesudo de la puesta de «Rey Lear» de Shakespeare, que protagoniza en el nuevo teatro Apolo, ex Lorange, con dirección de Rubén Szuchmacher y un elenco encabezado por Roberto Carnaghi, Joaquín Furriel, Horacio Peña y Juan Gil Navarro. «Es como meter el dedo en el enchufe no hay posibilidad de reflexión» -agrega-. «Cuando uno está sumergido en un hecho físico, concreto y visceral como éste, no le puede dar cabida al pensamiento. La reflexión, en todo caso, viene después».

Este es el primer Lear que Alcón interpreta en el país. En 2006 perdió la oportunidad de estrenarlo en el Teatro San Martín por disentir con el método de trabajo del director Jorge Lavelli. Cuidando de no hacer ruido mediático, aunque lo hubo, Alcón abandonó los ensayos para ser reemplazado por Alejandro Urdarpilleta. «Fue un hecho que no medité» -admite hoy con gesto afligido-. «Lo juro, los pies se me fueron solos».

Periodista: Pero tuvo suerte, el año pasado la representó en España con dirección de Gerardo Vera...

Alfredo Alcón: En realidad, puedo decir que cumplí con una cierta cantidad de funciones en el Centro Dramático Nacional, no que «hice» Lear, porque Lear no se hace nunca, y eso es lo maravilloso que tiene la obra. Siempre está en la imaginación del actor poder escalar un poco este Everest, que no está hecho para que lo dominemos sino para que seamos impulsados hacia esas alturas. Por eso sigue representándose desde hace tantos siglos y sus personajes nos siguen retumbando dentro. Uno no se sale de esta obra igual a como entró. Siempre hace crecer, sea uno actor o público.

P.: ¿Cómo describiría a Lear?

A.A.: Todos somos Rey Lear, porque aunque lo disimulemos todos queremos adueñarnos del corazón de quien amamos y ser el centro. Cuando le preguntamos a alguien «¿me amas?», uno espera que responda «más que a nada en el mundo». Y cuando responden «te amo pero también quiero a tal persona», hay una cierta decepción. La obra, entre otras cosas, dice que con amar no basta y que hay que aprender a amar trascendiéndose a uno mismo, sin buscarse en el espejo. Eso lleva vidas enteras de aprendizaje, si es que existen las reencarnaciones.

P.: ¿Se llevó bien con Vera y con Szuchmacher?

A.A.: Sí. Vera me acaba de llamar para un nuevo proyecto en España y con Szuchmacher siempre trabajé muy bien [lo dirigió en «Enrique IV» de Luigi Pirandello y en «La muerte de un viajante» de Arthur Miller]. El ha tratado de servir humildemente, en el mejor sentido de la palabra, al texto de Shakespeare y su puesta es muy limpia. No tiene ningún adorno ni parafernalia. Lo que se ve son los sentimientos, el pensamiento y el cuerpo del actor en el escenario. Permitió que se escuche al autor sin dejarse llevar por ocurrencias peligrosas. A mí no me interesan los directores que traen todo sabido desde el living de su casa. Dejan de lado la vida y no tienen en cuenta la mirada del otro. Si alguien les ofrece una propuesta no tienen curiosidad por conocerla. Solo dicen «tenés que sentarte ahí». ¿Por qué? Porque sí, porque se me ocurrió. Entonces, prefiero quedarme en mi casa.

P.: ¿Lavelli le decía»tenés que sentarte ahí»?

A.A.: No, no. Ya ni me acuerdo de eso. Estuve muy poco tiempo, de verdad. No es que me peleé con el director... nada de eso. Simplemente sentí que yo no iba a poder cumplir con lo que él pedía.

P.: Volviendo a Lear el personaje tiene un rasgo muy concreto y determinante: es un anciano.

A.A.: Y eso habla también de la fragilidad de la vida. Fíjese que nadie habla mal de Lear. No ha sido una mala persona. Los seres más nobles de la obra lo aman y hasta las hijas que quieren sacarlo del medio sólo atinan a reprocharle que él de joven tenía un carácter irascible. El problema es que con el paso del tiempo Lear no aprende a reinar sobre sí mismo, y tiene la imperiosa necesidad de seguir siendo el centro de todo. Además es algo que no puede disimular porque ya no le da la cabeza. Disimular es un trabajo muy arduo. Hay que tener mucha memoria para mentir y no equivocarse.

P.: Su senilidad lo arrastra a la confusión, pero lo peor es su caída. Pasa de rey a paria en un solo día.

A.A.: Hay un momento en que ya no comprende el mundo porque todo se le da vuelta. Esa hija que no lo deja entrar a su casa, ese reino que ha perdido y hasta ese encuentro con la naturaleza, y con la miseria de los que viven sin techo, son revelaciones tardías. Él ya sabía que en su reino había muchos pobres, pero ahora admite que se preocupó muy poco por ellos. Como nos ocurre a todos, no sólo al rey Lear.

P.: Pero delega el manejo del reino en sus hijas para poder descansar. ¿Por qué no abdica?

A.A.: Él cede el trono como una señal de grandeza. «Soy tan grande que hasta puedo ceder el trono y seguir siendo rey». Deja que los demás se ocupen de sus tareas, pero no prevé el reverso de esto, ni conoce esa parte de la vida. ¡Ay, no lo sé contar! La única manera de dar cuenta de un personaje, es cuando me acerco un poco a su respiración. No puedo dar más explicaciones porque tengo miedo de achicarlo o de ponerle un rótulo.

P.: No se preocupe, Shakesresiste a todo.

A.A.: Es cierto, aun haciéndolo mal uno sale beneficiado. Y lo más maravilloso es que muestra la vida sin ponerse solemne. Es como tener un momento sublime con la persona de la que se está enamorado y de pronto le hace ruido el estómago y se corta el hechizo. Shakespeare no se las da de gran autor. Es desprolijo. Conmueve, hace reír... ¡Está vivo!

Entrevista de Patricia Espinosa

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