29 de enero 2010 - 00:00

Obama, insondable: giro al centro y retórica populista

Obama, insondable: giro al centro y retórica populista
Washington - «Hace un año, Barack Obama se hizo cargo de algo que parecía que estaba a punto de desaparecer para siempre, y ha logrado resucitarlo: el Partido Republicano».

El chiste del humorista y presentador de televisión Jay Leno resume el tono político que ayer vivía Washington en vísperas del primer discurso sobre el Estado de la Unión de Obama. El presidente, que hace un año tenía a todo el Congreso controlado por su partido y un considerable apoyo popular, llegó el miércoles al Capitolio con su popularidad rozando mínimos históricos, su agenda atascada y la oposición crecida.

La solución que va a ser aplicada por el presidente de EE.UU. recuerda la estrategia del político que, después de George W. Bush, más detestan los asesores de Obama: Bill Clinton. Por un lado, Obama hizo propio el principio de «triangulación» que, en la práctica, significa un giro del presidente al centro, e hizo suyas algunas propuestas del Partido Republicano.

El segundo elemento era hacer propia la máxima electoral de Clinton en 1992: «Es la economía, estúpido». Efectivamente, Obama parece haberse dado cuenta de que es malo para su popularidad que el 77% de los votantes opine que las actuales condiciones de la economía son «las peores de su vida» y, al mismo tiempo, el 60% de ellos afirme que al presidente le preocupan más los bancos que la gente.

La tercera pata de la estrategia es un «mea culpa», en el que el presidente admitió sus errores y, de paso, les echó la culpa a los grupos de presión atrincherados en Washington de la total parálisis de su agenda reformadora.

En otras palabras: es un giro al centro combinado con una retórica populista. O, visto de una forma más aséptica, el entierro de la agenda reformista de Obama y su sustitución por una política de cambios graduales. En ese contexto de supervivencia política, la política exterior queda relegada a un muy segundo plano. De nada sirve ganar el Nobel si se pierden las elecciones.

Con ese objetivo, el presidente mantuvo su retórica sobre la reforma sanitaria -que amenaza con convertirse en la rueda del molino de su presidencia-, aun a sabiendas de que tras el desastre de Massachusetts esa iniciativa va a quedar todavía más limitada en el Congreso. También atacó a los bancos y las grandes empresas financieras.

Hasta ahí, el «lado izquierdo» del discurso. A la derecha, la iniciativa más clara fue el compromiso para reducir el déficit fiscal congelando partidas. Es un modesto ajuste que no ha gustado a nadie. Los republicanos -que acaso deberían cambiar su nombre por «El Partido del No»- critican la medida como demasiado modesta. El ala izquierda demócrata la considera una traición a los principios de Obama, y recuerda que durante la campaña electoral el actual presidente afirmó que «un congelamiento del gasto es como usar un hacha donde hay que aplicar un bisturí». Ahora, con una popularidad del 47%, Obama ha optado por resolver el déficit a hachazos.

El resto de las medidas estuvieron orientadas a calmar a la clase media estadounidense. Entre ellas, se destacaron normas contables más favorables y exenciones fiscales para las pequeñas y medianas empresas (pymes) que realicen nuevas contrataciones y adquieran maquinaria. A un nivel más electoralista, Obama anunció el congelamiento de salarios para los funcionarios de la Casa Blanca y reafirmó el consabido compromiso del presidente con la lucha contra Al Qaeda.

En todo caso, los hechos conspiraban en contra de la retórica. Obama entró al Congreso entre los aplausos de los legisladores, pero con una derrota que le había propinado el Senado por adelantado en lo que iba a ser una de las iniciativas centrales de su discurso: la creación de una comisión bipartidaria, de demócratas y republicanos, que estudie formas para reducir el déficit público de EE.UU., que equivale al 9,9%. No sólo eso: la mayor parte de sus propuestas de apoyo a las pymes también fueron tiradas abajo por los legisladores.

Ahora, en vez de esa comisión del Congreso, la Casa Blanca deberá conformarse con crear su propio organismo supervisor, que tendrá mucha menos influencia al no haber sido sancionado por el Congreso, que es el que decide el Presupuesto de EE.UU.

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