25 de mayo 2012 - 00:00

¿Qué maximizará la nueva dirección de YPF?

Marcos Gallacher - Economista
Marcos Gallacher - Economista
Supongamos por un instante que los nuevos funcionarios de YPF son impecablemente honestos, y que las decisiones que toman hacen caso omiso a toda consideración de beneficio privado para ellos mismos, sus familias, amigos o compañeros de ruta. Supongamos ausencia de nepotismo, amiguismo y «favores cruzados» en la contratación de servicios.

La votación en el Senado deja en evidencia que todo el espectro político considera que -bajo los supuestos anteriores- la «nueva YPF» aportará más a nuestro desarrollo que lo que podría hacer la misma compañía bajo el control de directores privados. Inclusive la senadora Estenssoro, que se abstuvo de votar, es fuerte defensora de la necesidad de estatizar la empresa.

YPF es una organización compleja. Tiene más de 16.000 empleados y un programa de inversiones que -aun siendo «insuficiente» para nuestro viceministro- implica inmovilización de más de mil millones de dólares anuales. YPF participa además como accionista en una veintena de empresas, de gran importancia en sectores tan variados como la producción de fertilizantes y las refinerías.

Lograr eficiencia en organizaciones complejas constituye un desafío de primera magnitud. La eficiencia requiere en primer lugar descentralizar decisiones en unidades de negocio relativamente independientes cuyo resultado se evalúa a través de precios lo más parecidos posible a los precios de mercado. Requiere además especialización, y ésta se logra tercerizando procesos, es decir, saliendo de la órbita «política» y entrando en la del mercado competitivo. Nuevamente, los contratos «impersonales» de mercado -y no la gestión a través de burócratas bien intencionados- son los que imponen la disciplina y el control necesarios para que los recursos no se desperdicien.

La existencia de un objetivo medible es una primera condición para el logro de eficiencia. Esta no es la situación que enfrenta el funcionario público a cargo de Repsol-YPF, ya que -como insiste nuestro viceministro- se le pide «alinear el funcionamiento de la empresa con el del modelo». Un mandato tan amplio implica que al funcionario le resultará imposible identificar exactamente qué debe hacer. Esto ocurre aun cuando este funcionario -cosa improbable- tenga las condiciones morales de un Gandhi. Reemplazar «el modelo» kirchnerista con el de los radicales, el de Pino Solanas o el de la diputada Estenssoro tampoco cambia la cosa, ya que en definitiva un «modelo» es por naturaleza multidimensional y como tal no constituye un objetivo optimizable por la conducción de la empresa.

¿Qué medidas concretas debe tomar para que la unidad bajo su responsabilidad «contribuya al modelo»? ¿Cómo debe medir los costos? ¿Debe automatizar un proceso, aun cuando esto resulte en tener que echar 70 trabajadores? ¿A quién debe otorgar un contrato: a la empresa que cotiza menor precio, o a aquella que dice «defender a los trabajadores»? ¿Debe contratar un joven profesional amigo de Máximo a fin de que alguien compenetrado con el modelo aporte su «visión» de lo que se necesita? ¿Nafta barata para Aerolíneas sí o no?

El «funcionario honesto» que intente satisfacer los múltiples objetivos necesarios para «apoyar el modelo» pronto se encontrará en un atolladero. Vivirá devanándose los sesos sobre cómo hacer coincidir sus acciones con lo que pretenden los que están arriba. No debería extrañarnos, en efecto, que el conductor de la nueva YPF al dirigirse a un subordinado con el tiempo se parecerá al «Tano» Pasman, aquel hincha que se hizo famoso por sus gritos cuando River fue al descenso («¡Noooo, nooo, sos un &@*, te dije que hicieras W, H y C, no X, T y B!).

La decisión de pasar a la esfera pública la mayoría del paquete accionario de YPF tiene una consecuencia inmediata. En efecto, en una empresa bajo control privado todo apartamiento de la eficiencia tiene como resultado una amenaza cierta por parte de potenciales inversores de reemplazar el management inepto por otro de mayor calibre. Las rentas potenciales a generar obran como un poderoso aliciente para que nadie «se quede dormido». En las economías capitalistas avanzadas es el mercado de capitales -y no los miembros del directorio sentados en sus poltronas- el que de hecho disciplina a un Brufau.

En la actual YPF este mecanismo disciplinador desaparece. Yo como ciudadano argentino no puedo deshacerme de mi cuotaparte del 51% del paquete accionario que nominalmente me pertenece. Mis derechos de propiedad sobre YPF desgraciadamente son

-como consecuencia de la votación del Senado- inalienables. Estoy preso, y como consecuencia no puedo castigar ineptitud o gruesa ineficiencia por parte de quien ahora ocupa el sillón que Brufau dejó vacante. No es de extrañar cuáles serán las consecuencias de este hecho.



(*) Profesor de la Universidad del CEMA.

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