8 de enero 2013 - 00:00

Optimismo tras cumbre novelesca con Irán

Héctor Timerman
Héctor Timerman
El Gobierno se dijo ayer optimista en su empeño de llevar a juicio a los iraníes acusados de participar del atentado a la AMIA de 1994, después de revelar que el pasado jueves 3 de enero se reunieran en la ciudad de Zúrich los cancilleres de los dos países. La noticia se conoció por un comunicado de la Cancillería argentina que decía: «La sesión de trabajo sobre el atentado terrorista perpetrado contra la AMIA el 18 de julio de 1994 fue altamente productiva para lograr el avance de los procedimientos judiciales en la causa». Agrega esa gacetilla que «ambos cancilleres acordaron volver a reunirse en breve».

Ninguno de los dos gobiernos dio detalles de los asuntos tratados, más allá de que se concentró la charla en el pedido de Irán acerca de algún acuerdo que permita cerrar el litigio y el reclamo de la Argentina de que Teherán acepte el juzgamiento de los acusados aunque sea en un tercer país. El compromiso de las partes fue mantener el secreto de lo hablado y que la Argentina se encargaría de hacer pública su realización. Cuando cerraron el compromiso los dos cancilleres bromearon sobre las represalias que emprenderían «si algún diario de cualquier lado publicaba algo sobre el contenido de lo que se habló».

Timerman y el canciller iraní, Ali Akbar Salehi, mantuvieron esa reunión a solas entre las 4 y las 7 de la tarde de ese jueves en un salón del hotel Marriot de Zúrich, después de acordar en los días previos el encuentro sin darles intervención a las respectivas embajadas -la de la Argentina, con sede en Berna, permanece vacante-. El argentino había llegado esa mañana a esa ciudad y tomó una habitación en el Hotel zum Storchen que está en la Weinplatz 2, frente al río Limmat, un albergue que tiene más de 650 años y que se promociona como «un alojamiento muy romántico» en cuyo techo anidan las cigüeñas.

Sin custodia

Timerman viajó sin custodia -cree él, como otros funcionarios que rechazan esa vigilancia pero que, sin saberlo, la tienen porque lo manda la ley (*) -y sin intérprete, y se trasladó desde el Storchen en donde había dejado el bolso con un mínimo equipaje -venía de unos días de veraneo en la playa que incluyeron la recepción del año nuevo-. Esa ausencia ayudó a disfrazar el viaje a Suiza.

El iraní, que tiene más que proteger, llegó con una custodia que se quedó afuera del recinto de la reunión. La charla fue en inglés, lengua que los dos funcionarios manejan bien. Saheli estudió física nuclear en el MIT y Timerman lo hizo en la Columbia University. La necesidad del sigilo imponía además que no quedasen registros de lo charlado; por eso nada de intérpretes ni de «note takers» como es habitual en charlas bilaterales. Si hubo testigos, hay que anotar a uno solo, el mozo suizo que entró en dos oportunidades a servir el único condumio de toda la tarde, unas modestas tazas de té y un poco de agua mineral. Deslizaron en la charla, por vía de ironía, la sospecha de que el profesional gastronómico pudiera ser un servicio.

Terminada la reunión, Timerman se volvió al hotel Storchen como había llegado, solo y en taxi, acomodó los petates, se fue al aeropuerto y se mandó de regreso a casa. Cerró este novelesco viaje que el Gobierno supo mantener en secreto, pero cuya publicidad no se explica si no contaron lo que pasó. Es explicable que el secreto mande en trámites como éstos, pero la exasperación del sigilo en cualquier momento puede volverse en contra, por ejemplo, si la negociación fracasa y los cronistas se sienten autorizados a imaginar lo que pudo ocurrir. En el fondo, es cuestión de estilo; hay quienes conversan todo en público para socializar los daños. Otros prefieren el secreto total y cargan sobre sus espaldas con todos los costos. Los primeros hacen lo que hacen para salir en los diarios; los otros creen que la sorpresa alimenta el éxito. Final abierto.

(*) Ya es leyenda: cuando Ginés González García era ministro de Salud de Néstor Kirchner también rechazó la custodia que le impusieron. Una noche de lluvia bajó de su departamento de la calle Esmeralda para comprar, digamos, cigarrillos. Caminaba sorteando el chubasco cuando advirtió que alguien lo seguía y que cuando él se protegía en un zaguán, hacía lo mismo. Audaz desandó sus pasos y encaró al intruso. «¡Me estás caminando!», le dijo usando la jerga de los servicios para designar un seguimiento clandestino. «Perdone, doctor -se rindió el agente-, soy su personal de custodia». «¡No tengo custodia!», replicó Ginés. «Ya sé que usted la rechazó, pero igual lo tenemos que custodiar, perdone, es la orden que tenemos». ¿Habrá caminado a Timerman hasta Suiza otro nadador de aguas profundas con la misma misión?

Dejá tu comentario