9 de febrero 2010 - 00:00

Récord mundial millonario, paradójico sino de Giacometti

El momento en que «El hombre que camina» se convirtió en récord mundial de la historia del arte, en un ámbito totalmente ajeno al de ese vulnerable Giacometti que mostró la revista «Paris Match» en 1966, poco antes de su muerte.
El momento en que «El hombre que camina» se convirtió en récord mundial de la historia del arte, en un ámbito totalmente ajeno al de ese vulnerable Giacometti que mostró la revista «Paris Match» en 1966, poco antes de su muerte.
Las imágenes del remate de Sothebys que estos días ilustraron las portadas de todos los medios del mundo con «El hombre que camina», la escultura que batió el record mundial de la historia del arte al venderse en 104,3 millones de dólares, están separadas por un abismo de la fotografía de Alberto Giacometti publicada en la revista «Paris Match» en enero de 1966, a escasos días de su muerte.

La relumbrante sala de la subastadora Sothebys de Londres, tomada cuando el martillazo marcó la cifra millonaria, se vislumbra como un ámbito absolutamente ajeno al de ese personaje vulnerable que muestra la revista francesa, casi tan alto y delgado como su hombre de bronce, cruzando una calle de Montparnasse bajo la lluvia y tironeando un impermeable para que le cubra la cabeza, sin haberse quitado siquiera las mangas.

Cuarenta y cuatro años separan las imágenes y el mundo pegó una vuelta gigantesca, sin embargo, es una paradoja que esos universos al parecer tan ajenos, acaben por parecerse. Las semejanzas entre «El hombre que camina» y el artista suizo que cruza la calle, resultan tan perceptibles, que trascienden las divergencias que establece el contexto. Las peripecias de Giacometti en un día de lluvia de los años 60, en una situación un tanto ridícula y, a la vez, conmovedora, quedan curiosamente hermanadas con las de ese desconcertante hombre de bronce de tamaño natural, que atraviesa el elegante salón y es el centro de todas las miradas.

Cabe aclarar que Giacometti no pasaba hambre en una buhardilla, en sus últimos años ganó el León de Oro de la Bienal de Venecia y tuvo una muestra consagratoria en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero en su libro «Mirar», el británico John Berger, además de reproducir la significativa fotografía en cuestión, se ocupó de dejar en claro el carácter retraído de Giacometti, a quien compara con un monje. En casi todos sus retratos, aparece como la viva imagen del artista enigmático, ensimismado en sus pensamientos. De hecho, se dedicó a indagar problemas existenciales, fue amigo de Jean Paul Sartre y Samuel Beckett, y creó una obra melancólica y profunda, con sus mujeres longilíneas y sus hombres en perpetua travesía.

En estilo y temperamento difiere de Picasso, que ha sido junto a Van Gogh el favorito del mercado. Hace justo seis años, en el invierno neoyorquino y también en Sothebys, por unos pocos miles de dólares menos, mejor dicho, por exactamente por 104,1 millones se vendía allí el «Muchacho con pipa», un cuadro que Picasso pintó en su codiciada etapa rosa y que hasta el jueves pasado fue la obra de arte más cara de la historia.

El record de Giacometti, el más elevado obtenido nunca en una subasta, logrado mientras Europa padece todavía los efectos de la crisis financiera que sacudió al mundo entero y determinó una marcada recesión en el mercado del arte, tal vez sirva para inspirar dudas sobre cuál será el destino de ese hombre de 1,83 metro de estatura, que partió con un estimado de 29 millones de dólares y acabó en un salto olímpico.

Ahora, ¿cuál es el encanto tan especial de esta obra para alcanzar un precio exorbitante?

Las respuestas son varias, aunque es difícil explicar que la ostensible belleza de la pintura de Picasso haya quedado relegada a un segundo lugar. Para comenzar, se trata de una obra monumental, un bronce fundido en 1961 por el propio Giacometti que realizaba por lo general esculturas pequeñas, y que tiene además, una clara procedencia: el dueño original fue un banco alemán absorbido por el Commerzbank con la escultura incluida. Otro antecedente es que en noviembre Sothebys remató en Nueva York otro «Hombre.» de Giacometti por 19,3 millones de dólares, superando el estimado de 12 millones.

Sin embargo, el mayor valor de la obra consiste en representar del modo más elocuente la búsqueda de Giacometti, que centró su interés en descubrir qué hay de real en la existencia. «Es como si la realidad siempre se hallara detrás de la cortina que arrancamos [.] pues aún hay otra, y una y otra vez nos queda otra -señalaba en su escritos-. No obstante, tengo la impresión o quizá la ilusión de que voy haciendo progresos día a día. Así continuamos nuestro camino, a sabiendas de que cuanto más nos aproximamos a la cosa, más se aleja ésta de nosotros. Es una búsqueda sin fin».

Más allá del valor de una obra que trata de procurar un sentido al «estar» en el mundo y de encontrar en su eterna marcha un camino para la estética y también para la vida, hay otros intereses en juego. La necesidad de movilizar un mercado hasta ayer en baja que cuenta con el apoyo de coleccionistas como la jeque Al Mayessa, Víctor Pinchuk o Román Abramovich, entre otros dueños de fortunas sin límite.

La suerte del Giacometti se decidió en apenas 8 minutos. Luego, en secuencia rápida, una pintura de Gustav Klimt se subastó por 43,2 millones de dólares y junto a un Paul Cézanne (18,9 millones), un Matisse (7 millones) y un Renoir (4 millones), entre otras obras, totalizaron 235,6 millones de dólares, la recaudación más alta que se haya registrado en las ventas de Londres de todos los tiempos.

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