28 de septiembre 2012 - 00:00

Rajoy pide aire hasta el 21-O para rescate

España debe administrar con cuidado sus pasos. El tiempo de la rebeldía pasó. Patear el tablero ya pagó dividendos. El Banco Central Europeo, como Mariano Rajoy pedía a los gritos meses atrás, comprará su deuda (de corto plazo) y anclará sus rendimientos, y así la dejará a salvo de las mareas del humor de los inversores. Pero Mario Draghi, el mandamás del BCE, fijó una condición inamovible: primero España debe someterse a los rigores de un programa convencional de rescate (como los que inmovilizan a Grecia, Irlanda y Portugal). Se sabe que no hay espacio para ensayar otra sublevación: el aliado principal, la Italia de Mario Monti, ahora precisa que España cumpla su parte. Es inevitable (y dado el menú de alternativas disponibles a julio, tampoco es una mala transacción). Pero el presidente Rajoy tiene también sus requisitos. España no aceptará un rescate que no sea «blando». Esto es, que al momento de firmarse, le imponga la cruz de asumir sacrificios adicionales. Europa o el BCE (o ambos) quieren más. Demandan más austeridad y garantías de que no habrá grandes desvíos. Las medidas que tomó ayer el Gobierno de Rajoy encajan a la perfección como un puente diseñado para unir ambas orillas. Motu proprio, España endurece el ajuste y profundiza las reformas. Es la mejor manera, por lo visto, de satisfacer más adelante (y si no hay escapatoria) la formalidad del rescate y poder mostrar, atenuando el costo político, su meneado carácter «blando».

La estrategia europea de contención de la crisis pasa por el ajuste y la reforma y, ahora también, por la intervención del BCE. La estabilidad europea, de momento, pasa exclusivamente por la promesa del BCE. Que, en plena recesión, España despache 43 leyes para transformar su economía es un esfuerzo loable, quijotesco, que no ahuyenta, en lo más mínimo, los temores de arrastre. Que levante la mano quien piensa que ahora sí Rajoy nos certifica que España cumplirá la meta de un déficit fiscal del 4,5% del PBI el año próximo. Nadie puede estar seguro de otra cosa que no sea la continuidad de la recesión (escenario que el propio Gobierno acepta, aunque tamiza). Y esa certeza es la madre de la incertidumbre fiscal. ¿Qué se gana con las medidas? ¿Nada? Que tire la primera piedra, entonces, quien desconfía del futuro de España. Son legión los que dudan, pero tampoco nadie se arriesga. Los anuncios no son en balde. Así se avanza en la negociación; la estrategia europea está más cerca de tornarse operativa.

Llevará su tiempo atar todos los cabos. Alemania no apura (el propio ministro SchTMuble ha dicho que España no necesita más ajuste, sino ganarse la confianza de los mercados). Y Rajoy precisaría otra concesión: que lo dejen postergar la foto de la «rendición» hasta pasar el examen de las urnas en Galicia el próximo 21 de octubre. ¿Será mucho pedir? Después de haber visto las convulsiones en las calles de Madrid, cualquiera de sus colegas sabrá comprender (hoy por ti, mañana por mí). La verdad es que, en comparación con la carpeta de Grecia, congelada sine die a la espera del inescrutable informe de la troika (y no por decisión de Atenas), el expediente español se abre camino. Hoy, sin ir más lejos, deberían ventilarse los resultados de los exámenes de estrés de la banca. Mientras no rija la urgencia, alcanza: se suman folios al bibliorato, se les pasa el sello fechador y así se acreditan los progresos.

No hay que pensar tampoco que España es el último eslabón de la cadena. Si Rajoy de veras quisiera el rescate y se allanase a satisfacer todos los requerimientos previos, y, a la manera convencional, hubiera que armar un megapaquete de recursos para financiarlo, ¿qué dirían los gobiernos que hoy lo apuran? Pasar el sombrero para cubrir las necesidades de un vecino hace tiempo que no es un deporte popular (si es que alguna vez lo fue). El Bundestag le concedió a la canciller Merkel un tope de exposición al riesgo de 190 mil millones de euros para lidiar con la crisis de la región y, si necesitara excederlo, debería peregrinar allí en procura de autorización. No es la mejor carta credencial para la campaña de 2013. Rajoy tendrá muchos defectos, es demasiado terco para su nivel de pericia, pero la idea de rebajar el salvataje financiero a una mera línea preventiva de crédito está en plena sintonía con las preferencias de los países «donantes». Y, por último, si España acelera, ¿cuánta prisa tendrá el BCE en desplegar su rol de comprador «ilimitado» de deuda pública? ¿Cómo procesará Draghi la tensión con el Bundesbank y su férrea oposición? ¿Cuánta fricción deberá absorber Merkel y hasta dónde podrá hacerlo sin lesionar la credibilidad de las partes? No parece apremiante conocer esas respuestas.

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