“Querer imponer el chiste a la fuerza es un sacrilegio”

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Diego Recalde acaba de publicar su primera novela, «Tenemos un problema, Ernesto» y tiene listas otras once. Canta en el Trío Ibáñez. Lleva filmadas tres películas. Además, escribió los monólogos de apertura de Roberto Pettinato, fue notero de «Caiga quien caiga» y de «Argentinos por su nombre», guionista de «Televisión registrada» y de «Videomatch», entre otros programas. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Es cierto que lleva escritas 12 novelas, de las que ahora aparece la primera? ¿Cómo hizo dado que trabaja en televisión, radio, teatro y hace cine?

Diego Recalde: Me hago de tiempo. Tengo un método. Empiezo sabiendo de dónde parto y hacia dónde voy, y qué va a pasar más o menos en el medio. Cuando tengo ese mapa en la cabeza salgo a buscar el tesoro. Con la disciplina de tres páginas por día, sí o sí, pase lo que pase. De esa forma puedo escribir una novela en tres meses, después viene la etapa de corrección. Así pude escribir una cada año y medio, cada dos años, porque la intercalo con alguna película, y llevo creadas, actuadas y filmadas tres. Lo que más me gusta es escribir, una novela, una película, una canción de mi grupo Trío Ibáñez.

P.: ¿»Tenemos un problema, Ernesto» es la primera novela que escribió o la más reciente?

D.R.: Es la del medio, la número seis, la escribí en el 2001, y por esos enigmas del azar aparece publicada en 2011. Es curioso, porque algo parecido me ocurrió con un largometraje, «Sidra», que hice también en 2001 y estrené 10 años después. Debe ser el año de la legalización de mi obra [Se ríe]. A mí me gusta inventar historias, y siempre entendí que el formato es una excusa. Que no habría que estudiar tantos años cine para hacer una película. Creo que eso sólo beneficia a las instituciones que se dedican a la enseñanza del cine. Del mismo modo pienso que no se necesitan infinitos talleres para largarse a escribir una obra. A mí eso me sirvió para hacer una literatura con mucha imagen y que busca permanentemente escapar del discurso académico.

P.: ¿Qué cuenta en «Tenemos un problema, Ernesto»?

D.R.: Me gusta empezar siempre con un gag fuerte, y en este caso el drama de Ernesto, que a la mitad de la noche va al baño a hacer pis y descubre que no tiene pene, que le desapareció todo el aparato reproductor, sólo tiene un minúsculo orificio que le permite orinar. Se desespera. Busca. No entiende nada. Piensa si fue su novia en un rapto que se lo cortó, pero no había dormido con ella. Tampoco está sangrando. Ni cambió de sexo. Delira si fue un caso de abducción, que vinieron extraterrestres y se lo sacaron para estudiarlo; pero tampoco era algo tan brillante como para que sucediera eso. Recuerda las leyendas urbanas de tipos seducidos por una mujer hermosa que luego de ir con ella a un albergue transitorio aparecen, al otro día, en un baldío con un riñón menos. Ahí, donde él empieza a investigar, comienza la novela y la trama se hace compleja. Porque lo que le ocurre tiene que ver con algo que Ernesto no está haciendo bien con su vida. Es una aventura que explica realidades, no sólo masculinas sino también femeninas.

P.: ¿Por qué usa distintas formas narrativas: el relato tradicional, el guión de televisión, el texto radial, el aviso publicitario?

D.R.: Es que Ernesto es guionista, trabaja en televisión y algunas escenas comienzan a transcurrir en ese mundo. A esta altura no quisiera dar más datos, que perjudicaran al lector la intriga de saber por qué Ernesto perdió su pene. Es en ese sentido, de cierta forma, un policial porque él pierde un objeto valioso. Además comienza a ver afectada su voz, tiene que recurrir a las inyecciones de hormonas, porque no sea que pierda otra cosa valiosa de su identidad y se convierta en un castrati. Quiere recuperar la vida con que fantaseó siempre, y no quiere perder esa ilusión. Comienza la investigación de lo que le pasó primero solo, por momentos mal acompañado, mal aconsejado, y hasta incluso estafado, porque hay gente que se aprovecha de su terrible drama.

