13 de abril 2010 - 00:00

“Ningún otro medio podrá sustituir el teatro vivo”

Gabriela Izcovich: «El fútbol es lo menos interesante de esta obra. Lo que atraen son los diálogos entre estos dos personajes que mienten y ocultan datos».
Gabriela Izcovich: «El fútbol es lo menos interesante de esta obra. Lo que atraen son los diálogos entre estos dos personajes que mienten y ocultan datos».
El 21 de abril se estrenará en la Sala Pablo Neruda del Paseo La Plaza la versión teatral de la novela «Aráoz y la verdad» de Eduardo Sacheri, autor del libro en el que se basó la película de Juan José Campanella «El secreto de sus ojos», ganadora del Oscar al mejor film extranjero. La nueva historia, adaptada y dirigida por Gabriela Izcovich, tiene por protagonista a Ezequiel Aráoz (Diego Peretti) un supuesto periodista deportivo que durante unos días se instala en un pueblo apartado para entrevistar a un crack de fútbol de los años 70, Fermín Perlassi, a quien Aráoz admiró desde niño. Pero el enigmático personaje, ahora dueño de una estación de servicio, evita encontrarse con él. Por eso Aráoz no tiene más remedio que seguir conversando con Lépori (Luis Brandoni), empleado y hombre de confianza de Perlassi, para así poder dilucidar si son justas o no las acusaciones que pesan sobre el futbolista.

«Leí la novela en el 2008, apenas fue publicada -cuenta la directora- y cuando llamé a Sacheri para pedirle los derechos me enteré de que Campanella estaba filmando una de sus novelas. Lo que me preocupó mucho porque pensé: si es la misma novela, no me van a dar los derechos. Con Hanif Kureishi me había pasado lo mismo. Le propuse adaptar «Intimidad» justo en el momento en que Patrice Chereau estaba filmando la película. Pero aquella vez también tuve suerte. Me dio los derechos igual».

Izcovich ya llevó a escena varias novelas, todas ellas de destacados autores: «El último encuentro» de Sándor Márai, «Terapia» de David Lodge, «La venda» de Siri Hustdvedt y «Nocturno hindú» de Antonio Tabucchi. Dialogamos con ella:

Periodista: Sacheri escribió varios cuentos sobre fútbol y en «Aráoz...» volvió a retomar el tema. ¿A usted le fue fácil abordarlo o necesitó asesoramiento?

Gabriela Izcovich: No sé nada de fútbol, pero tengo dos hijos varones hinchas de Independiente y a través de ellos pude entender ese apasionamiento masculino por una actividad que para mí es totalmente ajena. A veces no puedo evitar escuchar los partidos, cosa que detesto. Pero acá el tema del fútbol es sólo una excusa en esa búsqueda de la verdad que el protagonista emprende en un intento de revertir su pasado.

P.: A Perlassi se lo acusa de mandar al descenso a Deportivo Wilde en un partido contra Lanús debido a una controvertida maniobra que favoreció al equipo contrario. ¿Usted sabía que Deportivo Wilde nunca existió?

G.I.: Me enteré por Eduardo Sacheri cuando le consulté sobre varias figuras futbolísticas que él describe en la novela. Después las descarté, pero al principio pensaba proyectar algunas imágenes de esa jugada. Fue entonces cuando le pregunté si las podíamos buscar en algún archivo.

P.: Y él seguramente se le rió en la cara...

G.I.: Claro. Y me dijo: «Esas jugadas no existen, todo lo inventé yo». Pero insisto, aquí lo importante no es el tema del fútbol sino esa necesidad, tan humana, de encontrar una verdad en la vida que justifique nuestros actos y que a la vez sea nuestro motor. La obra tiene un clima de gran intimidad. A mí me conmueve mucho este material. Cuando los actores me preguntan qué va a pasar con el público femenino, yo les digo que las mujeres van a quedar totalmente prendadas de esta historia porque si a mí, que no soy futbolera, me gustó tanto... Lo que me convocó fueron los diálogos entre estos dos personajes que mienten y ocultan datos; así como la relación que surge entre estos dos desconocidos, que bien podría ser la de un hijo que busca a su padre.

P.: Aráoz tiene cuarenta y dos años. ¿Todavía necesita un padre?

G.I.: Él tiene muchas cosas que resolver en relación a su vida familiar y a la figura paterna. Yo me identifico mucho con esto. Me recuerda a cuando, a veces, hablo con mis padres y los acoso con preguntas. Porque al indagar en la historia de ellos es como si buscara mi propia esencia. Reconstruir el pasado de nuestros padres nos ayuda a entender muchas cosas. Eso fue lo que me atrapó de esta novela. El intento de Aráoz por comprender su pasado, a través de esta pesquisa, le va a permitir poner en marcha su futuro.

P.: Según Sacheri, Aráoz viaja a ese pueblo para comprobar si su héroe merece seguir siéndolo. ¿Usted que piensa de esta modalidad tan argentina?

G.I.: Los héroes no existen, la gente los construye en su cabeza para compensar distintas carencias, pero después se empeña en destruirlos. Sobran ejemplos de esto en la Argentina. Todos los héroes creados por la masa, después terminan reventados.

P.: ¿Qué cosas lamenta dejar de lado en sus adaptaciones para la escena?

G.I.: Me da mucha pena perder ciertas descripciones y pensamientos de los personajes. Pero todo lo que lamento perder con cada adaptación, después lo recupero con el cuerpo y la expresión de los actores, y eso para mí es algo entrañable. Es que a veces las palabras son muy limitadoras. Por ahí una risa, un llanto expresan mucho más que cualquier discurso o explicación. Yo creo que la gente sigue yendo al teatro -a pesar de toda la competencia que tenemos con el cine, la televisión e Internet- porque tienen la necesidad de ver a los actores en vivo, de escuchar su respiración. El teatro, además, permite que el espectador haga volar su imaginación y le aporte sentido a lo que está viendo en escena. En cambio, en el cine, su actitud es más pasiva, porque le dan todo más servido.

Entrevista de Patricia Espinosa

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