17 de julio 2012 - 00:00

No hay que soñar despierto con el QE3

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Una encuesta de Reuters entre los economistas de los principales bancos de inversión de Wall Street estima las probabilidades del QE3 en el 70%. En junio, antes de la última reunión de la Fed (y de la adopción del Twist 2), el mismo sondeo juzgaba las chances de una tercera oleada masiva de compra de bonos de largo plazo en el 50%. A primera vista tiene sentido. La economía se debilitó desde entonces. Europa es un lastre que aumenta de peso. Bajo su influjo, según Warren Buffet, el sagaz inversor y empresario conocido como el gurú de Omaha, EE.UU. se enfrió sensiblemente en el curso de las últimas seis semanas. China, en el segundo trimestre, acusó un crecimiento todavía envidiable -el 7,6%- pero siente la carga: se trata del registro más reducido desde 2009 tras el sacudón de Lehman. A la par que la economía mundial pierde los bríos, las presiones inflacionarias se derriten. La energía supo provocar serios dolores de cabeza; ahora sus precios en declive le conceden un bálsamo fuera de programa (quizás el único) a las economías avanzadas. Si el horizonte trae consigo menos actividad e inflación, suena lógico que también le haga lugar a una política monetaria más estimulante. Y en la dinámica cuesta abajo el QE3 puede asomar como una alternativa cada vez más probable. Sin ir más lejos tres presidentes de Fed distritales (Evans, Rosengren y Williams) expresaron, la semana que pasó, sus simpatías con la idea. Aún así, a menos que Ben Bernanke diga esta boca es mía (visitará el Congreso hoy y mañana), no hay que perder el tiempo pensando que la medida se ejecutará pronto. Sobran razones para sospechar que, salvo en caso (no previsto) de catástrofe, el QE3 permanecerá guardado bajo siete llaves en lo que resta de 2012.

En la Fed hay de todo como en botica. Desde halcones (hoy, los menos) hasta palomas. Evans, Rosengren y Williams militan a favor del QE3; otro trío aboga por virar a las antípodas, aconseja izar las tasas de interés antes que termine el año. Uno de ellos, Jeff Lacker de la Fed de Richmond, considera apropiado elevarlas un punto completo, al 1,25%. ¿Cuáles son, sin embargo, las probabilidades de que haya una modificación? Nulas. Lacker seguirá votando en disidencia. Es su derecho. Pero lo que manda es un firme consenso en dejar las tasas a ras del suelo hasta donde llega la vista (si nada cambia, hasta fines de 2014 según rezan los comunicados). Y así se hará. No es evidente, en cambio, que el QE3 goce del respaldo de una masa crítica que permita su aplicación. No, al menos, antes de las elecciones presidenciales de noviembre. En ese sentido, la reunión de junio, como se sabía, fue el mitin clave. Y allí se eligió la aspirina y se desechó el decadrón. La decisión fue extender la operación Twist hasta fin de diciembre. Implica también comprar deuda de largo plazo, pero sin aumentar los pasivos de la Fed (ya que se canjea por títulos de corto plazo en cartera). Contrario a lo que sugieren las encuestas de Reuters, uno debería pensar que las chances del QE3 eran más altas antes de la reunión de junio que ahora. El manto del Twist 2 cubre hasta fin de año. Y, al decir de James Bullard de la Fed de St Louis, no podrá ser prorrogado. El limitante es de hierro: ya no quedarán más instrumentos de corto plazo en el balance de la Fed. Por defecto, entonces, en 2013 las chances del QE3 podrían volver a aumentar.

Las expectativas de QE3 deberían pivotear sobre tres cuestiones, y no basarse únicamente en la fragilidad de una recuperación que avanza lenta como un caracol (pero avanza). Se admite que, si solo importase la situación económica, la Fed tendría que intervenir ya. La actividad languidece, el mercado laboral no repunta con el vigor necesario para absorber la expansión vegetativa de la fuerza laboral, y la tasa de desempleo se estacionó muy por encima de lo que sugiere el propio mandato de la Fed. La inflación, esta vez, es un acicate para actuar. Los precios de la energía en baja pronunciada confirman la debilidad de los prospectos. Lo que hay que entender es que el QE3 no está postergado porque no se identifique un cuadro clínico. El inconveniente es que no convence como un remedio eficaz para tratar la enfermedad. Y como se temen los efectos colaterales de la política monetaria no convencional en condiciones de aplicación prolongada, la reticencia a incrementar la dosis prevalece. El QE3 es una receta para atacar los males de Europa: comprar bonos españoles e italianos que rinden por encima del 6% imprimiría un giro extraordinario a los acontecimientos. En EE.UU., empero, la tasa de diez años merodea el 1,5%. Nunca fue tan irrisoria. Nadie pierde el sueño por la suerte de los bonos del Tesoro. Si la Fed compra más papeles, ¿bajará por ello la tasa de desocupación, se crearán más empleos? A priori, no obra un nexo tan potente.

Last but not least, la tercera cuestión es que la Fed ya movió las fichas en junio con el Twist 2. El «tempo» de la acción no fue casual. El tramo definitorio de la campaña electoral es siempre un período proclive a no innovar. A la manera de la mujer del César, la Fed no sólo debe ser imparcial en la carrera por la Presidencia, sino parecerlo. Ya el año pasado, los republicanos le recordaron a Bernanke que «un aumento de la cantidad de dinero» sería visto, el gobernador Perry dixit, «como un acto de traición». No habrá ningún interés en alimentar suspicacias. Que quede claro: si la situación descarrila, la Fed meterá mano sin dudarlo un instante. Pero si no es el caso, o si la evidencia no es ostensible, el banco central acompañará en el sentimiento, pero se cuidará de mirar a distancia, desde la tribuna.

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