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Pecados de guerra con ecos universales
Con mucho de autobiográfico y alguna que otra concesión, el director Samuel Maoz brinda una obra impactante, casi insoportable, pero necesaria y universal.
A la entrada de la aldea hay un asno tirado con el cuerpo abierto. Resuellan todavía sus ollares. Y de sus enormes ojos abiertos y tristes va cayendo una gruesa lágrima que se perderá en el suelo pedregoso. Él no entiende, solo sufre en silencio. Indefectiblemente, el tanque ha de pasarlo por encima.
Ésta es una de las partes más fuertes de «Líbano», pero no la única. También hay seres humanos, que morirán peor que animales. «El 6 de junio de 1982, a las 6.15 de la mañana, maté un hombre por primera vez en mi vida. No lo hice por elección, ni porque me lo hubieran ordenado», ha escrito Samuel Maoz, el director de esta película, cuando su presentación en Venecia. Entonces tenía 20 años y estaba haciendo el servicio militar como artillero de un tanque. Lo que el film describe es, precisamente, el primer día de invasión al Líbano, tal como lo vivieron él y otros jóvenes tanquistas encerrados dentro de su máquina.
Hay mucho de autobiográfico, ha dicho, sobre todo en la transmisión de sensaciones. Perplejidad ante las órdenes, timidez ante la mirada despreciativa del superior que entra cada tanto a dar instrucciones, incomodidad creciente por el ruido, el movimiento, el suelo sucio de combustible y otros líquidos, los malos olores que se van acumulando. Y luego el espanto de lo que el artillero ve a través de la mirilla. Más la claustrofobia, la irritación, el agotamiento físico y mental, la creciente insensibilidad, la sensación de aislamiento. Y el miedo. El tanque es un animal medio ciego. Quien quiera ver algo más, corre sus riesgos.
Seguramente la película tiene algunas concesiones ajenas a la estricta verdad. Lo que vemos a través del periscopio parece más definido de lo pueda verse en tal circunstancia, y más cercano. Y es difícil creer que un soldadito discuta una disposición con su superior inmediato, aunque ambos tengan la misma edad. O que los paracaidistas no avancen protegidos por el tanque, como corresponde, sino todos delante del tanque, como para que podamos mirar las macanas que hacen. De todos modos, cabe entender que es una obra realista. Y que ha de ser bastante cierto, nomás, que un comandante haya dicho «No podemos usar bombas de fósforo. Respetaremos eso. No usaremos la palabra fósforo». O que en un carro blindado que no es un Panzer alguien haya inscripto la consigna: «El tanque solo es hierro, el hombre es acero».
Maoz nos recuerda que el hombre es carne, incertidumbre, miedo, enojo, irracionalidad, embotamiento, crueldad, y a veces también entereza, compasión y hombría. Dura obra la suya, dura, necesaria, y universal. Hay muchos Líbanos en el mundo, y muchos soldaditos de cualquier bandera viviendo algo similar a lo que aquí se cuenta.


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