30 de septiembre 2010 - 00:00

No alcanzará para detener reformas

Madrid - Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez se mostraron contundentes: «El Gobierno debe rectificar y volver a la senda de la razón», manifestaron los líderes de los sindicatos CC.OO. y UGT ante lo que calificaron como el «incuestionable éxito» de la huelga general que ayer vivió España.

Sin embargo, no está nada claro que este paro realmente pueda llevar a José Luis Rodríguez Zapatero a derogar la reforma laboral u otras polémicas medidas de su plan de austeridad, ya que la protesta se quedó lejos de paralizar el país, como sucedió en diciembre de 1988.

Lo dejó claro el propio Gobierno, por boca del ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, quien compareció por la noche para ofrecer la evaluación del Ejecutivo: «La huelga ha tenido un seguimiento desigual y un efecto moderado», dijo ante la prensa.

También en 1988, el presidente del Gobierno era un socialista: Felipe González. Pero la huelga fue tan contundente, que su Gobierno se vio finalmente obligado a retirar el plan de empleo juvenil que había llevado a las centrales obreras a salir a la calle.

En aquella ocasión, las pantallas de televisión se quedaron en negro a partir de medianoche, porque la señal de Televisión Española (TVE, único canal entonces) se cortó. Fue todo un símbolo, ya que la población tuvo realmente la sensación de que al país lo habían apagado.

No existían en 1988 las redes sociales como Facebook, Tuenti o Twitter, ni era posible seguir la huelga minuto a minuto en imágenes desde portales de internet o las ediciones on line de los periódicos.

Pero ayer no fueron solamente los avances tecnológicos los que dieron a los ciudadanos la sensación de que España seguía funcionando.

Al margen de que los sindicatos lograran paralizar en buena medida la industria, sobre todo la del automóvil -como reconoció Corbacho-, bastaba con salir a la calle para ver tiendas y bancos abiertos o colectivos circulando, aunque fuera con grandes retrasos.

Quizás conscientes de ello, los sindicatos rebajaron algo el tono de sus ataques a Zapatero y su Ejecutivo.

«Esta huelga no se convocó con el objetivo de hacer caer al Gobierno», declaró Fernández Toxo, al tiempo que tendía la mano a Zapatero, al afirmar que los sindicatos atenderán las llamadas «con sentido» que les haga el Gobierno después de la huelga.

El líder de CC.OO. recogía así el guante que había lanzado el propio presidente del Gobierno horas antes: «Confío en encontrar cauces de diálogo a partir de mañana con las fuerzas sindicales», manifestó Zapatero, para enfatizar que mantiene su «mano tendida» a los sindicatos.

El ministro Corbacho abundó en esta oferta, al manifestar por la noche su esperanza en que Gobierno y sindicatos puedan a partir de ahora «ponerse a trabajar por la vía del diálogo», una palabra que repitió varias veces en su comparecencia.

Es poco probable que Zapatero derogue alguna de sus controvertidas medidas, ya que eso lo dejaría en una situación muy comprometida ante los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que fueron los que al fin y al cabo obligaron al Gobierno español a tomarlas, debido a la crisis económica y fiscal del país.

Pero el jefe del Ejecutivo sí podría, como ya adelantó el fin de semana, pactar con los sindicatos algunas cuestiones en el desarrollo de la reforma laboral que todavía están por definir. Sin embargo, las centrales obreras posiblemente se enfrentarán desde hoy a otro asunto que les atañe más directamente, como el cuestionamiento de su propia gestión desde que comenzó la crisis hace dos años.

Pese a que desde entonces el número de desempleados se ha duplicado, hasta alcanzar los 4,6 millones de personas, los sindicatos apenas se habían movilizado contra el Gobierno socialista, un Gobierno que históricamente comparte muchas de sus reivindicaciones.

Eso hizo que los sindicatos vieran cuestionada su credibilidad, que buscaban recuperar con la huelga de ayer.

Agencia DPA

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