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Preocupante: en el post-Cromañón, siguen las bandas tocando en lugares inseguros
Los recitales «under» movilizan a cientos de jóvenes fanáticos del rock, pero a pesar de la tragedia de Cromañón, las medidas de seguridad no cambiaron, y muchos de los locales son clandestinos.
Falta de salidas de emergencia, exceso en la capacidad del público permitido, cables expuestos y materiales inflamables, entre otras falencias, son una constante en las presentaciones de las bandas más chicas y que están intentando hacerse conocer en el mercado.
«Nosotros, a la hora de hacer un show nos vemos obligados a elegir los lugares más pequeños, aunque desconocemos si es la mejor opción en seguridad», aseguró Ignacio Basile, miembro de la banda de rock La Piedra, aludiendo como principal causa la disponibilidad económica en la búsqueda de bares para presentarse.
Los boliches elegidos por los jóvenes músicos para tocar frente a sus seguidores suelen ser galpones, bares o antiguas casas refaccionadas y acondicionadas. Muchas veces disponen de un pequeño escenario, y en otras ni siquiera cuentan con esa ventaja. Son lugares oscuros donde es casi imposible visualizar salidas de emergencia, y no sólo porque no estén a la vista sino simplemente porque no existen. Algunos de ellos cuentan con escaleras pequeñas y puertas angostas lo que dificultaría la evacuación ante un eventual caso de emergencia.
«Después de la tragedia de Cromañón las cosas cambiaron», indicó Facundo Carrica, baterista de la banda Times, pero ese cambio parece haber durado apenas un año. Según indicaron los jóvenes los controles se agudizaron durante 2005 y más de 100 boliches y bares cerraron. «A los dos años, muchos de los locales donde tocábamos y que habían cerrado, volvieron a abrir sin ningún cambio y hasta con la misma estructura», explicó Basile.
Desde la Agencia Gubernamental de Control no desconocieron la existencia de galpones y bares clandestinos: «Sabemos lo que pasa, pero no tenemos las herramientas para impedirlo», aseguró a este diario una fuente de la agencia. Para rastrear este tipo de movimientos clandestinos muchos de los inspectores consultan páginas de internet, blogs y Facebook donde los músicos promueven sus fiestas.
Los jóvenes aseguran que ni siquiera existen los contratos entre las bandas y los responsables de los locales. «Es todo de palabra», comentó Ignacio, aunque algunos pocos se muestran más responsables exigiendo algún tipo de compromiso. «Nosotros a la hora de tocar pedimos que todo esté firmado y comprendido en un contrato. Leemos cada una de las cláusulas, somos muy responsables con nuestras decisiones», indicó Lucas Fernández, líder de la banda Sin Fin.
«La realidad es que no existen muchos lugares que cumplan con las mínimas condiciones para tocar», explicó Lucas. Las bandas y su público son los grandes perjudicadas. «Hay menos locales, porque los más riesgosos los cerraron, no son seguros pero se aprovechan de la poca competencia y cobran carísimo», sostuvo Santiago Rogati, baterista de la banda Felices Paramecios. Es que los precios de alquiler subieron notoriamente escalando en algunos casos a $ 1.200 sólo por un pequeño show.
De acuerdo con la legislación vigente, un local para estar habilitado para pequeños recitales y shows debe tener como mínimo dos salidas de emergencia debidamente señalizadas con carteles, debe contar con matafuegos para ser utilizados en caso de incendio, el lugar no debe contar con material inflamable y su capacidad no puede superar las tres personas por metro cuadrado, según datos brindados por la Agencia Gubernamental de Control porteña. Estos mínimos requisitos no parece existir en la mayoría de los sitios a los que acude parte de la juventud rockera.
Rodrigo Perelsztein, voz y guitarra de la banda de samba Saravá aseguró que cada vez se reducen más los lugares para tocar. «Los pocos que aparentan estar habilitados cobran carísimo y así es imposible de afrontar», sostuvo.
Y no sólo el caso de los recitales resulta peligroso porque no se cumplen las reglas básicas de habilitación. Además, en estos lugares se realizan fiestas en las que lo común es que se exceda la capacidad permitida. «La entrada a un boliche no baja de los $ 40 y por $ 10 podés acceder a las fiestas, donde te asegurás pasarla bien porque al igual que en el boliche hay buena música, gente y bebidas», explicó Ignacio.


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