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¿Qué puede pasar en cumbre de Fed? Nada
José Siaba Serrate (Economista)
Ver y esperar no es sinónimo de parálisis, aunque los resultados, a veces, sean los mismos. No se recuerda una Fed cruzada por tamaña diversidad de opiniones como en la última reunión. Ocho posturas diferentes, varias de ellas en franca colisión, se recogen de las crónicas detalladas que pulularon luego, sin ser desmentidas. La discusión de agosto fue volcánica y, terminado el cónclave, se prolongó en un torrente inédito de críticas como si aún ardiese una lengua de lava. Pero no primó la parálisis, se tomó una decisión de peso. La Fed resolvió retomar la compra de bonos del Tesoro para mantener estable la potencia de la política de expansión monetaria. En los hechos, la oleada de amortizaciones de títulos hipotecarios había comenzado una tácita retirada. La debilidad manifiesta de la economía obligó a un replanteo. Y aunque no todos estaban de acuerdo, y nadie se privó de consignarlo, Ben Bernanke impuso la corrección de criterio. Si el debate fue un enredo, cabe consignar que la votación fue tajante: 9 a 1. Congelar el tamaño de la cartera de bonos -en 2,05 billones de dólares- exigió un viraje, pero de por sí no altera la política enunciada. Ese giro, sin embargo, puede ser la antesala de un cambio más profundo. Al desmenuzar el menú de medidas disponibles, Bernanke ya esbozó su predilección. Si se debe escalar el estímulo, una ampliación rotunda de las compras es el paso que sigue. En rigor, como los mercados anticipan sus efectos, bastará con la agresividad del anuncio; la ejecución puede proceder escalonada en montos más modestos. Todo ello se sabe. La incógnita es el momento. Y su elección es condicional al flujo de información. Así se pensó que la reunión de mañana gatillaría la decisión. Sin embargo, las estadísticas más recientes trajeron la novedad de una leve recomposición del mercado de trabajo y confirmaron la tendencia de precios anémicos, pero todavía estables. Dicha contribución, la mansedumbre de las condiciones financieras (lejos de la revulsión que causó alarma en mayo) y la resistencia interna en el seno de la Fed, favorecen una demora. Quienes más creen en que otra ronda de expansión cuantitativa está al caer, y como Goldman Sachs vaticinan un aumento de las compras de bonos del Tesoro no menor a un billón de dólares, aceptan ya que su aplicación probable se desplazó a noviembre. O diciembre.
Ningún umbral tiene la vigilancia estricta que se reserva para el sendero de precios. Dijo James Bullard, presidente de la Fed de St. Louis, y dueño de voz y voto en el Comité, «defenderemos el piso de nuestro objetivo de inflación y tomaremos una acción agresiva si resulta necesario». Se refería a la inflación minorista que, en su versión núcleo (excluyendo alimentos y energía), se estacionó en un peldaño del 0,9% anual. «Eso es bajo, pero no extremadamente. Si comenzara a caer, y descendiera a medio punto o a cero, crecería la preocupación por una situación a la japonesa». Esta semana se accedió a la lectura de precios de agosto. Y los registros permanecieron clavados donde están desde abril. La inflación general, medida en los últimos doce meses, se redujo a la mitad y se ubica en el 1,1%. La inflación núcleo, la que mejor anticipa las sinuosidades del camino, se mantiene inalterable en el 0,9% (en lo que va del año corre más lento, al 0,7%). Y la mediana de la inflación, la que marca la divisoria de aguas entre todas las variaciones, está abulonada en el 0,5% anual, también desde abril. Como se dijo, la marcha de los precios es anémica, pero estable. El Bernanke de 2002, gobernador de la Fed que conducía Greenspan, impetuoso y audaz con la experiencia ajena, fustigaba a Japón por no haber reaccionado ante los primeros signos de anemia. Era el famoso Bernanke del helicóptero. La versión 2010, que comanda el timón de la Reserva (pero debe velar porque no se desate un motín), es muy distinta. Después de los vuelos rasantes de 2008 y 2009, créase o no, padece de vértigo. Por eso tolera la anemia y pone el acento en los precios estables (aunque no pueda ofrecer garantías de mantenimiento). Es un Bernanke contemporizador, que no procura anticiparse, sino que -sabiendo que la faena no está rematada- se desplaza en sulky a la par de los acontecimientos. Y no hay nada que le indique que no podrá seguir así hasta la próxima posta, en noviembre. Para su fortuna, justo inmediatamente después de las elecciones de mitad de período.

