“Número cero”: un Eco olvidable

Edición Impresa

"Número cero", de Umberto Eco. Trad.: Helena Lozano Miralles (Buenos Aires: Lumen, 2015), 218 págs.

Le va a costar a Umberto Eco que "Número cero" aporte algo a la especie de las novelas de tema periodístico. No se esforzó mucho en estas 218 páginas que transitan entre la voz en primera persona del protagonista, los diálogos casi teatrales de una redacción de diario, el relato de conspiraciones y una trama de espías y poliladros que se lleva todo puesto porque el desenlace -apurado- cierra todas esas ventanas.

Había que leerla - $ 220 - porque Eco es el semiólogo más importante del último siglo y autor de una finísima y poderosa novela "El nombre de la rosa". Es una celebridad que supera a la academia y sus otras novelas han tenido edición mundial aunque ninguna llegó a lo que fue "El nombre...". Quizás algunos capítulos de "El péndulo de Foucault" se le acercaron, más allá de que este relato de Filcar milanés haya tranformado la mirada de quienes aman a esa ciudad en los paseos por los "naviglios".

La celebridad de Eco es seguramente una tentación para publicar este tipo de relatos que, por su poca monta, parecen escritos pane lucrando -nada más humano que eso en el oficio de escribir-. Su dimensión de intocable impedirá, además, que algún editor de Bompiani (su sello de siempre) le advirtiese la inconveniencia de una primera persona melancólica y desleída, y que le señalase cómo se descompensan en la estructura de "Número cero" la larga charla de redacción, el cuento de conspiraciones musolinianas y una historia de amor que, quizás, debió ser la columna vertebral de esta poco lograda novela.

El cuento: un empresario financia el proyecto de un diario con el propósito de escalar en la pirámide del poder y convertirse en una amenaza de extorsión sobre protagonistas. Intermedia con un empresario que contrata a unos mediocres trabajadores de prensa -diría el sindicato- que se entregan a largos diálogos discurriendo sobre las manipulaciones que suelen ejercer los medios (el rumor, el falso desmentido, la distorsión de las noticias, etc.), relatadas con ingenuidad y poca gracia.

Sobre esa base se monta un largo relato de uno de los protagonistas sobre la conocida trama de la desaparición del cadáver de Benito Mussolini y la fantasía sobre el doble que fue enterrado y el verdadero Duce que pudo huir a la Argentina. En ese espinel monta el personaje una historia de conspiraciones que pasa por las Brigadas Rojas, el asesinato de Moro, la Tangente, etc., que en la fantasía calenturienta de un periodista pudieron tener como motor la reaparición, alguna vez, del dictador que volvía de la muerte. Un disparate en boca de un personaje disparatado (Romano Braggadocio, construido sobre un personaje real, el periodista Mino Pecorelli, cuyo asesinato condujo a Giulio Andreotti a un histórico juicio) pero que tampoco le pone encanto a la novela. Esas referencias se pierden para el lector foráneo porque apelan a un contexto aldeano que solo tiene sentido para los italianos. Ni con esto remonta el cuento, que además defrauda porque recoge párrafos e ideas que Eco ha desarrollado en sus columnas periodísticas, como el que señala al uso del teléfono celular como un símbolo de la esclavitud contemporánea. Nada nuevo en este olvidable Eco.

Ignacio Zuleta

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