15 de marzo 2010 - 00:00

Olvidable recital de Franz Ferdinand

Los escoceses Franz Ferdinand ofrecieron en el Luna Park un recital poco lucido y por momentos tedioso. El único calor lo puso el público, dispuesto a aplaudir cualquier cosa.
Los escoceses Franz Ferdinand ofrecieron en el Luna Park un recital poco lucido y por momentos tedioso. El único calor lo puso el público, dispuesto a aplaudir cualquier cosa.
Recital de Franz Ferdinand: Alex Kapranos (voz), Paul Thompson (guitarra), Bob Hardy (bajo), Nick McCarthy (batería). Luna Park (12/3).

El público desaforadamente excitado que llenó el Luna Park al tope de su capacidad fue el que ayudó a que un show apenas por encima de la media se transformara en algo realmente divertido. El sonido fue malo (por debajo del nivel no especialmente bueno del estadio), la puesta visual era de lo más convencional y menos esforzado que se pueda ver en un grupo actual, mientras que en lo sustancial, es decir la música, los escoceses Franz Ferdinand tampoco hicieron nada especial ni original.

La mezcla entre sonido Manchester, tipo Stone Roses, más mucho del brit pop de los 90 entre el rock de Pulp y una pizca del pop electrónico de los Chemichal Brothers funciona bien para entregar los cuatro o cinco contundentes hits que surgen de sus tres discos y no mucho más: «Take Me Out» o «The Dark Of The Matinée», «Do You Want To» y «Van Tango» (tal vez el único en el que el guitarrista McCarthy se lució con un solo digno de mención). La mitad del concierto lució como mero relleno en relación a estos y algún otro gran éxito de las radios, que pusieron en estado extático a una multitud ya bastante descontrolada sin ningún incentivo musical, apretujándose unos con otros tanto adelante como atrás del campo, y realizando pequeñas estampidas producto más de la torpeza que de la intención de hacer el honor a un verdadero «pogo» punkie.

Durante la primera mitad de los apenas 90 minutos de show, la masa saltó y coreó los temas con entusiasmo, aunque luego se calmó un poco hasta los tramos finales, donde el cuarteto se pasó diez minutos realizando un monocorde solo de batería a 8 manos, digno de alguna comedia satírica sobre las tonterías que pueden hacer los músicos de rock, pero (del mismo modo que en este tipo de películas) fue recibido como si fuera un acontecimiento por un público capaz de aplaudir a rabiar cualquier cosa.

Las pantallas de video bastante comunes y corrientes que rodeaban el escenario no aportaban gran cosa -lo más interesante visualmente era una especie de señal «vintage» y algún diseño psicodélico hacia el final--. La despedida fue con un aire mas electrónico, que hizo que la gente intentara bailar como en una discoteca a pesar del poco espacio en el campo sobrepoblado, y luego los Franz Ferdinand se fueron y la audiencia, ya medio agotada, ni siquiera amagó a pedir bises.

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