5 de agosto 2009 - 00:00

Rayuela y mancha como antídotos contra la muerte

Sólo las canciones permiten entender algo de los personajes de una comedia incoherente y vaga sobre un enfermo terminal que intenta elevar la autoestima de su mejor amiga enseñándole a jugar.
Sólo las canciones permiten entender algo de los personajes de una comedia incoherente y vaga sobre un enfermo terminal que intenta elevar la autoestima de su mejor amiga enseñándole a jugar.
«30 días». Libro, luces y Dir.: P.Cibrián. Mús.: A. Mahler. Esc.: S. Mastrocola. Vest.: A. Miranda. Int.: H. Fauth, F. Pesqueira y L. Manzini. (Multiespacio Los Angeles).

La atracción de los opuestos es la regla de oro de toda comedia romántica. Cuantas más diferencias exhiban sus protagonistas, más interesantes resultarán sus encuentros y desencuentros. Pero, para que un producto de este género resulte eficaz y no pierda credibilidad por un exceso de fantasía se requiere de un guión más o menos ingenioso que no deje cabos sueltos y saque buen provecho de los diálogos.

«30 días», la comedia de Pepe Cibrián con música de Angel Mahler que acaba de inaugurar el Multiespacio Los Angeles, incursiona en ese género con escasa puntería. Su planteo inicial es bastante prometedor: joven rica y depresiva amenaza con suicidarse para llamar la atención de su entorno, justo cuando a su único amigo (con quien compartió infancia y adolescencia) le diagnostican un mes de vida. Pese a su contundencia, ambos conflictos terminan perdiendo todo asidero debido a las incohey vaguedades de las que adolece esta historia.

Juana (Heidi Fauth) vocifera todo el tiempo y maltrata sin ton ni son a su amigo Manu (Francisco Pesqueira); casi parece un milagro que esta amistad haya durado tantos años. Ella es una mujer muy insegura que, debido a la indiferencia de sus padres -y a la traición de su ex marido-, optó por victimizarse. La creciente sensación de no servir para nada la lleva a fantasear con el suicidio, hasta que de buenas a primeras se va a vivir con Manu para «aprender a jugar». Y no es una metáfora. Con toda la paciencia del mundo él le explica cómo jugar a la rayuela y a la mancha logrando que ella se vuelva más optimista y alegre.

Las marchas y contramarchas de esta pareja no tienen mucha lógica. En casi dos horas de espectáculo se repiten las discusiones ruidosas y los exabruptos infantiles. La solución a los conflictos es casi mágica, como lo prueba la súbita transformación de Juana. En relación al fatal diagnóstico médico que pende sobre Manu, nunca se habla de enfermedad ni se evidencia ningún síntoma, pero cuando suenan las campanadas del trigésimo día. algo pasa con él.

La marcación actoral carece de matices y sutilezas. Sólo a través de las canciones es posible apreciar el dolor, la ternura y los sentimientos amorosos que albergan estos personajes.

La tres apariciones de Laura Manzini -en el rol de madre judía y de millonaria delirante- constituyen un show aparte que el público agradece con entusiasmo. También resulta muy cómico el discurso en off contra el uso de celulares con el que Cibrián amonesta a la platea poco antes de que comience la función.

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