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¿Qué hay detrás de la suba del euro?
José Siaba Serrate - Economista
Que se entienda bien: el divorcio entre discurso y realidad es inmenso. Pero nadie maneja mejor que Europa esa tierra de nadie. ¿Quién en su sano juicio hubiera levantado allí un púlpito? Y mucho menos se hubiera trepado a él para torpedear con una prédica incesante. La austeridad -como emblema de lo serio y responsable- es el dogma que inflama el sermón. El Banco Central Europeo (BCE), que discrepa en profundidad con los líderes políticos, comparte, sin embargo, el mismo credo. Y no es menos doctrinario. Que el infierno que Europa les promete a las ovejas descarriadas -un eufemismo por la Fed y el Gobierno de los EE.UU.- sea más llevadero que la salvación que hoy asfixia a media eurozona no torcerá su obstinación. Ya el BCE avisó cuál será su próxima cruzada: izar pronto las tasas de interés y darle batalla a la inflación. La vieja Europa, ¿avanza o retrocede? No está quieta. Lástima que si el destino es Tierra Santa se apresure en tomar la ruta que pasa por Siberia.
La firmeza del euro marca un nítido contraste con los naufragios de Grecia e Irlanda. ¿Es que acaso Portugal ya no cuenta? A juzgar por el mercado de monedas, regía una opinión muy distinta tan sólo en enero. ¿Cómo engarza el rechazo de Lisboa a los planes de austeridad con la flamante arquitectura que se propone para cimentar la integración europea? No es el primer Gobierno que cae bajo el peso de la crisis, el que lo reemplace deberá lidiar con la misma agenda. Pero el antecedente inmediato no es auspicioso. En Irlanda, la nueva administración asumió con el mandato de renegociar los términos del rescate. Y no se avino a conceder las demandas europeas. Así rechazó tajante la armonización impositiva que proclama el Pacto del Euro. No le interesa a Irlanda elevar su alícuota del 12,5% del Impuesto a las Ganancias y perder el principal atractivo para la radicación de inversiones. A diferencia de Grecia que consiguió rebajar en un punto porcentual el costo de su línea de salvamento, Irlanda prefirió no transigir. Es verdad que su posición es vulnerable. La banca necesitará otra inyección masiva de recursos para mantenerse a flote. Esta semana las pruebas de resistencia dirán el número preciso. No debería sorprender que se remonte a más de 25 mil millones de euros. Y ello no agota las vicisitudes. El acceso a redescuentos, tanto del Banco Central Europeo (BCE) como del propio banco central irlandés, se arrima a los 150 mil millones de euros. Y se sabe que el BCE tiene un mecanismo en carpeta para consolidar toda la asistencia a más largo plazo y a su cargo. Es una formidable herramienta de presión. Pero no debe minimizarse la erosión política y social que supone un ajuste deflacionario que se prolonga sin perspectivas de éxito. Si la deuda es de los bancos, por qué socializarla y hundir así las finanzas de toda la nación. En el debate político en Dublín, la variante que gana espacio es la restructuración de las obligaciones de los bancos. Irlanda lo propuso cuando acordó su rescate, pero Europa lo vetó. No tanto en el interés de la isla sino el suyo propio: la banca mal capitalizada del Viejo Continente no soportaría el quebranto. En la medida que no se vea la luz al final del túnel, que más países se hundan en aguas cenagosas, que los votantes expresen su hastío, más probable será que se reabra esta discusión.
¿Qué supone pues la fortaleza del euro? No es ceguera. Sí, miopía. Hay un discurso ejemplar vis à vis las políticas expansivas del dólar que alienta una moneda robusta. No obstante, a la par, discurre una realidad nada rutilante, menos responsable (tener presente las flaquezas de la banca y la tozuda renuencia a reforzar su patrimonio) que, dadas las tribulaciones de la periferia, necesita del oxígeno de una moneda débil. La fortaleza del euro es un voto de confianza a la capacidad europea de cubrir esas limitaciones con eficacia. No a que las resuelva, pero sí que las administre. Portugal recibirá el auxilio que precisa. El descontento será acallado. No habrá defaults hasta 2013 (y quién sabe si los habrá entonces). Y, sobre todo, el BCE seguirá adelante con sus planes. Cuántos feligreses sinceros tiene la austeridad, no se sabe. Pero alcanza con los fariseos para llenar el templo. El arbitraje de tasas de interés del euro los convoca en tropel. Emigrarán, eso sí, cuando vean resquebrajarse las columnas.


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