P.: Entra en un género tan poco transitado en la Argentina como es la novela de humor.

D.R.: No sé si es una novela de humor, creo que es un libro irreverente. Es una novela donde el lector se ríe, se entretiene, pero tiene un fondo trascendente, porque para ser profundo no es necesario ser solemne, creo que todo lo contrario. Yo creo en la irreverencia como forma de vida. No creo que haya valor que no pueda ser desacralizado, porque en definitiva son construcciones culturales en las que estamos inmersos, y cada uno verá qué hace con eso. Tomárselos demasiado en serio habla muy mal de uno, muestra que se padece de una falta grave, la del sentido del humor. Esa falla hace que no se pueda evolucionar realmente, porque impide la autocrítica y hace que uno se crea una especie de deidad. Apuesto a la irreverencia como forma negativa, que es una forma e cuestionar la perpetuación del narcicismo de la adolescencia.

P.: ¿Utiliza alguna técnica?

D.R.
: Aprendí que la historia viene primero, y el chiste o el gag mucho después. Algunas películas y algunos libros cometen el sacrilegio de querer imponer el gag a martillazos o el chiste forzadamente. Y eso puede atentar contra la historia porque distrae, y para mal. El chiste, el gag, la jugada irreverente tiene que surgir del núcleo de la historia, no al revés. Creo que a mí me enseño mucho ver cine de Woody Allen. Una película como «Zelig» es un clásico que parte de una historia extraordinaria. Y allí los gags surgen como consecuencia de la historia del personaje. El humor es la posibilidad de decir cosas sin caer en lo panfletario ni en la bajada de línea.

P.: Pasemos de las películas de Allen a las suyas ¿Cuántas lleva hechas?

D.R.: Hice tres hace unos años porque las podía filmar. La historia no era cara. Usando una calidad de imagen interesante. Valiéndome de un arma con la que la mayoría en la clase media contamos, una computadora, y un buen programa para editar. Las películas me llevaron miles de horas de edición, pero logré un material que me conformó. La primera fue «Sidra», que se estrenó comercialmente en febrero, y estuvo tres semanas en cartel en un cine. Cuento la historia de cuatro tipos ignotos que quieren estar en la movida, ser reconocidos por lo que hacen, y en el medio se topan con gente conocida, con nombre, que está en la movida. Lo interesante fue la forma que usé para el relato. A los que están en la movida los mostré en movimiento, a los ignotos los mostré en fotos parlantes, lo que generó un efecto más cómico del que esperaba. Es una especie de fotonovela sin el globito. Esa película me salió 700 pesos en 2001. La hice en seis días. Nadie cobró. Y actuaron, entre otros, Gastón Pauls, Federico Klemm, Luisa Delfino y Ernesto Sábato.

P.: ¿Cuáles son las otras?

D.R.: «Habanos y cigarrillos», donde cuento de una reunión de melancólicos egresados cuarentones, a lo que les doy nombres de marcas de cigarrillos, que se pasan recordando cuando de adolescentes fantaseaban ser un habano y el único que lo había logrado de los veinte es el que falta a ese encuentro. No es un película bizarra para nada. Después hice «¿T.Ves?», donde los hombres conquistan Marte, someten a los marcianos e imponen el capitalismo, pero los marcianos no se adaptan y se rebelan, hacen saqueos, manifestaciones. Para poder contar eso, lo que se ve todo el tiempo es un programa de televisión, con sus publicidades, pero no el back stage, que va contando todo lo que está pasando en Marte minuto a minuto.

P.: ¿Y en literatura?

D.R.: Espero que ésta se venda, así me publican las otras once. Si me publican un libro por año tengo cubiertos once años de mi vida. Espero que el próximo sea «La meta de Gregorio» me pasó que cada vez que lo presenté en concursos literarios siempre quedé finalista, pero no pasé de ahí.

Entrevista de Ricardo Rivera

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