15 de junio 2009 - 00:00

Olivos habla de promesa cumplida

Una tarde de octubre de 2005, Néstor Kirchner se encerró en Olivos con Jorge Taiana. En esos días vicecanciller argentino, para hablar en secreto del caso Hilda Molina. Eran los días en los que la situación de la médica cubana no mostraba avances, le restaba puntos y credibilidad a la política exterior oficial ante la isla y parecía que el régimen hasta se divertía viendo cómo el Gobierno de Kirchner tenía que hacer malabares ante la opinión pública local, para demostrar que se estaba haciendo algo por la situación de la doctora encerrada en Cuba. En ese encuentro, Taiana se confesó conocedor de las redes del poder de La Habana y dio una recomendación de hierro al entonces jefe de Estado: para poder tener éxito en una situación como ésta, hay que sacar el tema de los medios de comunicación y que Castro no lo vea como una presión internacional. La estrategia fue definida como de «diplomacia secreta».

Néstor Kirchner no cambió la estrategia. Siguió buscando algún punto intermedio entre mejorar la relación con Cuba, pero insistiendo públicamente en el caso Molina. Todo terminó mal y con un enfrentamiento diplomático entre Kirchner y Fidel Castro en medio de la cumbre del Mercosur de julio de 2006 en Córdoba, donde el líder cubano era invitado especial de Hugo Chávez, en esos días sponsor oficial del Gobierno argentino con sus préstamos bolivarianos. En ese marco cordobés, Kirchner amenazó con boicotear la firma de un acuerdo de llegada como socio virtual de Cuba al Mercosur si públicamente el Gobierno de la isla no aceptaba una carta argentina de pedido del permiso para el viaje de la doctora al país. El documento diplomático fue luego entregado por el canciller Taiana al entonces ministro de Relaciones Exteriores cubano, Rafael Pérez Roque (hoy defenestrado por los Castro); y el viaje de Fidel a Córdoba sería el último del dictador. Una semanas más tarde caía enfermo en La Habana y en febrero de 2008 su hermano Raúl asumía formalmente el poder.

Las relaciones se congelaron hasta noviembre de 2008. En esos días, el Gobierno cubano buscaba, sin éxito, referentes internacionales interesados en visitar la isla para participar de los festejos de los 50 años de la Revolución. Ninguno de los jefes de Estado o presidentes de occidente aceptaban volar a La Habana, y los Castro debían contentarse con la llegada de Chávez, el nicaragüense Daniel Ortega y algún otro vecino más o menos de izquierda y de algún viajero iraní invitado por el bolivariano. Comienza entonces una aceleración diplomática buscando visitantes a la isla, con dos mujeres como objetivo: la chilena Michelle Bachelet y la argentina Cristina de Kirchner. El viaje de la primera dependía de la aceptación de la segunda. Los cañones cubanos señalaron entonces a Buenos Aires y comenzaron los contactos entre las cancillerías, hasta ese momento casi sin relación más allá de lo formal.

Taiana habla entonces nuevamente, esta vez con la Presidente, sobre el caso Molina, ya que para Cristina Fernández de Kirchner consideraba insostenible ante la opinión pública realizar el viaje a La Habana sin la situación de la médica resuelta. El canciller convence allí a la jefa de Estado sobre la estrategia de la «diplomacia secreta» para lograr el permiso de la médica, y obtiene la autorización para negociar. Finalmente la propuesta cubana, avalada por la Argentina, fue la siguiente: la Presidente viajaría a la isla, sería paseada por diferentes ámbitos incluyendo una fotografía con Fidel Castro. Ella agradecería la hospitalidad, daría algún que otro «Viva Cuba» y dejaría el país caribeño de los Castro sin mención alguna del caso Molina. Si esto ocurriera, Raúl Castro se comprometía personalmente a que en menos de 6 meses, la doctora tendría su permiso y pasaporte bajo la condición de retornar a La Habana.

La Presidente, ya en La Habana, hizo un intento más. Acelerar los tiempos y que Molina volviera con la delegación argentina en su retorno a Buenos Aires. La imagen era más que atrayente: Cristina Fernández bajando las escalerillas del avión, abrazada a la doctora con su hijo y nietos esperando al pie de la plataforma. No pudo ser. Raúl Castro, personalmente en el encuentro privado del 20 de enero en el Palacio de la Revolución, dejó en claro que la alternativa era que Molina saliera de la isla 6 meses después y como una concesión del régimen, no como una presión internacional, «aunque sea de un país amigo». «Deberemos esperar», fue la frase que Cristina Fernández dio a un grupo reducido de colaboradores directos, en La Habana, luego de encontrarse con el jefe cubano. «Nadie habla del caso Molina en los medios», completó la Presidente.

El tiempo pasó, y el viernes a la mañana, sin datos previos ni información oficial ni extraoficial, la doctora Molina se presentó en la embajada argentina en La Habana con su pasaporte correctamente habilitado. La delegación que maneja una desinformada sobre el caso y sorprendida Juliana Marino (quien nunca recibió ni habló con Molina), debía entregar el visado para que la médica pueda demostrar en su país que iba a ser recibida en Buenos Aires. Los empleados burocráticos de la sede diplomática consultaron a la conducción de la Cancillería, estos a Olivos, desde donde se ordenó inmediatamente aprobar el visado y firmar el pasaporte. En dos horas, Molina obtuvo su permiso y el Gobierno anunció que la doctora estaría el domingo (por ayer) en el país.

Para el Ejecutivo se trata, sin mayores análisis, del cumplimiento de la promesa de Raúl Castro; además del éxito de la estrategia de la «diplomacia secreta».

Molina dio otra explicación. El viernes por la tarde, en diálogo con varios medios locales, la doctora confesó que hace unas semanas, tuvo una reunión privada con el nuncio apostólico del Vaticano en La Habana, Luigi Bonazzi, hombre de muy buena relación y contacto permanente con Raúl Castro, y le habló de la mala salud de su madre Hilda Morejón, internada en Buenos Aires, y del deseo de ésta de saber del encuentro de Molina, su nieto y bisnietos antes de morir.

Dejá tu comentario