Las ganancias en declive del negocio agrícola están golpeando a muchos productores latifundistas que habían impulsado el boom sojero de la Argentina en la primera década del siglo, cuyas tierras empezaron a ser explotadas ahora por agricultores de baja escala, en un lento cambio de modelo.
"Básicamente, el problema es que el precio se ha mantenido pero los costos han aumentado", dijo Rafael Llorente, un productor que el año pasado sembró unas 25.000 hectáreas en el noroeste de Buenos Aires. Llorente prevé reducir esa superficie a 20.000 hectáreas en la incipiente campaña 2013/14.
Gigantes del sector, como El Tejar -una de las firmas agrícolas más importantes del mundo, con cerca de 700.000 hectáreas sembradas en la Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia-, han dicho que esta temporada reducirán la superficie que alquilaban para cultivar en la Argentina.
A su vez, en 2012, la compañía argentina Los Grobo confirmó su tendencia a contraer su negocio en el país y a crecer en Brasil.
Otro problema que se suma a la galopante inflación es el control gubernamental del tipo de cambio, que generó un mercado informal con un precio más alto para el dólar, afectando a un negocio que tiene la mayoría de los costos en moneda estadounidense.
Mientras los agricultores pagan algunos de sus insumos a valor del dólar informal, su cosecha debe ser liquidada al precio más bajo del dólar oficial.
"Por primera vez en muchos años, los márgenes agrícolas de maíz, soja, trigo y girasol dan pérdida. Esto significa que tenés que ser altamente eficiente para que los rendimientos superen el promedio", explicó Ernesto Ambrosetti, economista de la Sociedad Rural Argentina.
"Ha habido una retracción de algunos jugadores grandes, porque no ha sido un año fácil, y para adelante tampoco tienen buenas perspectivas", dijo Marcelo Carrique, que produce unas 6.000 hectáreas en Daireaux, en el oeste de Buenos Aires.
La Argentina destina unos 30 millones de hectáreas a sus tres principales cultivos, soja, maíz y trigo. "Grandes productores se han retirado bastante y eso lo ha ocupado otra gente con otro esquema", añadió.
Frente a las estructuras de altos costos que tienen los grandes pooles de siembra -grupos que alquilan campos para producir granos-, los productores de menos escala aparecen como más flexibles y, en caso de tierras cercanas a las suyas, pueden expandirse sin que ello implique un gasto elevado.
"Los grandes operadores tienen una estructura pesada de controles y eso tiene un costo muy alto. Contra los productores chicos, que tienen una estructura muy flexible, no se puede competir", señaló Llorente.
"Éste es un año en el que ha habido mucho movimiento. El negocio está mucho más ajustado: los costos siguen subiendo, los precios bajan, y eso lleva a repensar el negocio, reacomodarlo y, en muchos casos, con nuevas condiciones", afirmó el productor Carrique.
El principal efecto inmediato de la situación ya puede verse: de la mano de la menor demanda, se registra hoy en día una esperada caída en el precio de los alquileres de campos agrícolas, cuyos valores venían creciendo año a año.
"Por esto es que los valores de alquiler cayeron entre un 15% y un 20% con respecto al año pasado", estimó el analista Ambrosetti.
El costo del arrendamiento puede representar hasta un tercio de lo que un productor recibe por su cosecha en la Argentina, donde el 60% de la producción se cultiva en campos ajenos.
A su vez, también se está expandiendo una modalidad de alquiler que solía utilizarse en el pasado y en la que el productor comparte con el dueño del campo el riesgo, al atar la retribución del arrendamiento al desempeño de la cosecha.
"Antes de que estuvieran los pooles de inversión, normalmente los campos se alquilaban a porcentaje. Es decir, el dueño de la tierra se quedaba con el 28% o el 30% de los resultados. Hoy en muchos casos se ha vuelto a esa modalidad", explicó Ambrosetti.
| Agencia Reuters |


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