1 de diciembre 2009 - 00:00

Nuevos artistas recuperan el valor de la belleza en arte

Una de las obras de Jazmín López, ganadora en 2008 del Premio Currículum Cero, que este año recayó en la escultora Elena Dahn.
Una de las obras de Jazmín López, ganadora en 2008 del Premio Currículum Cero, que este año recayó en la escultora Elena Dahn.
El Premio Currículum Cero se exhibe en estos días en la galería Ruth Benzacar. Destinado a la búsqueda de talento entre los artistas menores de 30 años, el concurso va por su octava edición y cumple la meta de tomarle el pulso a la producción local. El interés que suscita está justificado: los ascendentes artistas Flavia Da Rin, el rosarino Adrián Villar Rojas, la artista y galerista Daniela Luna, el grupo DOMA, Eugenia Calvo, Matías Duville, Leopoldo Estol, Lila Siegrist, Estanislao Florido, Martín Legón, Nicolás Dominguez Nacif, Luciana Lamothe, Eduardo Navarro o Erica Bohm, dieron sus primeros pasos en Currículum Cero.

Aunque al ganador no le otorgan dinero, su beneficio consiste en la posibilidad de realizar una muestra individual el año próximo en Ruth Benzacar. Además, el premio coloca al ganador, que este año es Elena Dahn, en la mira de los galeristas y coleccionistas interesados en conocer los artistas que recién se asoman al mercado. Y este año hay mucho para ver.

Para comenzar, está la muestra de la ganadora del Premio 2008, Jazmín López, una pintora de apenas 25 años, capaz de cruzar sus telas de gran formato con unas pocas pero diestras pinceladas. «Yo soy más fuerte que yo» escribió López con unas ramas blancas en el ingreso a la sala, título que ostentaba el cuadro que presentó el año pasado y motivó el galardón. Con dulces colores pastel y con algunos resabios del viejo expresionismo, López revela en sus pinturas el espíritu de la contemporaneidad. En el catálogo que acompaña la muestra hay un manuscrito de la artista y, en vez de publicar la imagen de alguna de sus pinturas, eligió una foto, la imagen de una mano que sostiene una flor. Es algo notable: la pintora renunció a ver reproducida su obra y también a un texto crítico, desdeñó la exégesis reveladora sobre la obra a la que todos aspiran, y eligió la frescura de un escrito de puño y letra para garrapatear sus ideas.

López cuenta en el texto que dejó un cuadro sin terminar, cuando, justamente, en aras de la espontaneidad, sus pinturas suelen percibirse como inacabadas. Explica que no le importa que quede así, sin terminar, y agrega que su deseo es, a través del arte, «vivir una vida tremendamente bella. Bella por sobre el dolor y la alegría», hasta conocer un día «diamantino».

La belleza, cualidad denostada por las vanguardias, ha regresado victoriosa con las generaciones de este nuevo siglo. López la representa en una poética e inmensa ala color azul que se asemeja a un fragmento de la gloriosa «Victoria de Samotracia». La belleza de la obra es intensa y significativa, como esas visiones retrospectivas que pasan por el tamiz selectivo de la memoria.

Teresa Giarcovich se llevó una mención especial y mereció la atención de quienes, con su ojo entrenado, hojeaban el libro que presentó junto a sus pinturas sobre papel. Heredera de la larga tradición de excelentes pintores que tiene la Argentina, en sus obras están los ecos de Victorica, Macció, Kuitca, Prior, o Josefina Robirosa y Sergio Avello, dos pintores que analizaban fascinados las virtudes de la concursante. Toda la gracia de las abstracciones de Giarcovich, consiste en el gesto, en el dominio de la pincelada, en el mundo que genera con sus trazos certeros y un mínimo empleo del color.

Con un idéntico soporte, un simple papel, las pinturas de Soledad Rodríguez exhiben la misma calidad y madurez.

A lo largo del recorrido, el Premio ofrece algo que se asemeja al sabor local: un encuentro con la buena pintura de nuestro país. Están allí las manchas mínimas de Nicolás Sarmiento, los collages intervenidos con pintura de Florencia Caterina, las escenas de Diego Sosa, los relatos visuales de María Clara Romero o los tigres de Diego Ozuna, demostrativas de un oficio pulido y un especial apego a la pintura.

Escultura

La escultura como género fue desplazada en estas últimas décadas hacia la instalación y el objeto, y si bien no atraviesa su mejor momento, ni aquí ni en el resto del mundo, salvo raras excepciones, la ganadora del primer premio este año es una escultora. Elena Dahn modeló unas seductoras formas abstractas en caucho que cobran volumen al inflarlas. Las formas blandas de Dahn, que invitan a ser tocadas, tienen un aire de familia que las emparenta con las de Elba Bairon. Como presidente del jurado -en el que participaron Alejandra Aguado, Marina De Caro, Solana Molina Viamonte y Pablo Siquier-, Orly Benzacar dijo que al otorgar el premio se privilegió la creatividad, es decir, lo novedoso que encontraron en las esculturas blandas de Dahn. Toda una rareza -la novedad-, en un mundo donde al parecer se ha visto todo o, casi todo, y donde el arte tiende sistemáticamente a repetirse.

Sobre una repisa, está el mundo diminuto de Lucía Belén Berro, unos objetos torcidos a punto de caerse; dentro de la carpa que presentó el grupo Send6B Proyecto/ Sistema, hay dos camas, unas máscaras y un video que anuncia una catástrofe; en las pinturas de Julia Andresevich, todo parece ser llevado por el viento; mientras algunos personajes de juguete del universo Playmobil, realizados por Agustín Camandona en arcilla, son chuecos, rengos y decapitados y amenazan con caer al abismo.

Entre las múltiples vertientes que abarca la muestra, están los dibujos de los bombarderos de Martín Bernstein, los paisajes fantásticos de Mariana Sissia y el video de Andrés Knoblovits. A partir de una selección de antiguas fotos carnet con personajes que llevan un mismo uniforme, muchos de ellos con rasgos indígenas, Knoblovits montó un video donde los rostros se superponen velozmente. Matías Ibarra comparte esta vertiente conceptual, y levantó un «Monoambiente» con inodoro y cocina, pero sin espacio alguno para la vida.

Entretanto, el desprejuiciado grupo Conchetinas rompe con estas visiones trágicas al presentar una enorme torta que, al cortarla para convidar a los invitados durante el vernissage, impregnó de olor a chocolate la galería. La obra, como los caramelos de Félix González Torres, se desmaterializa literalmente en la boca del público.

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