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Razones de un choque inusual
La inusualmente dura condena estadounidense a los nuevos planes de construcción de asentamientos judíos en Ramat Shlomo, en territorios ocupados en Jerusalén Oriental, encendieron las alarmas en Israel.
Entre los israelíes reina un amplio consenso de que una Jerusalén indivisa es la capital del Estado judío. Muchos consideran incomprensible que la comunidad internacional condene los planes de ampliar los asentamientos en el sector oriental de la ciudad. «Para el 90% de los israelíes, Ramat Shlomo es lo mismo que Tel Aviv», escribió ayer un comentarista del diario Yediot Ahronot, pero «para el resto del mundo Ramat Shlomo es, en cambio, lo mismo que Ramallah».
El anterior Gobierno israelí, presidido por Ehud Olmert, también construyó masivamente asentamientos en la parte árabe de Jerusalén y confrontó varias veces con Estados Unidos por este tema. Pero en ese momento existía aún un proceso de paz con conversaciones directas, que debían incluso saldar la cuestión del estatus de Jerusalén. La crisis actual es más explosiva porque se ve con mayor desconfianza al Gobierno derechista de Benjamín Netanyahu, que simpatiza abiertamente con los colonos judíos en territorios ocupados.
La última vez que se registró una tensión tan aguda entre Israel y Estados Unidos fue en 1975, cuando se debatían los detalles de la retirada israelí de la Península del Sinaí. Washington amenazó en ese momento con una drástica «recategorización» de las relaciones bilaterales si fracasaban sus gestiones por el acuerdo de paz con Egipto debido a la inflexibilidad hebrea. Israel debió ceder, dada su dependencia política y militar frente a Estados Unidos.
El escándalo que estalló con el anuncio de la construcción de 1.600 nuevas viviendas en Ramat Shlomo durante la visita del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, la semana pasada, parecía haberse calmado con su discurso conciliador en la Universidad de Tel Aviv. Pero el viernes por la noche, Netanyahu recibió en su residencia una llamada poco amistosa de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que le reprochó durante 43 minutos la «señal profundamente negativa» dada con el anuncio de los planes de construcción.
Clinton planteó a Netanyahu toda una lista de exigencias, según la prensa israelí. Entre ellas, el abandono total del proyecto de asentamientos en Ramat Shlomo, concesiones serias a la dirigencia palestina y la reanudación de negociaciones sobre las cuestiones centrales del conflicto de Medio Oriente.
Estas demandas de la secretaria de Estado podrían llevar a la ruptura de la coalición de Gobierno liderada por Netanyahu, señalan analistas políticos israelíes, ya que para sus aliados ubicados más a la derecha son en su mayor parte inaceptables.
El enviado especial de Estados Unidos para Medio Oriente, George Mitchell, debía llegar hoy nuevamente a la región. Si finalmente viaja, algo que diplomáticos estadounidenses se negaban a confirmar anoche a la luz de la crisis, esperará sin duda respuestas claras de Israel. Es posible que Washington aproveche el error israelí de haber humillado a Biden para forzar una reactivación del proceso de paz.
Pero Netanyahu no contribuyó ayer a distender la relación, al reiterar ante miembros de su partido, el Likud, que las construcciones seguirán adelante y al condicionar cualquier acuerdo de paz con los palestinos al reconocimiento de los barrios judíos en Jerusalén Oriental como «parte del Estado judío».
Los palestinos, en tanto, recobraron aliento con la nueva situación. Previamente habían sido ellos los humillados, al verse obligados a aceptar conversaciones de paz sin que Israel hubiese aceptado su exigencia de una detención total de la política de asentamientos en territorios ocupados, incluida Jerusalén Oriental. La dirigencia palestina aprovecha ahora el momento más favorable para endurecer su posición: sólo aceptarían nuevas negociaciones si se da marcha atrás con los planes de construcción en Ramat Shlomo.
Agencia DPA


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